sábado, 21 de noviembre de 2009

TE LO JURO POR DIOS

En un pueblito enclavado en las tropicales costas mirandinas, mientras se asoleaban recostados en sendas sillas de extensión, Alicia y Pastor disfrutaban a sus anchas de una corta vacación. Unos cuantos roncitos, y ya se pusieron querendones y picoretos.
A pesar del tiempo transcurrido, y segura de un pasado que no se repetiría, ella se atrevió a comentar.
—Y pensar que por culpa de aquella rochelita tuya, estuvimos a punto de divorciarnos.
Para sacarle el cuerpo a una conversación que se proyectaba embarazosa, él se hizo el loco y no le contestó. No obstante, ella no quiso desperdiciar la atrevida iniciativa, sobre todo porque el momento era propicio, pues su marido estaba blandito y de buen humor.
—Dime Pastor, ¿Quién fue aquella mujer?
—¡Pero bueno Alicia! Que broma tan seria contigo. Que ganas de echar a perder el rato tan sabroso que estamos pasando.
—Es que siempre he tenido esa curiosidad; si me lo dijeras hoy en día, no me pondría brava.
—Vas a seguir con ese calamar.
—Está bien, esta bien, no te molesto más. —Pero algo picada por el corte, ella insistió—. Pero prométeme que si por circunstancias de la vida la muerte te acontece antes que a mi, y tienes la oportunidad, me lo dirás.
—Sólo a ti se te ocurre una locura como esa —Pero dispuesto a sacudirse un tema que lo ponía bastante nervioso, continuó diciéndole—: No entiendo que vas a ganar, pero bueno, si eso te hace tan feliz, te lo prometo. Mejor dicho: “Te lo juro por Dios”. Te lo juro por Dios que cuésteme lo que me cueste, y aunque sea lo último que diga en mi lecho de muerte, te lo diré. Pero eso sí, de aquí en adelante, no se hable más del asunto. ¡Ah! Otra cosa, ahora no es que te la vas a pasar la vida deseándome la muerte, sólo por darle gusto a esa morbosa y malsana curiosidad.
Alicia puso los ojitos de felicidad que pondría un niño cuando después de mucho pedirlo, le ponen en las manos una barquilla con tres raciones de helado. Luego para darle más legitimidad a las palabras de Pastor, remató.
—Trato hecho, pero no lo olvides, juramento es juramento.


Entretenidos en una esplendida relación de pareja, transcurrió el tiempo. Juntos planificaron buena parte de sus vidas, disfrutaron sus triunfos y sobrellevaron sus penas. Juntos vieron florecer la adolescencia de sus hijos. Pastor no volvió a dar señales de infidelidad, hasta esa noche, cuando parecía dormir profundamente. Ella se disponía a igualarlo cuando de pronto, en medio de una extraña agitación, él le tomó fuertemente la mano. Entusiasmada por la evolución que pudiera tener ese contacto, ella le respondió con más fuerza el apretón. En esto, él empezó a murmurar:
—Este… Estefa…Estefanía…Estefanía Monta… Monta…
Alicia no pudo soportar más. Con un movimiento brusco se zafó y salió disparada por la ira de la habitación. Sin preocuparse por los vecinos, quienes a gritos le exigían silencio y consideración, se llevó por delante cuanto perol inanimado estuvo a su alcance. Como si quisiera batir un record en estropicio, hizo trizas contra el piso, jarrones, muñecos, ceniceros y demás enseres decorativos. Sólo al reflexionar sobre la ardua jornada que le esperaba por la mañana, decidió parar. En cuanto a la reacción del lúbrico soñador, se quedó frustrada, por cuanto ésta fue similar a la de una tapia.
Sentada en un sofá y con la rabia atragantada, vio clarear el día. Sin más, se dirigió a la habitación y jamaqueó a Pastor varias veces. Como lo sintió muy rígido pensó que estaba jugándole una broma, entonces, lo sacudió con más vigor. Al notar que el asunto parecía serio, lo miró detenidamente a los ojos. Fue cuando comprobó con espanto y horror que Pastor tenía las pupilas completamente fijas. O sea, tenía unos ojos que no la volverían ver jamás.
Los días siguientes, Alicia no tuvo más cabeza sino para la tristeza y las diligencias relativas a una defunción.

Descansaba del penoso trajín, y con la mente despejada se puso a rememorar los últimos instantes vividos con Pastor. Recordó su proximidad, su mano fuerte y calida, su voz apasionada. Se disponía a ofrecerle un perdón póstumo, cuando de repente tuvo una revelación: “¡Pero cómo! ¿Será posible? Si, sí, por supuesto, eso fue. Como no me di cuenta. Estefanía… Estefanía… que otra cosa podía ser. Pero ¿Estefanía qué?”. Tenaz en sus recuerdos, se exprimió la memoria hasta rescatar la siguiente parte de la murmuración: Monta… Monta… Centrada en ese nuevo dato, analizó nuevamente todas aquellas pistas dejadas en plena róchela por el descuido de su marido. Ató todos los cabos sueltos posibles. Finalmente, minuciosas asociaciones la condujeran a una sola persona. Como si el tiempo se acabara en apenas minutos, en una sola carrera se calzó, salió directo hacia el ascensor y marcó el piso tres. En la puerta donde tocó el timbre, una mujer de buen porte la atendió amistosamente.
—¡Alicia!, tú por aquí. Que sorpresa.
Alicia, con una voz meliflua y sin mediar más palabras, le preguntó de sopetón:
—Estefanía, dime una cosa ¿cual es tu apellido?
—Montañez, ¿por qué?
La fuerte cachetada que le asestó Alicia, la dejó con la cara volteada exhibiendo un adolorido y caricaturesco perfil.

