En
medio de un forzoso e inesperado descanso por causa de su reciente
despido, Ulises, decidió sacar y desempolvar el viejo telescopio que
guardaba casi con veneración. Lo había heredado de su padre. Gratos
recuerdos iluminaron su mente, cuando ayudado por éste, exploraba
el magno espacio sideral desde una pequeña colina ubicada en un
parque cercano a su casa.
Pero
lo que en su infancia significó una bonita afición con miras
científicas en el campo astronómico, en su adultez se transformó
en una indigna manera de observar la vida ajena. Quizá, producto de
la desilusión sufrida al obtener tan incipientes y borrosas imágenes
del reducido cielo que desde su balcón podía apreciar. Se aunaba
además a este hecho, el escaso conocimientos que del referido
instrumento tenía.
Fue
a partir de entonces, cuando influenciado por ciertos movimientos
hogareños, no observables a simple vista, y que llamaron
poderosamente su atención, decidió enfocar el lente hacia otros
cuerpos, que aunque terrenales, los encontró tan estelares como los
primeros. Una decisión de orden tan mundano, que a conciencia sabía,
hubiera podido sacarle unas cuantas lagrimas a Galileo. Antes,
preocupado por lo vistoso del telescopio, que adicional como soporte
traía un trípode, para ocultarlo se valió de las ramas de un
frondoso helecho que colgaba de la reja protectora.
Así,
seis hogares diferentes, cuyas ventanas con respecto a la suya
guardaban una excelente distancia y posición focal, serían en lo
sucesivo, el blanco de su nueva y malsana actividad. Algunas de las
cuales por cierto, se ofrecían accesibles y tentadoras, pues durante
todo el día incluida la noche, permanecían de par en par, sin
cortinas, u objetos decorativos que obstaculizaran su visión.
Fue
precisamente, mirando de modo obsesivo hacia una de estas ventanas,
donde con una paciencia insospechada, Ulises perfeccionó su
destreza técnica con el referido instrumento. Allí, para deleite
suyo, residía una chica cuya preocupación por el recato o posibles
mirones, la tenían sin cuidado.
Con
el tiempo, las impactantes poses que le regalaba la vecina mientras
se vestía y desvestía a gusto y gana, como suele ocurrir con todo
lo que se obtiene con profusión, consiguieron aburrirlo. Sobre todo,
porque su mayor anhelo no radicaba en esa ventana, sino en la de más
allá, donde vivía Helena, la muchacha que últimamente le robaba el
sueño, y con quién algunas veces coincidía en los pasillos de la
planta baja. A Ulises le pasaba que cuando mejor enfocada la tenía
y todo parecía ir viento en popa, la mano diestra de la muchacha se
ponía en el cordoncillo de la persiana y de un solo tirón la
bajaba; entonces, él debía conformarse con la hilera de laminas
verdes que bruscamente lo separaron de ella.
A
fuerza de deambular de ventana en ventana, se le hizo un hábito
sensibilizarse por los problemas comunitarios, permitiéndose
algunas buenas obras; como cuando, compadecido al observar a misia
Ana buscar con mucho afán por todos lados algo que él sabía muy
bien dónde se hallaba, decidió ayudarla.
Misia
Ana había olvidado que mientras estuvo en el balcón se quitó los
espejuelos y los acomodó en el plato de un matero. En ese continuo
rodar de muebles, abrir cajones, agacharse y pararse con mucha
dificultad, tenía ya varios días. Entonces, sigilosamente, Ulises
le pasó por debajo de su puerta una nota con letras muy grandes,
informándole sobre su paradero. Sin preocuparse por la extraña
procedencia de la misiva, ella se dirigió al balcón y se puso en
sus añorados espejuelos. Él alcanzó verla cuando después de mirar
muy intrigada hacia todos lados, incluyendo su ventana, al no ubicar
nada sospechoso, extendió los brazos al cielo y se santiguó en
acción de gracias.
Hubo
otra acción que le causó gran placer y que a su juicio salvó el
hogar de su vecina más estimada. Ulises observaba que regularmente
el esposo de ésta, a quien parece le venía muy cómodo tener una
aventura a la mano, es decir justo al lado de su casa, en vez de
salir a la calle como supuestamente lo indicaba el amoroso beso de
despedida que le daba a su esposa, enseguida y como por arte de
magia, hacía su aparición en la ventana vecina; pero esta vez,
rodeado por otros brazos y con un beso de bienvenida que duplicaba en
acción al anterior. Mediante el uso de otra de sus reveladoras y
fantasmales notas, amenazó a los autores de la infidelidad con
ponerlos al descubierto ante la burlada esposa. No se sabe por cuánto
tiempo, pero hasta donde sus ansiosos ojos alcanzaron ver, el susto
tuvo el efecto deseado.
En
busca de cosas nuevas, se dedicó a espiar a un vecino del cual tenía
un concepto muy particular. A pesar de conocerlo solo de vista,
influenciado por su vestimenta y maneras, lo catalogaba de gafo,
mojigato y raro. Pero en realidad, no era la facha de Sócrates, como
se llamaba el vecino, la verdadera causa de tal estado de
animadversión, sino un episodio relacionado con Helena. Momento a
partir del cual, empezó a interesarse por la vida de éste.
