sábado, 25 de abril de 2009

UN AMOR FUERA DE SERIE



La conoció una hermosa mañana en el Parque del Este; cuando con su traje verde de doble falda, se confundía entre la tupida vegetación. Fue un amor a primera vista. Se dejó seducir por ese engañoso perfil de santa y sus aires de reina profética. Nada más verla, supo que perdería la cabeza por ella. Apenas un abrazo, y sería presa fácil de sus extravagantes antojos. Impactado quiso retroceder, pero un porfiado miedo ancestral lo paralizó. Oponerse, era ir contra la corriente de un destino, que amenazaba desde el mismo día de su nacimiento. Por instinto le siguió el juego amoroso. Aguardaría paciente el riguroso asalto nupcial, aunque sabía, en cuestión de segundos, lo aniquilaría.

Ahora, sólo se escucha el chasquido crocante proveniente de la voraz posesión. A grandes mordiscos, ella sacia una hambruna ovárica que desorbita sus ojos. Sumiso, y mientras sucumbe en la fragosidad de ese engullido abrazo, él le sigue entregando su amor. Consumada la cruenta unión, con la cual se aseguraba una próspera fertilidad, ella bate sus alas y alza el vuelo en busca de la rama donde depositaría el fruto que perpetuará la especie. Una vez más, la mantis religiosa cumple con un ciclo natural.

MADRES A RATOS

Carla, después de vestir a su bebé, muy mimosa lo recostó en el respaldar de la cama. Enseguida, extrajo de un pequeño bolso un celular y marcó un número, al parecer muy bien memorizado. Se comunicaba con el pediatra de su bebe, con quien después de explicarle la urgencia del caso, concertó una cita. El médico, muy comedido, le hizo saber que la estaría esperando. Andrea, la prima de Carla, quien se encontraba muy cerca pendiente de cada detalle, se ofreció muy voluntariosa a acompañarla; pero eso sí, siempre y cuando no le contara nada al médico sobre su participación en la enfermedad que aquejaba al bebé. Carla, pareció no darle importancia al asunto y aceptó sin protestar la condición exigida. Entonces, Andrea también vistió a su bebé y de la misma manera, con cariñosas demostraciones maternales lo acomodó al lado del otro. En medio de una entretenida tertulia, se pintaron y se emperifollaron de la cabeza a los pies, como si más bien se dirigieran a una fiesta.

Como si la distancia favoreciera la aparente prisa, y el consultorio estuviese a la vuelta de la esquina, en un abrir y cerrar de ojos las dos se pusieron en éste. El médico, de brazos cruzados y muy serio, cual adivino de secretos, preguntó a quemarropa.

—Dígame señora, ¿qué le pasa a ese niño que se ve tan mal? ¿Alguien le hizo algo?

Carla, sorprendida ante la pregunta acuciante del galeno, se quedó desorientada y no supo que contestar. Pero inmediatamente se voltea y le arruga la cara a su prima. Ésta, sintiéndose a punto de ser delatada, toma la delantera y la apunta con el índice en son de advertencia; le insinuaba que más le valía quedarse callada que meterse a chismosa. Pero Carla, sin ánimos de cargar con culpas ajenas, se olvidó de tratos y a boca de jarro le soltó la verdad al doctor.

—Fue ella doctor. Ella fue la que le rompió el brazo a mi bebé. Ella es muy mala.

Andrea, ya en el banquillo de los acusados, violentamente se levanta en pie de guerra. Carla no se hizo esperar y le respondió el desafío. Ante la mirada atónita del doctor y sin que mediaran las palabras, las dos se ensartaron por los cabellos. A todas estas, los bebes, olvidados en la refriega rodaron de sus regazos y al golpearse contra el piso activaron el llanto. Inútiles fueron los llamados desesperados del doctor para aplacarlas e imponer el orden. De pronto, Andrea pudo zafarse y furiosa levantó el bebé de Carla y tras acercarse a la ventana, amenazante le dijo:

—Ya verás, ya verás, ya veras como voy a tirar a tu bebé por la ventana.

Aterrada, Carla le rogó a gritos que por favor no lo hiciera. Pero Andrea se mantuvo inconmovible a las suplicas y cumplió lo ofrecido.

De un salto, al estilo gata brava, Carla también se puso en el bebé de Andrea y como si lanzara una pelota de voleibol por el aire, en instantes, lo hizo desaparecer por la misma ventana.

Iban a guindarse de nuevo, cuando una puerta se abrió de golpe. Los tres, sorprendidos, miraron ligeramente hacia arriba, mientras una voz gruesa y airada, les dijo:

—Bueno, bueno niños, basta de peleas, se acabó el juego, se me vá cada uno para su cuarto.

Al dia siguiente, la madre de una de las niñas, recuperó los muñecos del jardincito que colinda con una de las habitaciones de la casa.

lunes, 20 de abril de 2009

BISEXUALIDAD

De haberse encontrado, como pudo ocurrir, en el estacionamiento, en la entrada del edificio, o en el ascensor, quizá, nuevas mentiras hubieran encontrado arreglo en la vida de estos engañosos personajes; sin embargo, como si una mano cobrara vida, ordenada y oportunamente los fue colocando en una situación donde sólo la verdad, jugó un papel importante.

