DING DONG DING DONG
Esas son las campanadas de mi reloj. Me indican que ha transcurrido un cuarto de hora más, pero com acabo de despertarme tengo mis dudas respecto a si son las siete y cuarto, o las ocho y cuarto. Tengo la excéntrica costumbre de levantarme sólo cuando anuncia la hora en punto; eso quiere decir que permaneceré otro buen rato en la cama. Levantarme a las ocho me permite andar pausada y remolona en el desenvolvimiento de mis labores cotidianas, ahora, si la siguiente hora se refiere a las nueve, entonces ando entre tropezones y carreritas tratando de estirar el tiempo. Aunque tengo todas las posibilidades para averiguarlo, prefiero mantener en vilo esa incertidumbre, pues forma parte de una expectativa que me divierte.
Como mi edad de pensionada me desligó de los rígidos horarios laborales, esta cómoda manera de iniciar el día compensa angustias pasadas; además de consentirme meditar en la acunada quietud del reposo. También, para evitar ser tentada por los visibles indicadores luminosos del entorno, evito abrir los ojos. Sin embargo ¡Que contrariedad la de hoy!, una molesta luz titilante se filtra a través de mis parpados. Seguro se me rodó la cobija, pues siento los pies congelados. Lo normal sería que hiciera un movimiento para cubrirlos, no obstante, una particular abulia me detiene. Es como si en lugar de mi acostumbrada cena, me hubiera embebido una jarra de pegamento. Si no fuera por ese tedioso murmureo proveniente de la calle, le daría más crédito a mis sueños. Bueno, hoy el éxito de mi caprichosa modalidad estará sujeto a esas novedades; Ignorarlas será un reto.
Me pregunto si mi esposo se despidió con su afectuoso “Chao mi amor, que tengas buen día”. Si lo hizo, debió conformarse con el implícito silencio de todo buen durmiente, porque no lo recuerdo. .
¡Que día el de ayer!, haberle comentado a mi hija sobre cierta molestia en el pecho, echaron por tierra todos mis planes. La atorada calificación de urgencia que le dio a mi malestar la pusieron en instantes de patitas en mi casa, como si hubiera viajado por un túnel de su exclusivo tránsito. Luego sacándome en volandas de la casa, me llevó directo para el hospital donde pasé casi todo el día más chequeada que ciudadano con pasaporte dudoso y de presunción terrorista. Es una pena, porque la novela que estoy leyendo quedó suspendida en su mejor momento. Pero en fin, tomando en cuenta el orden de las prioridades, la salud es lo primero. También tendré que posponer la invitación que mi amiga Nancy me hizo para tomarnos un café con galletitas. Está empeñada en estrenar conmigo unas tasitas de colección de las que hacía algún tiempo estaba enamorada. Paso muy buenos ratos con ella, pero confieso que debo hacer un trabajo hercúleo para distraer sus machacados comentarios sobre las enfermedades que la aquejan. Prácticamente vienen engomados con el saludo.
No soy persona de muchos amigos. En un respirar y soltar el aliento podría enumerarlos de corrido, y además sobrarme resuello. No porque sufra de misantropía ni nada por el estilo; más bien, la gente es tan importante para mí, que quizás ese sea el verdadero motivo. Estoy convencida: la reciprocidad de afectos, puros y desinteresados tal cual se define la amistad, no va de la mano con la cantidad. Es un hecho, cuando alguien se arruina o pierde fama, la cifra más afectada no es la financiera, sino la de los amigos.
Sin embargo tengo otra lista de amigos. No se tocan con la mano; tampoco son de carne y hueso; pertenecen a todos los tiempos; son de diferentes latitudes; tienen diversas culturas; forman parte de historias entre reales y de ficción; los hay héroes, villanos; nobles, aldeanos; locos y hasta como algunos humanos: cuerdos. Se tocan con el pensamiento, con la mirada, con la imaginación; Iluminan cada página impresa de un libro. Y en cuanto aburrirse, es palabra muerta cuando la creatividad del autor los hace brillar en acciones y peripecias. Incluso, algunos pasajes logran ser tan impresionables, que se quedan para siempre gravados en nuestros corazones.
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DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG.
El grato sonido de este reloj, fue de las cosas que más atrajo mi atención: realzada además por la acústica de percusión que ex profeso conseguí cuando presuntuosa lo reacomodé uno de los salones de mi hogar. Figurativamente dirijo cada una de sus notas como un afiebrado director de orquesta. Otros he escuchado, cuya estridencia golpearon mis oídos.
Desde siempre, una extraña relación bordeando el abismo de la demencia me ata a este reloj. Un enigma del cual no he podido zafarme.
