sábado, 21 de noviembre de 2009

COINCIDENCIAS

A Ernesto no le importó que Beatriz se encontrara ocupada en una reunión, para tomarse la libertad de abrirle la cartera y apropiarse de las llaves de su camioneta. Al contrario, mejor no le pudo salir, pues la ocasión se la ponía facilita. Seguro ella no comprendería su urgencia y se las iba a negar. Al parecer, a ella no le faltaban razones, pensaba con toda certeza que su marido tenía la pata dura con los vehículos. Era una fija, cada vez que se la prestaba —después de mucho pensarlo—, él se la devolvía con un desperfecto o ruido raro. Entonces, aparte de sufrir la consabida parada obligatoria, además le costaba sus buenos reales ponerla a andar de nuevo.
Ernesto abandonó la oficina bajo la presión de las fulminantes miradas que las compañeras de Beatriz le dirigieron, y es que, algunos antecedentes las predisponían. Ocho o más horas de rutina oficinesca, también permitía que este grupo de trabajadoras compartiera algunas confidencias, las cuales por lo general giraban en torno al núcleo familiar; y con predilección: los disgustos sufridos con el cónyuge.
En la carrera por salir, Ernesto pasó por alto un dato importante: “¿dónde habrá dejado Beatriz estacionada la camioneta?” Devolverse fue una posibilidad, descartada de inmediato. Eso sería como tirar por la borda la buena suerte que hasta ahora lo acompañaba. Sin embargo las dudas sobre este misterio se disiparon cuando se acordó que ella siempre la estacionaba en las inmediaciones del edificio. Sólo sería cuestión de echar un vistazo para ubicarla y asunto arreglado.
Y efectivamente, así fue como Ernesto se puso feliz de la vida en el pretendido vehículo. Aparte de otras señas particulares que prácticamente tipifican este modelo en particular, también capturó al vuelo el último serial de la placa. Aunque tuvo cierta dificultad para hacer circular la llave por la cerradura, quizá debido a su ansiosa torpeza, en minutos puso en marcha el motor.
En pleno retroceso, escuchó el repique de un celular. Detuvo la marcha y dirigido por la vibrante onda, levantó una carpeta que se hallaba en el asiento del copiloto. En voz alta, tan impresionado quedó al ver el diminuto equipo de avanzada tecnología, dijo:
—¡Tremendo celular se compró Beatriz!
Mientras lo manipulaba también pensó: “¿Por qué no me habrá comentado nada? Bueno, a lo mejor, con lo olvidadiza que anda últimamente, el otro lo dejó botado por ahí y no quiere fastidiarse con mis recriminaciones. Entre pensar y mirar el lujoso aparatito, no se percató del conductor que esperaba impaciente su salida para ocupar el puesto. En vista de no haber logrado la comunicación verbal, quien llamó optó por dejar un mensaje. Ernesto no pudo contener la ponzoñosa curiosidad y para su desgracia se puso en el texto del mensaje, el cual decía: “Mi amor, no te demores mucho en la oficina, estoy ansioso por verte, así nos reímos otro tanto del pelele de tu marido”.
Posiblemente la buena salud fue el pilar que salvaguardó la vida de Ernesto, porque la denigrante lectura lo dejó a un paso de caer fulminado por un sincope. Mientras se debatía en una sucesión de aplastantes fases negativas, golpeaba y estremecía el volante como si quisiera arrancarlo de su base. En esto, el conductor que aguardaba perdió la paciencia y se acercó para averiguar si por fin salía o no. Pero al observar la descontrolada actitud de Ernesto, entre piadoso y alarmado más bien le preguntó:
—¿Amigo, le sucede algo?
Mordida entre los dientes, y como soplada de entre las fauces de un demonio, Ernesto le respondió:
—Vete para la mismísima miiierda.

Si bien la bocanada escatológica en apariencia lo calmó, en realidad no fue así. Aunque estuvo varios minutos derrumbado sobre el volante en aparente laxitud, su cabeza era un remolino tramando la venganza. Más pronto de lo que cualquiera pudiera imaginarlo, Ernesto repararía su aporreada dignidad. Decidió que su vida de carnudo sería muy corta; tan corta que no pasaría de ese día.
Con algunas herramientas en la mano, y poniéndose a salvo de miradas comprometedoras, realizó algunos ajustes, o mejor dicho desajustes mecánicos. En fin, en tales condiciones dejó la camioneta, que las probabilidades del conductor de llegar sano y salvo a su destino, eran bastante precarias.
De la misma manera como se puso en ellas, Ernesto devolvió las llaves. En la oficina no hubo quien no se cruzara una mirada de asombro. Aquel hombre parecía otro. Como si en esos escasos minutos, una repentina y devastadora vejez lo hubiera transformado. Con la mirada baja, salió de la oficina.
Antes de tomar un taxi, Ernesto quiso ver por última vez el arma ejecutora de su venganza. Pero se quedó estupefacto al comprobar que ésta ya no se encontraba en el lugar.
—¡Carajo! Se robaron la camioneta de Beatriz.
Justo ella salía de la reunión, cuando el llegó para ponerla al tanto del robo, y como si esa fuese su única preocupación le dijo muy conmovido:
—Beatriz, acaban de robarte la camioneta.
—¡Pero cómo es posible! ¿De la casa? Si hoy no me la traje, porque no la pude prender.
Sin pensar en la suerte que en esos momentos corría la verdadera dueña de la camioneta, Ernesto se aferró a Beatriz en un interminable y sofocante abrazo.
La inoportuna escena amorosa provocó tal número de risitas indiscretas entre los presentes, que hicieron flamear de rubor el rostro de Beatriz. Una reacción de su marido que en lo futuro, jamás comprendería.

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