domingo, 21 de diciembre de 2014

EL TELESCOPIO


En medio de un forzoso e inesperado descanso por causa de su reciente despido, Ulises, decidió sacar y desempolvar el viejo telescopio que guardaba casi con veneración. Lo había heredado de su padre. Gratos recuerdos iluminaron su mente, cuando ayudado por éste, exploraba el magno espacio sideral desde una pequeña colina ubicada en un parque cercano a su casa.
Pero lo que en su infancia significó una bonita afición con miras científicas en el campo astronómico, en su adultez se transformó en una indigna manera de observar la vida ajena. Quizá, producto de la desilusión sufrida al obtener tan incipientes y borrosas imágenes del reducido cielo que desde su balcón podía apreciar. Se aunaba además a este hecho, el escaso conocimientos que del referido instrumento tenía.
Fue a partir de entonces, cuando influenciado por ciertos movimientos hogareños, no observables a simple vista, y que llamaron poderosamente su atención, decidió enfocar el lente hacia otros cuerpos, que aunque terrenales, los encontró tan estelares como los primeros. Una decisión de orden tan mundano, que a conciencia sabía, hubiera podido sacarle unas cuantas lagrimas a Galileo. Antes, preocupado por lo vistoso del telescopio, que adicional como soporte traía un trípode, para ocultarlo se valió de las ramas de un frondoso helecho que colgaba de la reja protectora.
Así, seis hogares diferentes, cuyas ventanas con respecto a la suya guardaban una excelente distancia y posición focal, serían en lo sucesivo, el blanco de su nueva y malsana actividad. Algunas de las cuales por cierto, se ofrecían accesibles y tentadoras, pues durante todo el día incluida la noche, permanecían de par en par, sin cortinas, u objetos decorativos que obstaculizaran su visión.
Fue precisamente, mirando de modo obsesivo hacia una de estas ventanas, donde con una paciencia insospechada, Ulises perfeccionó su destreza técnica con el referido instrumento. Allí, para deleite suyo, residía una chica cuya preocupación por el recato o posibles mirones, la tenían sin cuidado.
Con el tiempo, las impactantes poses que le regalaba la vecina mientras se vestía y desvestía a gusto y gana, como suele ocurrir con todo lo que se obtiene con profusión, consiguieron aburrirlo. Sobre todo, porque su mayor anhelo no radicaba en esa ventana, sino en la de más allá, donde vivía Helena, la muchacha que últimamente le robaba el sueño, y con quién algunas veces coincidía en los pasillos de la planta baja. A Ulises le pasaba que cuando mejor enfocada la tenía y todo parecía ir viento en popa, la mano diestra de la muchacha se ponía en el cordoncillo de la persiana y de un solo tirón la bajaba; entonces, él debía conformarse con la hilera de laminas verdes que bruscamente lo separaron de ella.
A fuerza de deambular de ventana en ventana, se le hizo un hábito sensibilizarse por los problemas comunitarios, permitiéndose algunas buenas obras; como cuando, compadecido al observar a misia Ana buscar con mucho afán por todos lados algo que él sabía muy bien dónde se hallaba, decidió ayudarla.
Misia Ana había olvidado que mientras estuvo en el balcón se quitó los espejuelos y los acomodó en el plato de un matero. En ese continuo rodar de muebles, abrir cajones, agacharse y pararse con mucha dificultad, tenía ya varios días. Entonces, sigilosamente, Ulises le pasó por debajo de su puerta una nota con letras muy grandes, informándole sobre su paradero. Sin preocuparse por la extraña procedencia de la misiva, ella se dirigió al balcón y se puso en sus añorados espejuelos. Él alcanzó verla cuando después de mirar muy intrigada hacia todos lados, incluyendo su ventana, al no ubicar nada sospechoso, extendió los brazos al cielo y se santiguó en acción de gracias.
Hubo otra acción que le causó gran placer y que a su juicio salvó el hogar de su vecina más estimada. Ulises observaba que regularmente el esposo de ésta, a quien parece le venía muy cómodo tener una aventura a la mano, es decir justo al lado de su casa, en vez de salir a la calle como supuestamente lo indicaba el amoroso beso de despedida que le daba a su esposa, enseguida y como por arte de magia, hacía su aparición en la ventana vecina; pero esta vez, rodeado por otros brazos y con un beso de bienvenida que duplicaba en acción al anterior. Mediante el uso de otra de sus reveladoras y fantasmales notas, amenazó a los autores de la infidelidad con ponerlos al descubierto ante la burlada esposa. No se sabe por cuánto tiempo, pero hasta donde sus ansiosos ojos alcanzaron ver, el susto tuvo el efecto deseado.