Todo comenzó cuando visité por primera vez la casa de mi suegra. Me llevé una gran sorpresa al notar su majestuosa presencia en un rinconcito de su pequeña sala: “No puede ser, usted tiene uno” —le dije emocionada— “Yo siempre he deseado tener un reloj de estos”. Ella, después de verificar el motivo del inusitado asombro, y dado a las copiosas preguntas indagatorias que siguieron a mi particular encantamiento, me refirió la historia.
Por ascendencia materna, el primer propietario fue su abuelo; adonde el mismo fue a parar por su conocida reputación de buen relojero. Según referencias transmitidas de viva voz, el dueño original fue sometido a un riguroso embargo que lo llevó a la ruina. El abuelo —y ésta es la parte vergonzosa de repetir— conocedor de la calidad y antigüedad del mismo, aprovechándose del infortunado caballero le ofreció una irrisoria suma de dinero por su obtención. La siguiente en poseer la no muy honestamente adquirida herencia, fue la mamá de mi suegra, quien a su muerte lo dejó entre un variado y deslucido mobiliario. La hija mayor, encargada por acuerdos familiares de la liquidación patrimonial lo quiso vender, pero mi suegra, movida por un impulso sentimental lo rescató de las ambiciones monetarias de su hermana y se lo llevó para su casa.
No era la primera vez que yo sufría esos extraños estados de idolatría por ese tipo de relojes. Otra fue en casa de una señora muy seria y espigada, mamá de una amiga mía. La señora, molesta por mi irrefrenable interrogatorio, donde llegué al colmo de preguntarle el precio, me atajó con un tono no muy delicado diciendo: “señorita por favor, ese reloj no está a la venta”.
En las sucesivas visitas a casa de mi suegra, mis insinuaciones sobre la futura posesión llegaron a proporciones extremas. Sin considerar que para ello debía acontecer la muerte de mi suegra, me proclamé a los cuatro vientos como su única heredera; lo cual por cierto, me hizo merecedora de un extravagante pelón de ojos por parte de quien para entonces era mi novio.
Con el correr del tiempo mi insistencia rindió los frutos esperados. Quizá mi suegra sabiamente quiso asegurarse una vida mas larga al tomar dicha decisión, pues, cuando me casé, me llevé la gratísima sorpresa de encontrar la ansiada y antigua reliquia apoyada en una pared de la sala. Desde entonces, erguido y con la altivez que reviste a un emperador, campanea en mi hogar su continuo y solemne vals.
Aun hoy valoro el noble gesto de desprendimiento por parte de mi suegra, pues razones me sobran para pensar cuanto le costó. Sentí como si le hubiese arrebatado su máquina del tiempo. Bastaba con observar como se le iluminaba el rostro de pura delectación cuando remitía su historia. Pero el cargo de conciencia me duró poco, porque la alegría fue mayor. Tan alta estima le tenía ella, que junto con el reloj, también llegó todo un rosario de recomendaciones. Igual que una madre entrega a su hijo al cuidado de otros por razones forzosas, ella quiso asegurarse del bienestar del suyo cuando nos dijo: “Cuídenlo mucho, miren que tiene muchos años conmigo y está como nuevo, además es de caoba pura”. Yo me pregunté si también los fabricaban de caoba impura.
Hasta el sol de hoy, como buena madre adoptiva que intuye el llanto de la otra, he seguido al pie de la letra sus recomendaciones. Ninguna otra persona ha manipulado la llave de su cuerda. En mi ausencia, no permito que nadie lo manipule. Incluso, en cuanto a los productos recomendados para su limpieza y pulimento, conservo las mismas marcas.
La pequeña catedral en la que cada cuarto de hora se convierte mi hogar, no siempre fue bien recibida. Más de una vez debí defenderla como una leona: “Como puedes soportar ese ruido tan seguido y estruendoso”, me dijo una vez una amiga; quien a mis alegatos se atrevió a preguntarme de dónde venía la parentela. Sólo el buen juicio y nuestra vieja amistad frenaron la cachetada. Otros roces he tenido. Mi esposo, fastidiado al observar con cuanta delicadeza y detenimiento le pasaba el paño para pulirlo, lo calificó de manoseo fetichista, afirmándome que lo acariciaba mejor que a él.
Por cierto, la reunión armada por la vecindad se ha tornado más frenética y numerosa. Los oigo muy cerca de mi ventana. Bueno, al menos son moderados con respecto al tono de su voz; más bien parece que cuchichean entre si.
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DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG.
Allí están nuevamente, recordándome que el tiempo de mi vagancia se agota. Mi inmovilidad se ha hecho tan perniciosa, que pareciera que un hormigueo de origen antropófago amenaza con devorarme. Supongo se me pasará apenas ponga un pie en el piso.
