En un intento desesperado por enderezarse, Alcides Durán se afincó en el pasamano de la silla y se impulsó hacia atrás. Hacia rato la encorvada postura lo agobiaba. Aunque por razones de su avanzado deterioro físico, cualquier esfuerzo era casi prueba atlética difícil de realizar, al menos se permitió aliviar sus cansinas posaderas. Carraspeó varias veces y con la voz gangosa y apocada, pues sabía que iba a romper una promesa que alteraría la armonía existente, se dirigió de nuevo a sus habituales contertulios.
—Esto no me estaría pasando, si mi hijo viviera…
El primero en replicar fue Germàn, con quién la rutina de intercambio amistoso era mayor. Para no enfrentarlo, bajó la mirada, y como si se tratara de una novedad, simuló abrocharse el botón de la guayabera que estrangulado por la presión abdominal insistía en salirse del ojal.
—¿Otra vez usted con eso maestro? Ya me decía yo que mucho nos había durado el milagrito.
Nacho no se hizo esperar. Tras una seguidilla de valientes gestos, elevó las cejas al punto de reducir su frente a la mitad; mueca que le aportó a sus parpados un breve refrescamiento estético. Luego, yendo directo al grano:
—Quítese ese asunto de la cabeza amigo Alcides ¿Qué gana usted con martirizarse tanto con ese recuerdo? Ya se lo hemos dicho bastante, deje descansar en paz a ese muchacho.
Fabio, con la mayor disponibilidad, quiso apaciguar la situación y soltó una perla de su frecuente repertorio.
—Mire compañero, todos sabemos que aquí, aparte de los años, lo que más abunda son penas, y ninguno escapa a esa imperiosa necesidad de contarlas, sobre todo… estee… estee…estee… —Por instantes, su mente permaneció en blanco. Luego, para salir del atolladero que lo dejó en las nebulosas, y aunque sin ilación, recuperó parte de sus ideas— ¡Que ironías de la vida! fíjese usted, es común oír decir por ahí que los viejos tenemos poco tiempo, cuando la realidad es otra, pues, con tan poco oficio, tiempo es lo que nos sobra.
Una breve pausa marcó un silencio reflexivo en el grupo; entonces Gonzalo se apresuró a tomar la palabra que hacia rato se agolpaba en su garganta:
—Perdóneme Alcides, pero ellos tienen toda la razón, usted nos prometió…
Tajante, con la mano levantada y airada voz, Alcides lo cortó en seco:
—¡Bueno, bueno!, suficiente por hoy, basta de regañitos. Para ustedes es muy fácil decir: no digas esto, cállate aquello, no digas lo otro, solamente el que sufre el dolor en el propio pellejo, sabe cuanto cuesta callarse.
La caldeada reunión tenía lugar en una pequeña sala de un asilo de asistencia pública. Todas las tardes, después de proveerse de la desabrida cena reglamentada por la nutricionista, éste grupo de contemporáneos añosos se dedicaba a destapar un nutrido enlatado de recuerdos y quejas. Como si un tropel de neuronas mediante un exhaustivo trabajo arqueológico, se afanara en desenterrarlos de las profundidades de sus cerebros. Pero, aunque estas reuniones en términos productivos no les aportaban ningún beneficio a sus arcas, por demás vacías, al menos los entretenía.
Era evidente que en cuanto recurrente, la queja de Alcides ocupaba el primer lugar. Cualquier comentario por muy aislado que estuviese, él lo dirigía como un afluente a su principal preocupación.
Ir a dar una caminata para estirar las piernas, fue la excusa que le sirvió a Alcides para alejarse de allí. A su vez le permitiría esconder una lágrima que amenazaba con ridiculizarlo. Un ligero masaje circular le dio calor y puso a tono sus rodillas. Luego, mientras recorría los largos pasillos enlosados con antiguos dibujos arabescos, pensó: “Cuerda de viejos pendejos, como si yo no tengo que calarme también sus majaderías y embustes; al menos lo mío es verdadero”. Alcides se los imaginó en estas labores, cuando desvelados en su sueño por la ansiedad y por el constante parpadear de noctámbulas luces peregrinas, clavaban su vista en el techo de sus habitaciones.
