En un pueblito enclavado en las tropicales costas mirandinas, mientras se asoleaban recostados en sendas sillas de extensión, Alicia y Pastor disfrutaban a sus anchas de una corta vacación. Unos cuantos roncitos, y ya se pusieron querendones y picoretos.
A pesar del tiempo transcurrido, y segura de un pasado que no se repetiría, ella se atrevió a comentar.
—Y pensar que por culpa de aquella rochelita tuya, estuvimos a punto de divorciarnos.
Para sacarle el cuerpo a una conversación que se proyectaba embarazosa, él se hizo el loco y no le contestó. No obstante, ella no quiso desperdiciar la atrevida iniciativa, sobre todo porque el momento era propicio, pues su marido estaba blandito y de buen humor.
—Dime Pastor, ¿Quién fue aquella mujer?
—¡Pero bueno Alicia! Que broma tan seria contigo. Que ganas de echar a perder el rato tan sabroso que estamos pasando.
—Es que siempre he tenido esa curiosidad; si me lo dijeras hoy en día, no me pondría brava.
—Vas a seguir con ese calamar.
—Está bien, esta bien, no te molesto más. —Pero algo picada por el corte, ella insistió—. Pero prométeme que si por circunstancias de la vida la muerte te acontece antes que a mi, y tienes la oportunidad, me lo dirás.
—Sólo a ti se te ocurre una locura como esa —Pero dispuesto a sacudirse un tema que lo ponía bastante nervioso, continuó diciéndole—: No entiendo que vas a ganar, pero bueno, si eso te hace tan feliz, te lo prometo. Mejor dicho: “Te lo juro por Dios”. Te lo juro por Dios que cuésteme lo que me cueste, y aunque sea lo último que diga en mi lecho de muerte, te lo diré. Pero eso sí, de aquí en adelante, no se hable más del asunto. ¡Ah! Otra cosa, ahora no es que te la vas a pasar la vida deseándome la muerte, sólo por darle gusto a esa morbosa y malsana curiosidad.
Alicia puso los ojitos de felicidad que pondría un niño cuando después de mucho pedirlo, le ponen en las manos una barquilla con tres raciones de helado. Luego para darle más legitimidad a las palabras de Pastor, remató.
—Trato hecho, pero no lo olvides, juramento es juramento.
Entretenidos en una esplendida relación de pareja, transcurrió el tiempo. Juntos planificaron buena parte de sus vidas, disfrutaron sus triunfos y sobrellevaron sus penas. Juntos vieron florecer la adolescencia de sus hijos. Pastor no volvió a dar señales de infidelidad, hasta esa noche, cuando parecía dormir profundamente. Ella se disponía a igualarlo cuando de pronto, en medio de una extraña agitación, él le tomó fuertemente la mano. Entusiasmada por la evolución que pudiera tener ese contacto, ella le respondió con más fuerza el apretón. En esto, él empezó a murmurar:
—Este… Estefa…Estefanía…Estefanía Monta… Monta…
Alicia no pudo soportar más. Con un movimiento brusco se zafó y salió disparada por la ira de la habitación. Sin preocuparse por los vecinos, quienes a gritos le exigían silencio y consideración, se llevó por delante cuanto perol inanimado estuvo a su alcance. Como si quisiera batir un record en estropicio, hizo trizas contra el piso, jarrones, muñecos, ceniceros y demás enseres decorativos. Sólo al reflexionar sobre la ardua jornada que le esperaba por la mañana, decidió parar. En cuanto a la reacción del lúbrico soñador, se quedó frustrada, por cuanto ésta fue similar a la de una tapia.
Sentada en un sofá y con la rabia atragantada, vio clarear el día. Sin más, se dirigió a la habitación y jamaqueó a Pastor varias veces. Como lo sintió muy rígido pensó que estaba jugándole una broma, entonces, lo sacudió con más vigor. Al notar que el asunto parecía serio, lo miró detenidamente a los ojos. Fue cuando comprobó con espanto y horror que Pastor tenía las pupilas completamente fijas. O sea, tenía unos ojos que no la volverían ver jamás.
Los días siguientes, Alicia no tuvo más cabeza sino para la tristeza y las diligencias relativas a una defunción.
Descansaba del penoso trajín, y con la mente despejada se puso a rememorar los últimos instantes vividos con Pastor. Recordó su proximidad, su mano fuerte y calida, su voz apasionada. Se disponía a ofrecerle un perdón póstumo, cuando de repente tuvo una revelación: “¡Pero cómo! ¿Será posible? Si, sí, por supuesto, eso fue. Como no me di cuenta. Estefanía… Estefanía… que otra cosa podía ser. Pero ¿Estefanía qué?”. Tenaz en sus recuerdos, se exprimió la memoria hasta rescatar la siguiente parte de la murmuración: Monta… Monta… Centrada en ese nuevo dato, analizó nuevamente todas aquellas pistas dejadas en plena róchela por el descuido de su marido. Ató todos los cabos sueltos posibles. Finalmente, minuciosas asociaciones la condujeran a una sola persona. Como si el tiempo se acabara en apenas minutos, en una sola carrera se calzó, salió directo hacia el ascensor y marcó el piso tres. En la puerta donde tocó el timbre, una mujer de buen porte la atendió amistosamente.
—¡Alicia!, tú por aquí. Que sorpresa.
Alicia, con una voz meliflua y sin mediar más palabras, le preguntó de sopetón:
—Estefanía, dime una cosa ¿cual es tu apellido?
—Montañez, ¿por qué?
La fuerte cachetada que le asestó Alicia, la dejó con la cara volteada exhibiendo un adolorido y caricaturesco perfil.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario