viernes, 28 de noviembre de 2014

ASPIRANTE A ESCRITORA

Ésta ilusión, tuvo su inicio cuando mi hijo entrevió en mi ciertos indicios preocupantes de salud mental: “Te veo decaída mamá; deberías buscar una actividad que te entretenga". Rápidamente pasaron por mi mente todas las posibles alternativas de ocupación: cursos de cocina, gimnasia en todas sus modalidades, cursos de auto ayuda, y ninguno activó en mí una llamita salvadora. “¿Pero qué?”, le pregunté, “No sé mamá, prueba escribir algo”. Todavía me pregunto de dónde se le ocurrió, considerarme capaz para un oficio tan elevado. Sin embargo, no sé si por presuntuosa o por ese instinto maternal de darle gusto a los hijos, la idea se fijó en mi.
Como todo arte, requiere una cronología de aprendizaje, me formulé un plan. Dada mi escasez de conocimientos en la materia, empecé a nutrirme consultando libros especializados. Extraje de unas cajas apolilladas, aquel material que una vez utilicé durante mis estudios de bachillerato y universidad. Los repasé exhaustivamente. Por sugerencias aprendidas en los mismos, me dediqué a leer con furor. Desde los grandes clásicos, hasta obras recientemente editadas, consumieron la mayor parte de mi tiempo. “Algo se, pega” dicen los entendidos.
Varios meses entre fantasear, escribir, recapitular y darle más vueltas que la cocida de cien tortillas, por fin concebí un cuento de dos páginas. Saqué tres copias, una para cada hijo y otra para mi esposo. Sus opiniones eran la máxima para mi. Explayada como una flor de campana a la crítica, también les entregué un lápiz. “Anoten sin pena sus observaciones”, les dije confiada en que apenas serían unas sutiles sugerencias. El primero fue mi esposo. Critico nato de todo acontecer humano. Lector de vieja data, dos periódicos diarios y varios crucigramas, le daban cierta autoridad. Me quedé corta en estimaciones. Parecía un individuo de número de la Real Academia Española de la Lengua. Deslizó tantas veces el lápiz sobre la hoja, que semejaba dibujar el mapa hidrográfico de Venezuela. En cuando a anotaciones copó todos los espacios marginales. Insolente, y sin el menor respeto por la dignidad ajena, me solicitó una hoja adicional. Corregía con tal erudición, como si días antes hubiese asimilado al caletre todas las ediciones conocidas de gramática y lingüística. Me pregunté cómo, con tanta aptitud literaria, nunca escribió una novela.
Sin mirar hacia atrás, me atreví a entregarle la siguiente copia a mi hija: arquitecto. En ésta ocasión me puse pichirre con el lápiz, pero fue en balde, porque casi inmediatamente lo sacó de su bolso. Un laberinto de flechas, cuyo trazo firme, e impecable impresionaba , empezaron a cruzarse en todos los sentidos por la escritura. Acomodó y reacomodó cada palabra, cada frase, cada párrafo, como si tuviera en sus manos el bosquejo de un proyecto urbanístico. En cuanto a borrar y tachar, conjunciones, verbos, adjetivos, sustantivos y demás elementos y figuras gramaticales, acusadas de superfluas, fueron victimas de su inclemente barrido. “Obra limpia”, insinúo circunspecta. Lo asocié con la desnudez de las mesas y paredes de su apartamento. Hasta aquí, mi acribillada musa todavía respiraba, pero con una mano próxima al pomo de la puerta. Por no dejar, más que por hacer, entregué la tercera copia como me lo había propuesto a mi hijo. Supuse, por su profesión: abogado, sería muy estricto. Un juez imputando a la incapacidad narrativa. Por supuesto, tampoco le ofrecí el lápiz y aunque tenía uno en su chaqueta, dárselo era una provocación evitable. ¡Increíble! Me las entregó impolutas. Como una planilla para depósito bancario: Libre de tachaduras o enmiendas. Tan sólo una sutil recomendación verbal. Por supuesto, después de confrontar este resultado con las dos anteriores, no podía creer que fuese sincero; más bien, en el fondo supe que ese veredicto guardaba un impulso noble y solidario con una idea que él mismo promovió; pero mi desconsuelo fue mayor. Creo que cuando la terquedad y la tenacidad se juntan, forjan una piedra muy afilada, porque en esa onda paleolítica me encontraba, cuando pude recuperarme. Picada en mi vanidad, tuve mis dudas respecto a la objetividad de la evaluación, por lo tanto debía averiguarlo. ¿Y por qué no, valerme de una triquiñuela? Busqué minuciosamente y seleccioné entre muchos autores, un cuento breve, sencillo, sin referencias de ubicación o conocimientos de erudición que pudieran delatarme. Claro está, como buena tramposa, tomé mis precauciones y hecha la tonta, investigué que tanto sabían de él. Para el reparto de las copias mantuve el mismo orden. Terminante mi esposo en un principio se negó. Ese papel de crítico le había costado varias semanas de enfrentamiento con mi trompa; pero después de mucho rogarle, cedió. Lo leyó de corrida. Varias rositas y expresiones de disfrute colmaron su rostro. En todo momento jugó a entrelazar el lápiz en sus dedos. A tamborilear con él. Ni por un segundo lo apuntó hacía las hojas. En uno de esos malabarismos el lápiz saltó y tan concentrado leía que no se preocupó en su recuperación. Yo, que no le quitaba la vista de encima, expedita lo recogí e imploré con la mirada cuando se lo entregué que por favor le diera alguna utilidad. Finalmente concluyó diciendo: “¡Oye! ¡Te felicito! Este cuento te quedó fabuloso. Mejoraste una barbaridad". Otra vez el turno le correspondió a mi hija. Como supuse, el resultado fue similar al de mi esposo. Sin embargo, me entró un gusto, pues le dejé frustradas sus lindas y amenazantes flechitas. A mi hijo no se lo di. Un gran temor me asaltó. Pensé que alentado por el evidente avance, y exagerado en su papel de padre de la criatura, pudiera arrebatármelo para enviarlo a algún concurso o editorial para su publicación. Ha pasado mucho tiempo de ese experimento y todavía no he tenido suficientes agallas para confesarles ese vergonzoso plagio o robo de autoría. Y aunque el gusanito por la escritura todavía corre por mis venas, por ahora decidí mocharle las alas. Dos gavetas de mi cómoda rebozan de papeles y libretas contentivas de anotaciones y proyectos sin concretar. Pero eso sí, de la referida experiencia una costumbre muy gratificante y entretenida se arraigó en mí: la pasión por la lectura. Arrellanada en mi poltrona e inmersa en ese placer, disfruto la última obra editada de un reconocido escritor venezolano.