La alteración biliar lo llevó hacia las escaleras que lo comunicaba con la segunda planta, área donde albergaban a los más seniles; donde la longevidad cercana al siglo se dibujada en sus pieles con precisión cartográfica; donde el Alzheimer estaba tan cruelmente desatado, que merecía estar tras las rejas. Aquí, Alcides se sentía juvenil. Un niño correteando por el parque bajo la mirada vigilante de sus padres. Los achaques de su reuma mágicamente se reducían a lo que representaría una caída de su bicicleta nueva, una cortada en el dedo meñique con todo y curita.
Más allá, una anciana en una silla de ruedas parecía mirarlo risueña. Pero, estando más cerca Alcides tuvo otra apreciación. No lo miraba a él. Mas bien le pareció que la mujer se complacía en su interioridad. Como si esa introspectiva la pusiera en contacto con su “yo” olvidado y en desuso. Quizás, allí donde en esencia ella permanecía intacta, sin canas, arrugas ni dolencias. Una intimidad además, resguardada por la cortina de sus nublosas cataratas.
De repente, no porque la estuviese buscando, la larga caminata le reparó mejor suerte. La alegría se le escapó como fuente por los poros. Alguien, hecho el loco, como buscando algo y a la vez nada, le echó un vistazo furtivo. Por referencias de sus amigos, Alcides lo reconoció al instante. Su particular semblante era inequívoco: albino y con media calva. Además, usando una liga cerca de la nuca para sujetarse los dispersos mechones blancos que le quedaban. Era costumbre entre los residentes, estar pendiente de quién ocuparía una vacante cuyo motivo por lo general tenía un color funerario. La conducta de ambos al encontrarse, fue similar a la de quienes conciertan una cita a ciegas, donde cada cual busca en el otro para reconocerse, un indicio, un clavel en el ojal de la solapa. Al fin, sin más reparos, cuadrados uno frente al otro y con caras de piropeados, mascullaron las frases que como un ritual venían acuñadas a sus presentaciones. .
—¿Usted es nuevo por aquí?
—¡Si, si! como no! —Y dígame ¿con quién tengo el honor?
—¡No, no! el honor es mió, Julián Acevedo para servirle.
Sin duda, Alcides notó en el rostro del recién llegado, angustia y temor, cuando le dijo:
—Bienvenido amigo, y deje el susto, esto no es tan malo. --bueno ... bueno... en realidad, yo no voy a estar mucho tiempo por aquí, más bien, podría decirse que estoy de pasadita, todo es cuestión de que mi hija se arregle con su marido. Ella me lo prometió, a lo sumo un par de meses.
Alcides no quiso aguarle la fiesta que le daba esperanzas a su corta estadía. Sabía que a la larga era tan sólo una quimera. Sus años de convivencia en el lugar le habían dado ese conocimiento.
—¡Umju! Bueno… si su hija se lo prometió, así será. Todavía existen buenos hijos en este mundo.
—Claro que sí ¡Mire! si usted la hubiera visto cuando se despidió, estaba hecha un mar de Lagrimas. Con decirle, que más lástima sentí yo por ella. ¿Y usted, cuénteme, tiene hijos?
A Alcides, la oportunidad se le presentó provincial.
—Ojala. ¡Ay!, si usted supiera…
—¿Qué cosa?
—A mi hijo me lo mataron.
—¡Caramba! cómo va a ser, cuanto lo siento. Y dígame ¿cómo fue eso?
Alcides había repetido tantas veces la historia, que la elocuencia, el suspenso y la entonación puestos en la narración, eran dignos de una muy sonada y sintonizada emisión radial. Salpicada además con extractos de su propia cosecha imaginativa, con la que conseguía atraer la expectativa del oyente.
—Sabe, todo ocurrió hace ya algún tiempo, digamos que alrededor de unos veinticinco años…
—¿Ah no! pero si de eso hace ya bastante tiempo —le interrumpió Julián, como si quisiera restarle importancia a su dolor.
—Mire amigo yo que se lo digo, como si fuera hoy.