La primera que llegó al apartamento, fue Doris. Esperaría a Sebastián de acuerdo a lo planeado con él. Le había dicho que por Celso no tendrían que preocuparse, porque ella misma lo había dejado en el aeropuerto. Celso por mucho que insistió, no pudo evitar el entusiasmo de Doris por querer darle el aventón. En el aeropuerto, antes de despedirse, o más bien de despacharla, le hizo prometer que se volvería sin demora para Caracas. Apenas contaba con una hora para recoger a los niños del colegio. Pero lo que no sabía Celso era que Doris ya tenía resuelta esa diligencia con su hermana.

Para sorpresa de Doris, quien llegó no fue Sebastián, sino Celso. Estaba en la habitación cuando lo sintió llegar. Pero el asombro fue doble cuando oyó que su marido venía muy acompañado con Amalia, la esposa de Sebastián. Rápidamente recogió la cartera del tocador, así como otras piezas de su indumentaria que con toda la intención se había quitado para estar más ligera, y se deslizó por debajo de la cama. Su presencia en el apartamento era un riesgo mayor, y difícil de explicar, sobre todo, tomando en cuenta que en cualquier momento haría su aparición Sebastián.

Tal cual lo imaginó, apenas se iniciaba el preludio amoroso entre Celso y su amante, cuando escucharon que alguien entraba. Paralizados, prestaron toda su atención. Amalia se quedó boquiabierta, al reconocer la voz de su marido, quien en ese momento hablaba muy alto por el celular. Por insinuación de Celso, y a fuerza de empellones, dada su ancha contextura, Amalia fue a dar al lado de Doris. La cartera y la blusa dejadas en el desespero, cayeron después lanzadas por las manos de Celso. Debajo de la cama, enteradas de su rivalidad, estas dos mujeres después de torcerse algunos pellizcos y forcejear por el acomodo en tan reducido espacio, pararon la oreja:

—Qué haces tú aquí —le preguntó Sebastián a Celso, sin poder esconder su vil extrañeza, pues para él, hace rato debía estar montado en un avión.

—Que yo sepa, este apartamento es mío, y puedo venir las veces que se me antoje —le contestó Celso de mal humor, luego en un tono de voz más bajo—: En todo caso, quien tendría que dar explicaciones eres tú, que yo recuerde, cuando te di las llaves, quedamos de acuerdo en que me avisarías, ¿O no?

—Si, si, claro, discúlpame vale, pero fue algo imprevisto.

De pronto, como si la molestia de Celso se incrementara por otros motivos, que nada tenían que ver con su frustrado encuentro amoroso con Amalia, le dijo a Sebastián:

—Bueno entonces, por fin… dime ¿Qué te trae por aquí? ¿Estás esperando a alguien?
A sabiendas del lío en el que se hallaba metido, Sebastián se formuló una opción que podía servirle de escape. A su vez, también para prevenir a Doris, a quien supuso, estaría comprando algunos víveres.

—Sí, si… pero no te preocupes, igual horita mismo bajo y le digo que nos vamos.
Sin embargo como hacía rato, tampoco le quitaba la vista de encima al torso desnudo de Celso, cuya velocidad en desvestirse superó a la de Amalia, acortando las distancias y poniéndose cariñoso, le dijo:

—No te pongas celoso, no estoy esperando a ningún hombre.

—Quieto, que no estoy de humor —Le contestó Celso retrocediendo un poco.

—¿Por qué te pones tan nervioso?, relájate, ni que fuera la primera vez.

—En un momento me visto y salimos de aquí —Se le ocurrió decir a Celso para desviar el presumido asalto amoroso. Una táctica dilatoria que ponía a salvo las dos maneras de entenderse con esta pareja de amigos. A la vez, también rogó al cielo porque Amalia no fuera muy aplicada en cuanto a la higiene de sus oídos.

Pero Sebastián no pudo contenerse y se abalanzó sobre Celso, dando rienda suelta a un manoseo más especializado. Después, entre tumbos y empujones, que dejó al descubierto la otra cara de la sexualidad de ambos, fueron a dar a la cama.

Pese a que estas dos mujeres sabían que de santas no tenían ni un pelo, porque ni postizo les cuadraba, la rabia les hizo rechinar los dientes. Pero atraídas por una especie de averiguación morbosa, prefirieron mantenerse ocultas.

Un rato después, con otras miras, Celso invitó a Sebastián a almorzar, pero antes de salir, aprovechó un descuido de éste y le dio unos golpecitos a la cama. Mientras le tiraba las llaves a Amalia, le dijo muy bajito:

—Lo siento, me las dejas en la conserjería —Luego, dirigiéndose a Sebastián:

—Salimos con tus llaves Sebastián, pues no encuentro las mías.

