Que mal me siento. Es como si se conjugaran el malestar físico con las ganas de pagarla con el mundo. Anoche apenas dormí unas horas. De paso este café tan dulce. No la pego con este asunto del café: o me lo da recalentado, o me lo da demasiado dulce. Siempre se lo digo cariñosamente: “Rosa, trata de montar el café cuando sientas que me levanto, es fácil mi vida” “Rosa, mi amor, con una cucharadita de azúcar basta”. Si esto continua así, voy a terminar convencida de que el café melado y recalentado es la más deliciosa de las bebidas. ¡Ah no! Pero esta vez no se la paso. Aprovecharé este impulso venenoso que llevo por dentro y se lo reclamaré a gritos, a ver si por las malas por fin aprende. Hoy siento una incontenible necesidad de ser diferente. Basta de ser siempre la mujer amable, educada, correcta y respetuosa que siempre soy. Me avergüenza decirlo, pero es mi secreto. Existe en mi una malignidad que me rasguña con su uña velluda y puntiaguda. Una especie de simpatía o fascinación oculta por aquellas personas que sin el menor escrúpulo, son capaces de destrozarle no digo el día sino hasta la vida misma a las personas. Quiero experimentar en carne propia lo que se siente trasgredir los patrones de buena conducta.
Me encuentro fuera de mi apartamento y veo con regocijo a la persona que igual a una píldora, dará inició a mi experimento.
—Hola Laurita, ¿Cómo te va?
—Estupendo, estupendo, y a ti.
—Bien, bien.
Indiscreta, como entre otras cosas me propuse ser, y en conocimiento, pues ya me habían comentado que se había sometido a un tratamiento estético para aumentar el grosor de sus labios,le digo examinándola muy cerca:
-¡Ay amiga pobrecita! ¿Qué te sucedió en los labios, te picó una avispa?
Ningún dilatador oftálmico hubiera logrado tan excelente. Tan mala sangre me hice que sin mirarme torció hacia las escaleras. Está demás decir lo divino que me sentí.
Ahora también salen a tomar el ascensor la pareja de jóvenes recién mudados al edificio. Se ven muy risueños, como si la vida fuera para ellos puro encanto y primor. Pienso rápidamente en algo que me sirva para desvanecerles la sonrisa y se me ocurre que puede ser ella. Extraigo una tarjeta de mi bolso y mientras la observo con cara de quien ve en la calle a un perro agusanado, se la doy para después decirle:
—Doy buenos precios, vas a necesitar una buena limpieza dental.
La llegada del ascensor a la planta baja me impide recomendarle cepillarse más a menudo los dientes. Más adelante debí agacharme varias veces para recoger los pedazos esparcidos de lo que fue mi tarjeta de presentación. Ente otras cosas chocantes también dejé con el saludo en la boca al conserje y a una vecina que regresaba muy satisfecha de su caminata matutina.
Acomodada en mi vehículo con destino a mi consultorio fue cuando más crecida sentí mi prepotencia. La usual y benigna relación conductora-vehículo, se volvió de repente en una amenazante relación dedo-gatillo. A riesgo de mi vida y la de otros inocentes conductores, pasé por alto en varias oportunidades la luz roja, sobrepase de manera incorrecta a unos cuantos, toqué sin pausa la corneta y simultáneamente saqué el brazo por encima del vehículo para hondear la clásica y obscena señal de costumbre. Esa donde el dedo medio apunta como un misil hacia el cielo. En fin, no menos de media docena de ese remedado armamento machista dejé regados por la autopista. Confieso que corrí con suerte, porque por poco se pone en mi unos de esos locos que por quítame esta paja sacan a relucir un arma de verdad verdad.
Pese al susto, en el consultorio aún persistían mis deseos de fastidiar a la humanidad. En la sala de espera ubico a mi siguiente victima. Es una paciente con quien tengo diferencias respecto a la política. Por ética profesional siempre me he mordido la lengua ante sus fuertes ataques. En este trabajo es muy importante que el paciente se encuentre tranquilo y relajado. ¡Ah pero esta vez…! Como siempre, apenas me dispuse a trabajar encendí el radio, sólo que con una diferencia, en esta oportunidad no sonarían las sublimes notas de música clásica con las cuales acostumbro amenizar el ambiente, sino una de esas emisoras que se distinguen por una exacerbada y radical posición política (por supuesto contraria a la suya).
Con la boca taponada con algodones y separadores más de lo conveniente, me fajé sin darle respiro a trabajar en su muela. En plena labor y con los ojos desorbitados, me ruega con señas que lo apague, pedido que por cierto entiendo a mi manera.
¿Pero ahora qué sucede? ¿Qué la pasa a esta señora? “Señora, señora, despierte por favor” le digo aterrorizada al notar que se ha desmayado, o peor aún, no respira. En vano la cacheteo varias veces para hacerla reaccionar. “Despierte, despierte, señora…” Fue entonces cuando reconocí la voz de Rosa.
—Señora, usted como que se quedó dormida sobre la mesa. Va a llegar tarde al trabajo. Mire pues, hasta el café se le enfrió; espere un momento que ahorita mismo se lo recaliento.
—Si, si, claro Rosa, gracias. Tan bella ella.
sábado, 3 de abril de 2010
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