En busca de cosas nuevas, se dedicó a espiar a un vecino del cual tenía un concepto muy particular. A pesar de conocerlo solo de vista, influenciado por su vestimenta y maneras, lo catalogaba de gafo, mojigato y raro. Pero en realidad, no era la facha de Sócrates, como se llamaba el vecino, la verdadera causa de tal estado de animadversión, sino un episodio relacionado con Helena. Momento a partir del cual, empezó a interesarse por la vida de éste.
El incidente en cuestión ocurrió en la puerta del edificio, cuando una lluvia tenaz lo mantuvo detenido allí durante un buen rato. En eso, llegó la referida muchacha visiblemente apurada. Sin perder el tiempo y por aquello de que las oportunidades las pintan calvas, Ulises, entusiasmado inició el galanteo que podía encaminarlo hacia un futuro romance. Pero para su desdicha, casi de inmediato también hizo su aparición Sócrates, que sin reparar en sus afanes de conquista, se la llevó bajo el amparo de su paraguas. De paso, como para que a Daniel le doliera más el dedo en la llaga, casi le saca un ojo con la punta del paraguas.
Aunque otras veces también los vio juntos, para su tranquilidad, estos no daban señales de tener una relación más allá de una simple amistad. Pero esa amistad por inocente que pareciera, entorpecía las pocas ocasiones que tuvo para atraer la atención de la muchacha.
La continua intromisión telescópica en el hogar de Sócrates, le reparó el posible desquite que repararía su afectado orgullo varonil. Todas las mañanas lo veía rezar arrodillado ante un pequeño altar donde una gran variedad de estampas, figuras y demás manifestaciones religiosas, se peleaban el reducido espacio. De pronto lo observó muy atareado, tratando de colocar un letrero cuyas dimensiones en cuanto al tamaño del cartón y a las letras, parecían estar dirigidas a alguien corto de vista, o como para que al santo de su devoción no lo pasara por alto. Acto seguido se entregó a una meditación tan profunda, sólo comparable a a las inefables vivencias de los santos. Afinando el lente, Ulises consiguió leer algo que lo revolcó de risa: “DIOS, AYÚDAME, AMO A HELENA”.
No tuvo dudas, seguro se trataba de la misma Helena.
Conocida casi al pelo la rutina diaria de su vecino, Ulises puso a andar un plan que aparte de bromista y engañoso, ponía en claro su incredulidad religiosa. Sin perder tiempo, elaboró la nota que en una sola palabra lo resumía. Cuidadoso esta vez de ciertos detalles que le imprimieran más realismo a sus acciones, pensó dejarla abandonada muy cerca de la puerta del apartamento de éste. Así, al salir, Sócrates tropezaría con ella de forma casual.
Pero para sorpresa suya, cuando el ascensor que tuvo que tomar a toda carrera, perteneciente a la otra ala del edificio, abrió sus puertas, se encontró cara a cara con él. Entonces, muy a su pesar, debió actuar según las nuevas circunstancias.
Socrates, sin darle importancia al encuentro con su vecino, quién extrañamente subía a tales horas por un ascensor que no le correspondía, dio los buenos días y se volteó para presionar el botón de planta baja. Ocasión que aprovechó Ulises para desprenderse disimuladamente de la nota sin que éste lo advirtiera. Luego, arrugando el entrecejo la apuntó con el pie, y como sorprendido comentó en voz alta sobre la misma. En vista de que su acompañante no reaccionaba y para no dejar a medias la rebuscada actuación, la recogió y leyó lo siguiente:
—“OLVÍDALA”.
Deteniéndose un instante, y al tiempo que desorbitaba un tanto sus ojos, con un tono de voz más acentuado leyó la rubrica que, a propósito, se le ocurrió estampar para darle más fuerza celestial al supuesto origen de la misma.
—”DIOS”.
Seguidamente la dobló y despidiéndose con fingida amabilidad, la dejó en manos de éste.