COINCIDENCIAS

A Ernesto no le importó que Beatriz se encontrara ocupada en una reunión, para tomarse la libertad de abrirle la cartera y apropiarse de las llaves de su camioneta. Al contrario, mejor no le pudo salir, pues la ocasión se la ponía facilita. Seguro ella no comprendería su urgencia y se las iba a negar. Al parecer, a ella no le faltaban razones, pensaba con toda certeza que su marido tenía la pata dura con los vehículos. Era una fija, cada vez que se la prestaba —después de mucho pensarlo—, él se la devolvía con un desperfecto o ruido raro. Entonces, aparte de sufrir la consabida parada obligatoria, además le costaba sus buenos reales ponerla a andar de nuevo.
Ernesto abandonó la oficina bajo la presión de las fulminantes miradas que las compañeras de Beatriz le dirigieron, y es que, algunos antecedentes las predisponían. Ocho o más horas de rutina oficinesca, también permitía que este grupo de trabajadoras compartiera algunas confidencias, las cuales por lo general giraban en torno al núcleo familiar; y con predilección: los disgustos sufridos con el cónyuge.
En la carrera por salir, Ernesto pasó por alto un dato importante: “¿dónde habrá dejado Beatriz estacionada la camioneta?” Devolverse fue una posibilidad, descartada de inmediato. Eso sería como tirar por la borda la buena suerte que hasta ahora lo acompañaba. Sin embargo las dudas sobre este misterio se disiparon cuando se acordó que ella siempre la estacionaba en las inmediaciones del edificio. Sólo sería cuestión de echar un vistazo para ubicarla y asunto arreglado.
Y efectivamente, así fue como Ernesto se puso feliz de la vida en el pretendido vehículo. Aparte de otras señas particulares que prácticamente tipifican este modelo en particular, también capturó al vuelo el último serial de la placa. Aunque tuvo cierta dificultad para hacer circular la llave por la cerradura, quizá debido a su ansiosa torpeza, en minutos puso en marcha el motor.
En pleno retroceso, escuchó el repique de un celular. Detuvo la marcha y dirigido por la vibrante onda, levantó una carpeta que se hallaba en el asiento del copiloto. En voz alta, tan impresionado quedó al ver el diminuto equipo de avanzada tecnología, dijo:
—¡Tremendo celular se compró Beatriz!
Mientras lo manipulaba también pensó: “¿Por qué no me habrá comentado nada? Bueno, a lo mejor, con lo olvidadiza que anda últimamente, el otro lo dejó botado por ahí y no quiere fastidiarse con mis recriminaciones. Entre pensar y mirar el lujoso aparatito, no se percató del conductor que esperaba impaciente su salida para ocupar el puesto. En vista de no haber logrado la comunicación verbal, quien llamó optó por dejar un mensaje. Ernesto no pudo contener la ponzoñosa curiosidad y para su desgracia se puso en el texto del mensaje, el cual decía: “Mi amor, no te demores mucho en la oficina, estoy ansioso por verte, así nos reímos otro tanto del pelele de tu marido”.
Posiblemente la buena salud fue el pilar que salvaguardó la vida de Ernesto, porque la denigrante lectura lo dejó a un paso de caer fulminado por un sincope. Mientras se debatía en una sucesión de aplastantes fases negativas, golpeaba y estremecía el volante como si quisiera arrancarlo de su base. En esto, el conductor que aguardaba perdió la paciencia y se acercó para averiguar si por fin salía o no. Pero al observar la descontrolada actitud de Ernesto, entre piadoso y alarmado más bien le preguntó:
—¿Amigo, le sucede algo?
Mordida entre los dientes, y como soplada de entre las fauces de un demonio, Ernesto le respondió:
—Vete para la mismísima miiierda.

Si bien la bocanada escatológica en apariencia lo calmó, en realidad no fue así. Aunque estuvo varios minutos derrumbado sobre el volante en aparente laxitud, su cabeza era un remolino tramando la venganza. Más pronto de lo que cualquiera pudiera imaginarlo, Ernesto repararía su aporreada dignidad. Decidió que su vida de carnudo sería muy corta; tan corta que no pasaría de ese día.
Con algunas herramientas en la mano, y poniéndose a salvo de miradas comprometedoras, realizó algunos ajustes, o mejor dicho desajustes mecánicos. En fin, en tales condiciones dejó la camioneta, que las probabilidades del conductor de llegar sano y salvo a su destino, eran bastante precarias.
De la misma manera como se puso en ellas, Ernesto devolvió las llaves. En la oficina no hubo quien no se cruzara una mirada de asombro. Aquel hombre parecía otro. Como si en esos escasos minutos, una repentina y devastadora vejez lo hubiera transformado. Con la mirada baja, salió de la oficina.
Antes de tomar un taxi, Ernesto quiso ver por última vez el arma ejecutora de su venganza. Pero se quedó estupefacto al comprobar que ésta ya no se encontraba en el lugar.
—¡Carajo! Se robaron la camioneta de Beatriz.
Justo ella salía de la reunión, cuando el llegó para ponerla al tanto del robo, y como si esa fuese su única preocupación le dijo muy conmovido:
—Beatriz, acaban de robarte la camioneta.
—¡Pero cómo es posible! ¿De la casa? Si hoy no me la traje, porque no la pude prender.
Sin pensar en la suerte que en esos momentos corría la verdadera dueña de la camioneta, Ernesto se aferró a Beatriz en un interminable y sofocante abrazo.
La inoportuna escena amorosa provocó tal número de risitas indiscretas entre los presentes, que hicieron flamear de rubor el rostro de Beatriz. Una reacción de su marido que en lo futuro, jamás comprendería.