—Si, si, perdone usted, tiene razón.
—Bueno… como le venía diciendo, en aquel tiempo vivía yo en un pueblo por allá en el estado Guárico. —Alcides interrumpió el relato para preguntarle a Julián después de aclararle de que pueblo se trataba, si él lo conocía. Éste, después de repetirse varias veces el nombre, como si quisiera a fuerza de pensarlo arrancárselo de la memoria, terminó diciéndole que no, que jamás había escuchado hablar de él—. Por allá —continuo Alcides—, tenia yo una bodega y mi hijo me asistía con los clientes, sobre todo cuando organizaba la mercancía en la trastienda. Precisamente ese nefasto día me encontraba en esos quehaceres, cuando escuché la voz aterrada de mi hijo, que dirigiéndose a una persona le decía: “¿Qué le sucede mi don, qué hace? ¿Usted está loco? ¡Suelte ese cuchillo por favor, no lo haga, no lo haga!”. Al instante, tiré lo que tenia en las manos y salí rápidamente para enterarme de lo que estaba ocurriendo. Lo encontré de bruces en el mostrador, ahogándose en su propia sangre. Como pude, porque él era muy grande y fuerte, lo volteé para reanimarlo, pero fue inútil. Sus pupilas bailotearon en el blanco de sus ojos hasta quedarse quietas. Con la angustia tardé en asomarme para averiguar quién me había causado semejante daño. Cuando lo hice el hombre ya iba lejos, aunque sin prisa. Iba como si hubiera realizado una compra cualquiera, un par de plátanos, medio kilo de manteca. Mire amigo, nunca olvidaré su andar, su espalda, nunca…, nunca. Con frecuencia se repite en mis sueños como una mala película. Lo peor fue que como siempre sucede con las desgracias que vienen juntas, atrasito, de la tristeza, se me fue la mujer. ¡Mire amigo!, eso es algo parecido a cuando dos colegas se encuentran , que para el caso, especialistas en desgracias, y una le pregunta a la otra cuando la ve venir con los dientes pelados: “Oye chica, ¿de dónde vienes tan contenta?” Y ésta le responde: “es que acabo de dejar a uno batido contra el piso”. Entonces, animada por la perspectiva, la otra le pregunta nuevamente, “¡que bien!, que bien, oye, ¿por qué no me lo recomiendas? mira que ando baja de clientela”; y así se pone en la dirección con pelos y señales. Al asesino de mi hijo, nadie lo volvió a ver. La policía no pudo capturarlo y es posible que aún esté vivo. Para esa fecha teníamos más o menos la misma edad. ¡Mire…! todo por un lío de faldas. Chismes de pueblo que nunca faltan. El hombre convivía con una muchacha a la cual le doblaba la edad, y aunque ésta tenía un pequeño defecto en una pierna, eso no le restaba belleza. Es verdad, la muchacha se la pasaba metida en la bodega comprando cualquier zoquetada con tal de sacarle fiesta a mi muchacho. Él, como seguramente hubiera hecho usted, yo o cualquier otro, le seguía la corriente. Pero de eso a tener algo serio con ella…
Por último, Alcides subrayó el nombre completo del asesino, cuya extravagante cacofonía era casi imposible olvidar. Asqueado, se estrujó la oquedad bucal y sin preocuparse por la higiene del ambiente, largó un escupitajo tan cargado que rebotó y salpicó la pared.
—¡Caramba! me deja usted perplejo amigo —Le dijo el otro, que sin pestañear, no se perdió punto ni coma del triste relato.
Alcides, al sentirse comprendido le estrechó la mano con manifiesto vigor. Mientras subía las escaleras, en la comisura de sus labios ostentaba una sonrisa picara. Como si saboreara la satisfacción de haberse sacado un clavo.
A Julián, aquella historia que una vez acaparara con tanta vehemencia su atención, se convirtió en su propia cruz. Paulatinamente también fue intimando con los demás integrantes de la ya reconocida cofradía.