Cuando estas dos mujeres abandonaron llorosas y desconsoladas el escondite, quizá promovida por esa espinita vengativa que se les clavó en el corazón, entre ellas se despertó una compensatoria e inusual relación.

15/03/2009

viernes, 10 de abril de 2009

EL PASTEL

Apenas lo desmoldaba. Era un corazón grandote. La altura del levado le aseguraba una excelente esponjosidad. También, por la uniformidad del color no ponía en duda el buen punto de cocción. Jeannette palpó ansiosa los bordes de su surcada redondez.

El siguiente paso sería decorarlo. Todo estaba perfectamente distribuido en la mesa: tiernas fresas, delicada crema, chocolate de excelente calidad, y los respectivos utensilios. Un relleno de almendras exaltaría su exquisitez. Sin embargo, el principal ingrediente, no estaba allí, estaba en su mente, sopesaba sobre todos los demás. Contenía el principio y el fin de todo cuanto le acontecía. El pastel tan sólo sería un medio de expresión. Lo había creado con ese fin. Como si fuera la réplica de su pletórico latir, contendría el grito fogoso de sus sentimientos. Iba a poner en manos de esos dulces componentes, una encomienda de altura, una misión que podría darle un giro a su atormentado mundo actual. Nuevamente acarició la textura, como quien agradece de antemano un favor.

El día anterior Jeannette era pura derrota y abandono, cuando de pronto, el recuerdo de una fecha aniversaria, levantó de forma repentina la insostenible caída de sus hombros. “¡Por Dios, como pude olvidarlo!, si fue hace justamente un año cuando nos conocimos”

Esa mañana llena de energía, puso manos a la obra para sacarle provecho a tan gratificante recuerdo. Era muy buena en el arte de la repostería. Varios cursos habían perfeccionado esa afición culinaria. Los mayores elogios de sus creaciones provenían de él, cuando con extravagantes sonidos gustativos y una retahíla de besos, daba fe a la calidad de los mismos. Aunque después, ella se daba golpes de pecho por favorecer su glotonería.

Avanzada la tarde le daba los últimos retoques. Ribeteando el pastel como un vaporoso encaje blanco, escribió la frase alusiva a la fecha aniversaria. En el centro,en perfecta letra cursiva, escribió las dos palabras más significativas. Su todo. No pudo evitar ponerse cursi, y dos pequeñas estrellas, cual comillas, las enmarcaron como en un cielo. En su mundo, titilaban con la fuerza de la altura sideral. A un lado, estrechamente por lo improvisado de la idea, agregó el melindroso apodo que identificaba al destinatario.

Luego, en correcta etiqueta, dispuso el servicio para los dos comensales. Sería una cena ligera. Dos espigadas velas aguardaban en sus candelabros el encendido de la flama. Montado sobre una alta y reluciente base de plata, el achocolatado pastel, semejaba la apetitosa manzana del Edén, que tentaría la adormecida pasión de su equivalente Adán.

En la calidez de ese pequeño jardín paradisíaco, Jeannette ya percibía el éxito de sus propósitos. Promesas, acuerdos, perdones, caricias y besos, danzaban ondeando los banderines de la reconciliación.

Frente al tocador, en cada esmerado detalle empleado para embellecerse, Jeannette sentía la cariñosa aprobación del amante. “Vendrá, me lo prometió, esta vez, no podrá resistirse a mis encantos. Esa perturbación que lo aleja de mi, será a partir de hoy, parte de un pasado” A tal grado se le hinchaba el ego con el mágico arte de seducir, que la misma Afrodita hubiera podido envidiarla; relegándose además a la categoría de simple aprendiz. Y en cuanto a artificios, Penélope hubiera encontrado mejor contendiente en ella que en la misma Circe. Por último, se untó perfume en el cuello, en los brazos y en la estrecha unión de sus senos, expuestos a la amplitud de un atractivo escote.

Cuando Jeannette se tomó la ultima copa de vino, hacía rato que los vistosos colores de su exuberante maquillaje con matices de vampiresa, rodaban como un pegote por sus mejillas. De aquel caudaloso entusiasmo, cuya fuerza hubiera podido atravesar bosques, empinadas montañas y abrirse como ancha catarata, sólo quedaba un exiguo chorrito, saliendo de la pila de un remontado rancho.

En medio de la tosquedad de su embriaguez, Jeannette resolvió cortar un trozo de pastel usando el tradicional corte triangular, lo cual hizo justo en el surco del corazón. En el plato, por analogía, el pedazo parecía un corazón tan encogido como el de ella. Sin más consideraciones,como quién teclea con furia un piano, le metió los dedos al pastel; pero prendida aún por aquellas palabras, se contuvo. Rendida por la soledad y la desesperanza se dejó caer entre sus brazos, y entre penosos suspiros, se quedó dormida.

Algo corrida, agonizando en un nido de boronas, aún podía leerse la idilica frase, precedida además por el nombre de uno de esos tantos, que día a día la traicionan: Cuchi *Te amo*