Sin saber cual fue la interpretación que Socratez le dio al supuesto mensaje divino, confió que su vecino acataría al pie de la letra los designios de Dios. Esta vez con el terreno libre, se planteó esperar esa tarde a Helena: “Ahora o o nunca”
Pero se llevó una gran desilusión cuando la vio venir. Helena venia acompañada y de manos agarradas. Sócrates a su lado, la miraba amorosamente.
—Helena disculpa, necesito hablar contigo. —Se atrevió a interrumpir Ulises, cuando pasaron por su lado.
—Disculpa tú, otro día, andamos algo apurados.
Superado el desaire que lo dejó solo y pensativo, Ulises, quiso averiguar cual era el verdadero alcance de dicha relación
Enfocando su telescopio observó cuando Helena y Sócrates, aparecieron en el departamento. Pero no pudo ver mucho, porque casi inmediatamente, Helena hizo algo que al parecer era una costumbre muy arraigada en ella. Sujetando el cordón que deslizaba la cortina, la cerró por completo.
Después de lanzar unas cuantas patadas al aire, y proferir varios insultos a la nada, Ulises sujetó el telescopio por las patas del trípode, y lo lanzó violentamente por a ventana.
En uno de los pisos inferiores, una mujer, al escuchar el estruendo que causó el choque del instrumento contra el piso, se asomó y comentó con su hijo:
—Aquí la gente está pasada de cochina, tiran de todo por la ventana. ¡Mira! parece que alguien botó un telescopio. Corre mijo, ve a recogerlo, parece bueno, quién quita y te sirva para ver las estrellas.






































































viernes, 28 de noviembre de 2014

ASPIRANTE A ESCRITORA

Ésta ilusión, tuvo su inicio cuando mi hijo entrevió en mi ciertos indicios preocupantes de salud mental: “Te veo decaída mamá; deberías buscar una actividad que te entretenga". Rápidamente pasaron por mi mente todas las posibles alternativas de ocupación: cursos de cocina, gimnasia en todas sus modalidades, cursos de auto ayuda, y ninguno activó en mí una llamita salvadora. “¿Pero qué?”, le pregunté, “No sé mamá, prueba escribir algo”. Todavía me pregunto de dónde se le ocurrió, considerarme capaz para un oficio tan elevado. Sin embargo, no sé si por presuntuosa o por ese instinto maternal de darle gusto a los hijos, la idea se fijó en mi.
Como todo arte, requiere una cronología de aprendizaje, me formulé un plan. Dada mi escasez de conocimientos en la materia, empecé a nutrirme consultando libros especializados. Extraje de unas cajas apolilladas, aquel material que una vez utilicé durante mis estudios de bachillerato y universidad. Los repasé exhaustivamente. Por sugerencias aprendidas en los mismos, me dediqué a leer con furor. Desde los grandes clásicos, hasta obras recientemente editadas, consumieron la mayor parte de mi tiempo. “Algo se, pega” dicen los entendidos.
Varios meses entre fantasear, escribir, recapitular y darle más vueltas que la cocida de cien tortillas, por fin concebí un cuento de dos páginas. Saqué tres copias, una para cada hijo y otra para mi esposo. Sus opiniones eran la máxima para mi. Explayada como una flor de campana a la crítica, también les entregué un lápiz. “Anoten sin pena sus observaciones”, les dije confiada en que apenas serían unas sutiles sugerencias. El primero fue mi esposo. Critico nato de todo acontecer humano. Lector de vieja data, dos periódicos diarios y varios crucigramas, le daban cierta autoridad. Me quedé corta en estimaciones. Parecía un individuo de número de la Real Academia Española de la Lengua. Deslizó tantas veces el lápiz sobre la hoja, que semejaba dibujar el mapa hidrográfico de Venezuela. En cuando a anotaciones copó todos los espacios marginales. Insolente, y sin el menor respeto por la dignidad ajena, me solicitó una hoja adicional. Corregía con tal erudición, como si días antes hubiese asimilado al caletre todas las ediciones conocidas de gramática y lingüística. Me pregunté cómo, con tanta aptitud literaria, nunca escribió una novela.
