jueves, 23 de abril de 2015

APUESTA

Fredy y Carlos presenciaban una pelea callejera cuando iniciaron una de sus habituales conversaciones cuyo desenlace por lo general era bastante controversial.   Cualquier tema, por muy simples que en un principio pareciera, y del cual muchas veces apenas conocían de oídas, ellos lo manejaban con tal ímpetu y sentido de pertenencia, que alcanzaba niveles casi académicos.En esta ocasión, queriendo cada uno saber más que el otro, la contienda oral rozó limites peligrosos.
Así, entre uno y otro comentario relativo al barullo que desencadenó el pleito, metidos a leguleyos salieron  a relucir, muy a propósito, algunos términos jurídicos.
Fredy, poniéndose de parte del hombre, quien a todas luces maltrataba tanto física como verbalmente a la mujer, conteniendo a Carlos, que estuvo a punto de intervenir a favor de la mujer, le dijo:
—Tranquilo, no te metas, No te dejes llevar por lo que ves.  No siempre las cosas son lo que aparentan ser.
Sorprendido y en franca contradicción con lo expresado por su amigo Carlos le dijo:
—¿Qué dices? No entiendo. Para mi esto está clarito.  Yo lo único que veo es a un hombre golpeando a una mujer indefensa. Ponerse de parte de ese animal, es actuar de abogado del diablo.
Apegado al rebuscado vocabulario, Fredy le replicó:
—Quizá quieras decir que defiendo lo indefendible.
—Si, más o menos.
—Pues fíjate, no es exactamente lo mismo.  —Continuo diciendo Fredy, con  voz engolada de profesor— No se trata simplemente de ponerse del lado de los malos. pues no siempre el victimario es tan culpable como parece, ni la victima tan inocente como aparenta. Existe entre ambos existe una especie de simbiosis oculta que predispone al delito. Una alianza que satisface una necesidad impresa en sus psiques y que refuerza dichas conductas.  Por supuesto, sacar a la luz dicha complicidad es tarea que los entendidos en la materia saben ventilar muy bien en las instancias respectivas. .
—Tú lo has dicho de sabios y entendidos, porque aquí, en Pekin, y vaya a donde vaya, esa pobre mujer es la victima.
Más encendido que Lucifer y molesto por la poca receptividad que su amigo le daba a sus palabras se atrevió a decir:
—Es más, ahorita mismo te lo puedo demostrar. no hace falta ser un colegiado, ni entes tribunalicios.  Te apuesto lo que quieras que con un poco de astucia exploratoria haré que esa esa mujer reconozca, aquí mismo, públicamente, su porción de culpa.
Era una costumbre por parte de Fredy conminar a Carlos mediante apuestas a comprobar sus argumentaciones. Carlos las pasaba por alto, pues sabía que finalmente no tenían ningún valor monetario. Sin embargo, esta vez, quizás algo necesitado de dinero, o incitado por las ganas de ver a su amigo pagar las consecuencias de una postura tan contraria a la ética y a las buenas costumbres, le tomó la palabra. Insistiendo además, que no sólo no saldría victorioso, sino que ponía en riesgo su vida. Por último, le fijo un precio tan elevado a la apuesta, que hizo desorbitar los ojos de su amigo. Pero se quedaron sin escenario, porque el grupo se dispersó y la pareja se alejó aparentemente en santa paz.
Sin embargo, con la motivación de unos reales pendiente en el bolsillo, Carlos insistió en lo siguiente.
—Usted está loco hermano, pero bueno, si en realidad usted quiere arriesgar el pellejo echándoselas de abogado gratuito de causas perdidas, basta con andar un rato por una de esas calles populosas, donde los transgresores de la ley, bribones y abusadores, son el pan de cada día.  Yo te acompaño, pero eso si, conmigo no cuentes de manera directa para tus defensas mefistofélicas, como  mucho,  el taxi para el hospital
Carlos dio en el clavo, pues , en varias ocasiones Fredy  estuvo a punto de perder la vida.      
Aunque  otros hechos de menor cuantía también rozaron su piel, el golpe que casi  le vuela la quijada, vino de manos de un hombre muy enfurecido y corpulento. A Fredy le pareció muy oportuno defender al abusador que manoseó a la compañera de éste.  Entre las cosas insensatas que alegó en su defensa, fue que los dos se lo habían buscado. Él por andar de ufano, exhibiéndose con una mujer tan indecorosa. Y ella por salir tan ceñida y escasa de telas.
La herida en el labio, fue   en un vagón del metro.   Esta vez el protegido fue un joven que le ganó en velocidad a un anciano al momento de tomar un puesto. A las quejas del anciano, sin que le dieran vela en ese entierro, Fredy alzó su voz argumentando que el puesto era del más veloz. es decir, del más vivo. De nuevo y mirando al anciano con fijeza a los ojos, le recriminó que posiblemente él andaba de vago paseando por la ciudad y congestionando el transporte público. El anciano, despejado el vagón y sentado, no desaprovechó la ocasión y cuando Fredy  se disponía a salir, le metió la zancadilla que lo pegó contra uno de los asientos.
De las más encarnizadas, fue una situación donde tuvo que enfrentar la iracundia de un numeroso público. Lagrimoso y empeñado en transmitir un sentimiento quizás experimentado en el momento, trató de liberar a un muchacho atrapado luego de que le arrebatara el bolso a una mujer. En su solidaridad con el ladronzuelo Fredy  enarboló una tesis  sobre los marginados de un sistema injusto. asegurándoles a todos los presentes, que el muchacho apenas  arrebataba una pequeña contribución que el mundo le debía  por no haber tenido las mínimas oportunidades para labrarse una vida digna. Asimismo, también insistió sobre la manera negligente y hasta atractiva al ojo del delincuente de cómo quizá la mujer llevaba el bolso.  El muchacho, aprovechando que sus captores bajaron la guardia  entretenidos por discurso de Fredy, se escapó. Faltando a su palabra, la oportuna intervención y los buenos oficios de Carlos, impidieron  que cayera en manos de la policía, ya que algunos después de golpearlo varias veces, lo señalaron como el cómplice oculto.
En tales condiciones, Carlos consiguió al  fin que Fredy desistiera continuar en sus fracasadas defensas.  Y en cuanto a su ofrecimiento de llevarlo a un hospital, éste le aseguró que unas curas caseras serían suficiente. Seguidamente sacó la chequera y con cierta dificultad  hizo efectiva la apuesta.
Y así fue como Carlos, antes de terminar el día , se puso en unos buenos reales.