Era común que Aurora comentara a diario con su amiga Alida, su mayor preocupación: las andanzas de su nieto.
—Si yo pudiera hacer algo por ese muchacho. Para mí, que anda en algo malo. Últimamente lo veo muy extraño. Lo noto en su voz, en su mirada esquiva. Esas reuniones todas las noches me dan mala espina. Si yo pudiera hacer algo para alejarlo de esas malas juntas… si yo pudiera… volvía a repetirse apesadumbradamente.
De pronto la mirada de Alida se iluminó de un fulgor y una profundidad casi científica. Como si de repente en su mente floreciera un nuevo conocimiento sobre las cuestiones del cosmos. Luego, tomándole fuertemente las manos a Aurora, le dijo con la voz ensanchada por la emoción:
—¿Y si a esos muchachos se les apareciera un fantasma, un espanto?
—Pero que decepción con usted Alida, en pleno siglo veintiuno y usted creyendo en aparecidos.
—Pero no Aurora, como se le ocurre. No me malinterprete, yo no me refiero a esos que salían antes, cuando en los pueblos no había luz eléctrica, no que va, yo me refiero a uno de carne y hueso. Mire, ahí donde usted los ve tan guapos y envalentonados, a la hora de la chiquita no son más que unos miedosos. Ya usted verá. Confié en mí.
Pese a encontrarse solas, ésta le murmuró a Aurora con lujo de detalles el atrevido e ingenioso plan.
Esa noche como siempre, el grupo de jóvenes se reunía en una esquina del vecindario. Animados por el efecto del alucinante humo y la camaradería extrema, hacían la bulla pareja. Mientras, no muy lejos de ahí, Aurora estacionaba su vehículo.
Entre comadrear y reír, por fin Alida decidió bajarse del vehiculo y caminar en dirección al grupo hasta ubicarse en un punto estratégico, desde donde comprobó que podía ser vista por ellos pero sin arriesgarse mucho. Una vez allí, se cubrió de la cabeza a los pies con una vaporosa túnica confeccionada maliciosamente en tul blanco, semejante a un velo nupcial pero de proporciones dantescas.
Para darle más realismo al dudoso personaje asumido desde un principio por cuenta propia, Alida se valió de algunos trucos. Rítmicamente abría y cerraba los brazos, simulando un vuelo espectral. A su vez, camuflada entre los pliegues de la amplia prenda, la luz de una linterna realzaba su autenticidad. Un efecto que aunado a la penumbra reinante, superaba las expectativas. En fin, vista de lejos por una persona sensible a los misterios del más allá, muy bien podía pasar como un ente cuya residencia fija no podía ser otra sino el otro mundo.
Casi de inmediato, en el esplendor de su acto, se escucharon las primeras voces que la señalaban a gritos.
—¡Miren, Miren.
—¡Oye si, ¿Qué vaina tan rara será esa?
—¡Yo no sé ustedes, pero lo que soy yo me pinto.
—¡Bacié! Yo también me voy.
De pronto, justamente el nieto de Aurora, cuyo arrojo nada tenía que ver con miedos sobrenaturales, se desprendió del grupo con la firme intención de averiguar más sobre el extraño asunto.
Advertida del peligro que amenazaba con ponerla al descubierto, Alida puso a valer sus piernas, pero una estrepitosa caída resultado del enredo de sus pies con el largo de la túnica, hizo prosperar la investigación de su perseguidor.
Entretanto, pendiente de todo cuanto acontecía, Aurora la esperaba como el que espera a su compinche después de cometer un asalto: con el motor encendido y la puerta abierta.
Ya en el carro, jadeante y con el corazón pronto a estallar, Alida forzó las últimas palabras para decir:
—Arranque Aurora, que los muchachos no se la comieron.
En la funeraria, Aurora lloraba con amargura la partida de su entrañable amiga, cuando su nieto muy compungido o con cara de quien la debe, le dijo en medio de un fuerte abrazo:
—Abuela, quería decirte que anoche lo estuve pensando bastante y decidí que a partir de hoy, voy a cortar mi amistad con los panas.
La pena de Aurora vibró nuevamente en el humedecido pañuelo.
lunes, 22 de febrero de 2010
EL CHIVO ROBADO
Pareciera que las cosas robadas arrastraran consigo la maldición del dueño; vociferada, quizá, al notar con amargura la falta del mismo. Ésta, por lo bajito, y conocida la naturaleza de lo sustraído pudo haber sido: ”Ojalá te caiga mal”. O peor aún: “Desgraciado, ojalá te mueras”.