Sin mirar hacia atrás, me atreví a entregarle la siguiente copia a mi hija: arquitecto. En ésta ocasión me puse pichirre con el lápiz, pero fue en balde, porque casi inmediatamente lo sacó de su bolso. Un laberinto de flechas, cuyo trazo firme, e impecable impresionaba , empezaron a cruzarse en todos los sentidos por la escritura. Acomodó y reacomodó cada palabra, cada frase, cada párrafo, como si tuviera en sus manos el bosquejo de un proyecto urbanístico. En cuanto a borrar y tachar, conjunciones, verbos, adjetivos, sustantivos y demás elementos y figuras gramaticales, acusadas de superfluas, fueron victimas de su inclemente barrido. “Obra limpia”, insinúo circunspecta. Lo asocié con la desnudez de las mesas y paredes de su apartamento. Hasta aquí, mi acribillada musa todavía respiraba, pero con una mano próxima al pomo de la puerta. Por no dejar, más que por hacer, entregué la tercera copia como me lo había propuesto a mi hijo. Supuse, por su profesión: abogado, sería muy estricto. Un juez imputando a la incapacidad narrativa. Por supuesto, tampoco le ofrecí el lápiz y aunque tenía uno en su chaqueta, dárselo era una provocación evitable. ¡Increíble! Me las entregó impolutas. Como una planilla para depósito bancario: Libre de tachaduras o enmiendas. Tan sólo una sutil recomendación verbal. Por supuesto, después de confrontar este resultado con las dos anteriores, no podía creer que fuese sincero; más bien, en el fondo supe que ese veredicto guardaba un impulso noble y solidario con una idea que él mismo promovió; pero mi desconsuelo fue mayor. Creo que cuando la terquedad y la tenacidad se juntan, forjan una piedra muy afilada, porque en esa onda paleolítica me encontraba, cuando pude recuperarme. Picada en mi vanidad, tuve mis dudas respecto a la objetividad de la evaluación, por lo tanto debía averiguarlo. ¿Y por qué no, valerme de una triquiñuela? Busqué minuciosamente y seleccioné entre muchos autores, un cuento breve, sencillo, sin referencias de ubicación o conocimientos de erudición que pudieran delatarme. Claro está, como buena tramposa, tomé mis precauciones y hecha la tonta, investigué que tanto sabían de él. Para el reparto de las copias mantuve el mismo orden. Terminante mi esposo en un principio se negó. Ese papel de crítico le había costado varias semanas de enfrentamiento con mi trompa; pero después de mucho rogarle, cedió. Lo leyó de corrida. Varias rositas y expresiones de disfrute colmaron su rostro. En todo momento jugó a entrelazar el lápiz en sus dedos. A tamborilear con él. Ni por un segundo lo apuntó hacía las hojas. En uno de esos malabarismos el lápiz saltó y tan concentrado leía que no se preocupó en su recuperación. Yo, que no le quitaba la vista de encima, expedita lo recogí e imploré con la mirada cuando se lo entregué que por favor le diera alguna utilidad. Finalmente concluyó diciendo: “¡Oye! ¡Te felicito! Este cuento te quedó fabuloso. Mejoraste una barbaridad". Otra vez el turno le correspondió a mi hija. Como supuse, el resultado fue similar al de mi esposo. Sin embargo, me entró un gusto, pues le dejé frustradas sus lindas y amenazantes flechitas. A mi hijo no se lo di. Un gran temor me asaltó. Pensé que alentado por el evidente avance, y exagerado en su papel de padre de la criatura, pudiera arrebatármelo para enviarlo a algún concurso o editorial para su publicación. Ha pasado mucho tiempo de ese experimento y todavía no he tenido suficientes agallas para confesarles ese vergonzoso plagio o robo de autoría. Y aunque el gusanito por la escritura todavía corre por mis venas, por ahora decidí mocharle las alas. Dos gavetas de mi cómoda rebozan de papeles y libretas contentivas de anotaciones y proyectos sin concretar. Pero eso sí, de la referida experiencia una costumbre muy gratificante y entretenida se arraigó en mí: la pasión por la lectura. Arrellanada en mi poltrona e inmersa en ese placer, disfruto la última obra editada de un reconocido escritor venezolano.