lunes, 20 de abril de 2009

BISEXUALIDAD

De haberse encontrado, como pudo ocurrir, en el estacionamiento, en la entrada del edificio, o en el ascensor, quizá, nuevas mentiras hubieran encontrado arreglo en la vida de estos engañosos personajes; sin embargo, como si una mano cobrara vida, ordenada y oportunamente los fue colocando en una situación donde sólo la verdad, jugó un papel importante.

La primera que llegó al apartamento, fue Doris. Esperaría a Sebastián de acuerdo a lo planeado con él. Le había dicho que por Celso no tendrían que preocuparse, porque ella misma lo había dejado en el aeropuerto. Celso por mucho que insistió, no pudo evitar el entusiasmo de Doris por querer darle el aventón. En el aeropuerto, antes de despedirse, o más bien de despacharla, le hizo prometer que se volvería sin demora para Caracas. Apenas contaba con una hora para recoger a los niños del colegio. Pero lo que no sabía Celso era que Doris ya tenía resuelta esa diligencia con su hermana.

Para sorpresa de Doris, quien llegó no fue Sebastián, sino Celso. Estaba en la habitación cuando lo sintió llegar. Pero el asombro fue doble cuando oyó que su marido venía muy acompañado con Amalia, la esposa de Sebastián. Rápidamente recogió la cartera del tocador, así como otras piezas de su indumentaria que con toda la intención se había quitado para estar más ligera, y se deslizó por debajo de la cama. Su presencia en el apartamento era un riesgo mayor, y difícil de explicar, sobre todo, tomando en cuenta que en cualquier momento haría su aparición Sebastián.

Tal cual lo imaginó, apenas se iniciaba el preludio amoroso entre Celso y su amante, cuando escucharon que alguien entraba. Paralizados, prestaron toda su atención. Amalia se quedó boquiabierta, al reconocer la voz de su marido, quien en ese momento hablaba muy alto por el celular. Por insinuación de Celso, y a fuerza de empellones, dada su ancha contextura, Amalia fue a dar al lado de Doris. La cartera y la blusa dejadas en el desespero, cayeron después lanzadas por las manos de Celso. Debajo de la cama, enteradas de su rivalidad, estas dos mujeres después de torcerse algunos pellizcos y forcejear por el acomodo en tan reducido espacio, pararon la oreja:

—Qué haces tú aquí —le preguntó Sebastián a Celso, sin poder esconder su vil extrañeza, pues para él, hace rato debía estar montado en un avión.

—Que yo sepa, este apartamento es mío, y puedo venir las veces que se me antoje —le contestó Celso de mal humor, luego en un tono de voz más bajo—: En todo caso, quien tendría que dar explicaciones eres tú, que yo recuerde, cuando te di las llaves, quedamos de acuerdo en que me avisarías, ¿O no?

—Si, si, claro, discúlpame vale, pero fue algo imprevisto.

De pronto, como si la molestia de Celso se incrementara por otros motivos, que nada tenían que ver con su frustrado encuentro amoroso con Amalia, le dijo a Sebastián:

—Bueno entonces, por fin… dime ¿Qué te trae por aquí? ¿Estás esperando a alguien?
A sabiendas del lío en el que se hallaba metido, Sebastián se formuló una opción que podía servirle de escape. A su vez, también para prevenir a Doris, a quien supuso, estaría comprando algunos víveres.

—Sí, si… pero no te preocupes, igual horita mismo bajo y le digo que nos vamos.
Sin embargo como hacía rato, tampoco le quitaba la vista de encima al torso desnudo de Celso, cuya velocidad en desvestirse superó a la de Amalia, acortando las distancias y poniéndose cariñoso, le dijo:

—No te pongas celoso, no estoy esperando a ningún hombre.

—Quieto, que no estoy de humor —Le contestó Celso retrocediendo un poco.

—¿Por qué te pones tan nervioso?, relájate, ni que fuera la primera vez.

—En un momento me visto y salimos de aquí —Se le ocurrió decir a Celso para desviar el presumido asalto amoroso. Una táctica dilatoria que ponía a salvo las dos maneras de entenderse con esta pareja de amigos. A la vez, también rogó al cielo porque Amalia no fuera muy aplicada en cuanto a la higiene de sus oídos.

Pero Sebastián no pudo contenerse y se abalanzó sobre Celso, dando rienda suelta a un manoseo más especializado. Después, entre tumbos y empujones, que dejó al descubierto la otra cara de la sexualidad de ambos, fueron a dar a la cama.

Pese a que estas dos mujeres sabían que de santas no tenían ni un pelo, porque ni postizo les cuadraba, la rabia les hizo rechinar los dientes. Pero atraídas por una especie de averiguación morbosa, prefirieron mantenerse ocultas.

Un rato después, con otras miras, Celso invitó a Sebastián a almorzar, pero antes de salir, aprovechó un descuido de éste y le dio unos golpecitos a la cama. Mientras le tiraba las llaves a Amalia, le dijo muy bajito:

—Lo siento, me las dejas en la conserjería —Luego, dirigiéndose a Sebastián:

—Salimos con tus llaves Sebastián, pues no encuentro las mías.

Cuando estas dos mujeres abandonaron llorosas y desconsoladas el escondite, quizá promovida por esa espinita vengativa que se les clavó en el corazón, entre ellas se despertó una compensatoria e inusual relación.

15/03/2009

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