El chivo en cuestión, como muchos chivos, andaba a sus anchas suelto por un peladero. El dueño, por demás confiado, lo perdía de vista. Minutos antes, en la camioneta adonde fue a parar el inquieto montés, amarrado y sin dejar de berrear como un condenado, se había suscitado el siguiente dialogo: “¡Mira!, que bonito el chivito” El otro, saboreándolo, como si ya lo tuviera en su boca le contestó: “¡Oye si!, está buenazo para este fin de semana”. Incitado por lo que oyó, nuevamente el primero le dijo: “¿Te atreves?” Sin quitarle los ojos de encima al chivo, el compañero remató: “Que si me atrevo, eso ni se pregunta hermano”. Más allá, una buena paga sirvió para contratar los servicios del matarife, quien les entregó el bichito como comprado en la carnicería.
En la carretera surgió la primera señal agorera. Como salido de la nada un zamuro vino a estrellarse en el parabrisas, dejándolo impenetrable al ojo humano. Sólo la destreza del conductor pudo evitar un accidente fatal. Lo siguiente fue manejar con la cabeza fuera de la ventanilla, hasta que una alcabala frenó la hazaña suicida. Entre esperar una grúa y en consecuencia resolver lo referente a la reposición del vidrio, se fue buena parte del día.
Ya en casa, la primera instrucción fue mandarlo a guardar inmediatamente en el refrigerador. No se sabe si por olvido, o por gusto a la desobediencia, pero la cuestión fue que quien tenía a su cargo llevar a cabo la correspondiente indicación, no la acató con la debida diligencia.
El fin de semana, tal como estaba previsto, el chivo fue preparado según una receta tradicional coriana.
En plena consumición, los invitados al banquete se atrevieron a cuestionar las bondades de su carne. Y entre las cosas que se oyeron decir, estuvieron: “No sé, pero a mi esta carne me sabe rara” “La verdad, a mi tampoco me convence mucho”, “A mi ni me pregunten, primera vez en mi vida que como chivo y, por lo visto no estará entre mis platos favoritos” ¡Ay Dios! y como si la maldición no hubiera rendido sus verdaderos frutos, el anfitrión dijo: “Amigos, déjense de zoquetadas, la carne de chivo es así, tiene este sabor característico, y para demostrárselos, me voy a terminar de comer todo lo queda en la bandeja”.
El chivo en cuestión, como muchos chivos, andaba a sus anchas suelto por un peladero. El dueño, por demás confiado, lo perdía de vista. Minutos antes, en la camioneta adonde fue a parar el inquieto montés, amarrado y sin dejar de berrear como un condenado, se había suscitado el siguiente dialogo: “¡Mira!, que bonito el chivito” El otro, saboreándolo, como si ya lo tuviera en su boca le contestó: “¡Oye si!, está buenazo para este fin de semana”. Incitado por lo que oyó, nuevamente el primero le dijo: “¿Te atreves?” Sin quitarle los ojos de encima al chivo, el compañero remató: “Que si me atrevo, eso ni se pregunta hermano”. Más allá, una buena paga sirvió para contratar los servicios del matarife, quien les entregó el bichito como comprado en la carnicería.
En la carretera surgió la primera señal agorera. Como salido de la nada un zamuro vino a estrellarse en el parabrisas, dejándolo impenetrable al ojo humano. Sólo la destreza del conductor pudo evitar un accidente fatal. Lo siguiente fue manejar con la cabeza fuera de la ventanilla, hasta que una alcabala frenó la hazaña suicida. Entre esperar una grúa y en consecuencia resolver lo referente a la reposición del vidrio, se fue buena parte del día.
Ya en casa, la primera instrucción fue mandarlo a guardar inmediatamente en el refrigerador. No se sabe si por olvido, o por gusto a la desobediencia, pero la cuestión fue que quien tenía a su cargo llevar a cabo la correspondiente indicación, no la acató con la debida diligencia.
El fin de semana, tal como estaba previsto, el chivo fue preparado según una receta tradicional coriana.
En plena consumición, los invitados al banquete se atrevieron a cuestionar las bondades de su carne. Y entre las cosas que se oyeron decir, estuvieron: “No sé, pero a mi esta carne me sabe rara” “La verdad, a mi tampoco me convence mucho”, “A mi ni me pregunten, primera vez en mi vida que como chivo y, por lo visto no estará entre mis platos favoritos” ¡Ay Dios! y como si la maldición no hubiera rendido sus verdaderos frutos, el anfitrión dijo: “Amigos, déjense de zoquetadas, la carne de chivo es así, tiene este sabor característico, y para demostrárselos, me voy a terminar de comer todo lo queda en la bandeja”.
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