Profundizar sobre la utilidad de este instrumento, es otra de mis locuras. Me intriga pensar como ésta correlativa cadena de temporalidades rige con tanto acierto y austeridad el devenir humano; siendo muchos los que por repicarles muy duro la obligación en el oído, han salido con furia disparados por los aires de la mano del acosado..
Yo los comparo con una oficiosa bordadora, donde la vida de las personas es la materia prima; la madeja con cuyos hilos teje y estampa una variada trama de vivencias. Para unos son punto de cruz; para otros punto atrás; para los más afortunados, estrellas y brillantes soles. Así, entre otras figuras, también adorna el diario vivir con flores y flamantes corazones. Segundos, minutos y horas, pasan por la punta de sus finas manecillas para finalmente rematar con la gran obra llamada día.
No es por nada, pero el mío no es un reloj cualquiera; es especial. Y no porque yo sea pulpera y ese sea mi queso. Tomando en cuenta el tiempo que ha transcurrido desde aquella remota reparación que lo puso en mi camino, ha sido casi un siglo de peregrinar. Quizás, a eso se deba la secuencia de misterios que forman parte de sus cualidades.
Algunas veces, seducida por la oscilación cronométrica de su plateado y brillante péndulo donde se refleja mi imagen atormentada y alucinada, me he sentido atrapada y transportada a su interior. Encarcelada en esa pequeña capilla, tras el vitral biselado enmarcado en su puerta, una especie de sortilegio me ha hecho testimoniar un variado e insólito trajinar humano, robados quizá de vidas pasadas en sus momentos más cruciales. Como si por la simple razón de haber acompasado con su palpitante tic tac, uno tras otro, cada uno de sus de esos instantes que constituyeron su mundo, tuviera además el derecho de apropiarse de parte de ellos. De cada resquicio, de cada rincón, de cada ranura, de cada recóndita grieta; siento escaparse inquietantes voces, apasionados suspiros, quejidos, toses agónicas, risas, gritos, golpes de puertas, muebles rodados y hasta pisadas apresuradas. Y por sí fuera poco, también me he sentido acosada por espectrales y frías sombras que se atrevieron a rozar mi erizada piel. Liberada del influjo que me retuvo en ese pavoroso y diminuto poblado fantasmal, he relacionado otros hechos.
No ha sido por casualidad, que estando la familia reunida celebrando una buena noticia o acontecimiento importante, en el momento más cálido, él se hace partícipe del festejo. En unos decibeles no habituales, consigue atraer nuestra atención con los melodiosos encantos de su sonería.
Vivir este mundo de experiencias mágicas concibe cualquier idea por muy absurda y descabellada que parezca; como la del cantante aquel con apellido de felina doméstica, cuando pone en manos de un reloj, cual rémora, las riendas del tiempo, sin importarle que por caprichos de un amor paralizara a toda la humanidad.
Esto lo digo porque entre las pródigas rarezas de mi reloj, hay una que guarda mucha semejanza con esa astronómica solicitud. Puedo asegurar sin temor a equivocarme, que estando en situaciones difíciles me ha estirado y hasta reducido el tiempo, con tal de darle gusto a mis convenientes exigencias. Otra circunstancia que da fe a nuestro vínculo, y al poder que sobre mí ejerce, lo constituye el hecho de que a pesar de encontrarme en lugares lejanos he escuchado el eco de sus campanadas.
¡Que agradable aroma a rosas! Deben ser las rosas de mi vecina, es su pasión, le dedica horas enteras a su cuidado. Aunque, ¡que extraño!, también percibo el aroma de claveles y malabares, y que yo sepa de esas no tiene.
¡Caramba!, si no estuviera segura de que a estas horas, tanto mis hijos, como mi esposo deben encontrarse ya en sus trabajos, juraría que se sumaron a la reunioncita con matices de jolgorio. Algunas palabras sueltas como: “si ella hubiera…” “ella me dijo…”, “ella fue…”, me indican que el centro de la novedad es una mujer. ¡Pobre!, no quisiera estar en su pellejo. ¿Y esa voz? Se parece a la de mi amiga Nancy; ¿pero por qué tan ronca y compungida?
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DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG. DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG.
¿Pero qué sucede? ¿Qué hora es esa? ¿Por qué las siento repicar tan increiblemente cerca de mis oídos? ¡Tan cerca…como si mi alma… le perteneciera!
DANG DANG DANG…
Entre una nutrida concurrencia, alguien comentó:
—Marian, yo sé que no es el momento apropiado para hablar de estas cosas, pero quisiera que le recordaras a tu padre la petición que me hizo la señora Eloisa en cuanto a que me encargara de su reloj cuando ella no estuviera. Siempre he sentido un particular aprecio por ese reloj.
sábado, 6 de noviembre de 2010
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