La estadía de Julián, tal cual la profetizó muy bien Alcides entre sus compañeros, se perfilaba vitalicia. Iba para dos años y su hija, como ella misma lo expresara: “no se arreglaba con su marido”. Y es que a éste, no le hacia ninguna gracia traerse de vuelta un viejito que sólo sería un estorbo y perturbaría la intimidad conyugal. Lo que si no le fallaba a Julián, era la visita. Su hija lo visitaba con una frecuencia tan abrumadora, que sus amigos lo apodaron “El Mimadito”. Alcides pensaba que esa actitud por parte de su hija no era otra cosa sino una manera de compensar la falta de palabra.
Era un día como cualquier otro en el asilo. Nuevamente en la cena sólo Alcides constituía la excepción. Un malestar sin pies ni cabeza lo retenía en la habitación. En apariencia, no registraba ningún síntoma reconocible en el rango de las enfermedades comunes, y lo único que se le ocurrió decirle a Germàn, para quitárselo de encima, fue:
—Por favor, cierra la persiana que la atmósfera está pesada.
Pero el recogimiento no le duró mucho. La supervisora al notar su ausencia por tercera vez en el comedor le preguntó a Germàn, quien la puso al tanto del único dato conocido.
Apenas informada del extraño síntoma de naturaleza etérea que lo aquejaba, la supervisora se movilizó hasta la habitación de Alcides. Entrando como una tromba humana de un solo tirón subió la persiana. Alcides ante la inoportuna claridad que lo cegó, se cubrió la cabeza con la cobija. La supervisora, sin afanarse en delicadezas lo destapó y le pidió que abriera bien la boca para introducirle el termómetro. Cruzada de brazos como un capataz de la colonia y con la trompa a modo de quien silba, fijó la vista en las trazas de un zancudo sacrificado en la pared. Al transcurrir el tiempo debido, le sacó el termómetro y de un vistazo se puso al tanto de la temperatura. Luego lo sacudió con tanta fuerza, que costaba creer que aún lo retuviera entre sus dedos. Entonces le dijo:
—Mire viejito, usted está mejor que yo. A otro con ese cuento atmosférico. Ni que usted fuera meteorólogo. Conmigo, usted se podrá morir de cualquier otra cosa, menos de inanición. Así que, tiene cinco minutos para presentarse en el comedor. A don Hilarión se lo perdono porque está sacándose el noviciado.
Simultáneamente le revisó la gaveta de la mesita de noche para apropiarse de un paquete de galletas y otras chucherías, producto de los copiosos mimos que le prodigaba su hija.
—Éstas cosas me las llevo. Esto no le sirve sino para inflarle más la panza de sapo que tiene.
Ya en la puerta, se volteó para decirle;
—¡Ah! se me olvidaba, el barómetro me lo echa de una vez en la basura.
Alcides no supo explicarse cual de las razones prevalecía para que su presencia en el comedor fuera un hecho. Por un lado estaban las pocas ganas que tenía de enfrentar los antipáticos modales de la supervisora; por el otro, un apetito voraz revolviendo sus entrañas, y que ahora, con la gaveta vacía no iba a poder aplacar. Lo cierto era que estaba allí, pese a que la inexplicable y molesta sensación subliminal aún lo acompañaba. Por ahora, toda su atención se volcaba en rebosar el plato con la apetitosa tortilla de papas, cebollas y espinacas, una de sus comidas favoritas.
Justo se llevaba a la boca un buen pedazo, cuando un codazo de Germàn le hizo perder el equilibrio, provocando a su vez la caída del alimento. Otro codazo insistente de su amigo, le sugería seguir la dirección indicada por su índice. Con cierta desgana vio de refilón a alguien que se adueñaba de una silla para sentarse a cierta distancia de ellos. Como su necesidad de comer era una prioridad, sin darle importancia al asunto volvió a recuperar con el cubierto el pedazo de tortilla. Sin embargo, en su mente quedó un trabajo pendiente y automáticamente cotejó la imagen del avistado con su caduco álbum de conocidos. Instintivamente, Alcides miró por segunda vez, pero su visión fue entorpecida por un comensal que pasaba en ese preciso momento. La distracción desvaneció el sofisticado trabajo mental. Lo siguiente fue terminar de consumir como un desesperado el resto de la tortilla y además repetir la ración.