El
incidente en cuestión ocurrió en la puerta del edificio, cuando una
lluvia tenaz lo mantuvo detenido allí durante un buen rato. En eso,
llegó la referida muchacha visiblemente apurada. Sin perder el
tiempo y por aquello de que las oportunidades las pintan calvas,
Ulises, entusiasmado inició el galanteo que podía encaminarlo
hacia un futuro romance. Pero para su desdicha, casi de inmediato
también hizo su aparición Sócrates, que sin reparar en sus afanes
de conquista, se la llevó bajo el amparo de su paraguas. De paso,
como para que a Daniel le doliera más el dedo en la llaga, casi le
saca un ojo con la punta del paraguas.
Aunque
otras veces también los vio juntos, para su tranquilidad, estos no
daban señales de tener una relación más allá de una simple
amistad. Pero esa amistad por inocente que pareciera, entorpecía las
pocas ocasiones que tuvo para atraer la atención de la muchacha.
La
continua intromisión telescópica en el hogar de Sócrates, le
reparó el posible desquite que repararía su afectado orgullo
varonil. Todas las mañanas lo veía rezar arrodillado ante un
pequeño altar donde una gran variedad de estampas, figuras y demás
manifestaciones religiosas, se peleaban el reducido espacio. De
pronto lo observó muy atareado, tratando de colocar un letrero cuyas
dimensiones en cuanto al tamaño del cartón y a las letras, parecían
estar dirigidas a alguien corto de vista, o como para que al santo de
su devoción no lo pasara por alto. Acto seguido se entregó a una
meditación tan profunda, sólo comparable a a las inefables
vivencias de los santos. Afinando el lente, Ulises consiguió leer
algo que lo revolcó de risa: “DIOS, AYÚDAME, AMO A HELENA”.
No
tuvo dudas, seguro se trataba de la misma Helena.
Conocida
casi al pelo la rutina diaria de su vecino, Ulises puso a andar un
plan que aparte de bromista y engañoso, ponía en claro su
incredulidad religiosa. Sin perder tiempo, elaboró la nota que en
una sola palabra lo resumía. Cuidadoso esta vez de ciertos detalles
que le imprimieran más realismo a sus acciones, pensó dejarla
abandonada muy cerca de la puerta del apartamento de éste. Así, al
salir, Sócrates tropezaría con ella de forma casual.
Pero
para sorpresa suya, cuando el ascensor que tuvo que tomar a toda
carrera, perteneciente a la otra ala del edificio, abrió sus
puertas, se encontró cara a cara con él. Entonces, muy a su pesar,
debió actuar según las nuevas circunstancias.
Socrates,
sin darle importancia al encuentro con su vecino, quién
extrañamente subía a tales horas por un ascensor que no le
correspondía, dio los buenos días y se volteó para presionar el
botón de planta baja. Ocasión que aprovechó Ulises para
desprenderse disimuladamente de la nota sin que éste lo advirtiera.
Luego, arrugando el entrecejo la apuntó con el pie, y como
sorprendido comentó en voz alta sobre la misma. En vista de que su
acompañante no reaccionaba y para no dejar a medias la rebuscada
actuación, la recogió y leyó lo siguiente:
—“OLVÍDALA”.
Deteniéndose
un instante, y al tiempo que desorbitaba un tanto sus ojos, con un
tono de voz más acentuado leyó la rubrica que, a propósito, se le
ocurrió estampar para darle más fuerza celestial al supuesto origen
de la misma.
—”DIOS”.
Seguidamente
la dobló y despidiéndose con fingida amabilidad, la dejó en manos
de éste.
Sin
saber cual fue la interpretación que Socratez le dio al supuesto
mensaje divino, confió que su vecino acataría al pie de la letra
los designios de Dios. Esta vez con el terreno libre, se planteó
esperar esa tarde a Helena: “Ahora o o nunca”
Pero
se llevó una gran desilusión cuando la vio venir. Helena venia
acompañada y de manos agarradas. Sócrates a su lado, la miraba
amorosamente.
—Helena
disculpa, necesito hablar contigo. —Se atrevió a interrumpir
Ulises, cuando pasaron por su lado.
—Disculpa
tú, otro día, andamos algo apurados.
Superado
el desaire que lo dejó solo y pensativo, Ulises, quiso averiguar
cual era el verdadero alcance de dicha relación
Enfocando
su telescopio observó cuando Helena y Sócrates, aparecieron en el
departamento. Pero no pudo ver mucho, porque casi inmediatamente,
Helena hizo algo que al parecer era una costumbre muy arraigada en
ella. Sujetando el cordón que deslizaba la cortina, la cerró por
completo.
Después
de lanzar unas cuantas patadas al aire, y proferir varios insultos a
la nada, Ulises sujetó el telescopio por las patas del trípode, y
lo lanzó violentamente por a ventana.
En
uno de los pisos inferiores, una mujer, al escuchar el estruendo que
causó el choque del instrumento contra el piso, se asomó y comentó
con su hijo:
—Aquí
la gente está pasada de cochina, tiran de todo por la ventana.
¡Mira! parece que alguien botó un telescopio. Corre mijo, ve a
recogerlo, parece bueno, quién quita y te sirva para ver las
estrellas.