Minutos antes, Germàn le había comentado ciertos detalles sobre el recién llegado. Le contó según le dijeron, que ese día muy temprano una coja lo había dejado abandonado en la recepción, desapareciendo en el acto. Como único equipaje: la ropa que llevaba encima, un bastón y su cédula de identidad. Que para la edad conocida se veía bastante acabado y además medio cegato. Nacho se quejaba de cierto hacinamiento, pues con los apuros le improvisaron una cama en un rincón de su habitación.
Alcides sacaba la silla para levantarse, cuando de pronto se llevó por delante el bastón de la persona que pasaba. Algo nervioso y mientras se disculpaba, lo recogió y se lo puso en la mano. Apenas le vio la cara.
—Disculpe amigo.
—Pierda cuidado maestro —le contestó éste.
Apoyado en el bastón, la persona continúo su lenta marcha. Llevaba una actitud animosa. Iba en pos de la invitación que Nacho le había hecho para levantarle el ánimo. Alcides lo siguió indiferente.
La tarde declinaba. Un picor tibio y húmedo se adueñaba del ambiente. En tierras no muy lejanas, empezaban a hacerse evidentes los pies luminosos del astro aventurero.
Repentinamente, Alcides se detuvo. No podía creer lo que sus ojos le presentaban. Era él. Esa manera de caminar era única. Se restregó fuertemente los ojos para disipar las dudas, pero un repentino mareo acompañado de nauseas lo hizo tambalear. A continuación, una fuerte punzada lo dobló y se llevó las manos hacia la zona abdominal. Para protegerse de una posible caída se arrimó a las barandas que resguardan los pasillos del vacío central de la edificación; mientras pensaba: “No, no, vida, no me abandones. Ahora más que nunca te necesito”. Como por gracia divina, se repuso. Ahora sus pisadas perseguían un fin inevitable.
En la pequeña sala, un ambiente tenso se retrataba en los rostros de quienes allí se hallaban. El nombre con sus dos apellidos pronunciados con mucha fuerza y cordialidad por parte del invitado, salpicó de sangre sus oídos. Al unísono, sus cuerpos se desplomaron en las sillas como muñecos de trapo. Por varios minutos permanecieron inmóviles y sin fuerzas para reacomodar sus desvanecidos cuerpos. Entretanto, el desairado permanecía de pie con la mano extendida a la espera de un apretón de manos amistoso.
Cuando Alcides llegó exhausto agitando con iracundia el puño por encima de su cabeza, sus compañeros intercambiaron miradas de inconfundible alianza.
Hilarión también lo sintió llegar, pero tan cerca que debió apartarse para evitar el encontronazo. Su escasa visión le impedía tener una idea clara de lo que ocurría en su entorno, sin embargo se atrevió a decir:
—Caray, ¿el amigo como que también está ciego? Por poquito y me tumba.
Al sentir nuevamente muy cerca el fogueo de la respiración de Alcides, Hilarión quiso retroceder, pero no tuvo tiempo, Alcides ya había iniciado el impulso de su puño. La pegada fue brutal.
El cuerpo de Hilarión quedó noqueado en el piso. Encima, el cuerpo de Alcides parecía abrazarlo amistosamente. Restos de la copiosa cena de Alcides quedaron esparcidos en medio de ambos hombres. Mas tarde, una ambulancia los trasladó hasta el hospital.
Alcides no regresó, y aunque Hilarión si volvió, apenas pudo sobrevivir unos días.
Germán, Nacho, Fabio, Gonzalo y Julian, aparte de mantener en secreto el motivo que desató la ira de Alcides, sin problemas de conciencia, se auto proclamaron jueces y verdugos. Lo cual llevaron a cabo con la rigurosidad que la justeza exigía. Así fue como, fuera de las obligadas palabras que le dirigía el personal del asilo, Hilarión no encontró una voz cariñosa o amiga con quien compartir o sobrellevar los últimos días de su vida. Fue confinado a un aislamiento tan cruel e inhumano, sólo comparable con el silencio de la muerte.
sábado, 10 de diciembre de 2016
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no habia visto este cuento, lo leeré gustoso
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