sábado, 25 de abril de 2009

MADRES A RATOS

Carla, después de vestir a su bebé, muy mimosa lo recostó en el respaldar de la cama. Enseguida, extrajo de un pequeño bolso un celular y marcó un número, al parecer muy bien memorizado. Se comunicaba con el pediatra de su bebe, con quien después de explicarle la urgencia del caso, concertó una cita. El médico, muy comedido, le hizo saber que la estaría esperando. Andrea, la prima de Carla, quien se encontraba muy cerca pendiente de cada detalle, se ofreció muy voluntariosa a acompañarla; pero eso sí, siempre y cuando no le contara nada al médico sobre su participación en la enfermedad que aquejaba al bebé. Carla, pareció no darle importancia al asunto y aceptó sin protestar la condición exigida. Entonces, Andrea también vistió a su bebé y de la misma manera, con cariñosas demostraciones maternales lo acomodó al lado del otro. En medio de una entretenida tertulia, se pintaron y se emperifollaron de la cabeza a los pies, como si más bien se dirigieran a una fiesta.

Como si la distancia favoreciera la aparente prisa, y el consultorio estuviese a la vuelta de la esquina, en un abrir y cerrar de ojos las dos se pusieron en éste. El médico, de brazos cruzados y muy serio, cual adivino de secretos, preguntó a quemarropa.

—Dígame señora, ¿qué le pasa a ese niño que se ve tan mal? ¿Alguien le hizo algo?

Carla, sorprendida ante la pregunta acuciante del galeno, se quedó desorientada y no supo que contestar. Pero inmediatamente se voltea y le arruga la cara a su prima. Ésta, sintiéndose a punto de ser delatada, toma la delantera y la apunta con el índice en son de advertencia; le insinuaba que más le valía quedarse callada que meterse a chismosa. Pero Carla, sin ánimos de cargar con culpas ajenas, se olvidó de tratos y a boca de jarro le soltó la verdad al doctor.

—Fue ella doctor. Ella fue la que le rompió el brazo a mi bebé. Ella es muy mala.

Andrea, ya en el banquillo de los acusados, violentamente se levanta en pie de guerra. Carla no se hizo esperar y le respondió el desafío. Ante la mirada atónita del doctor y sin que mediaran las palabras, las dos se ensartaron por los cabellos. A todas estas, los bebes, olvidados en la refriega rodaron de sus regazos y al golpearse contra el piso activaron el llanto. Inútiles fueron los llamados desesperados del doctor para aplacarlas e imponer el orden. De pronto, Andrea pudo zafarse y furiosa levantó el bebé de Carla y tras acercarse a la ventana, amenazante le dijo:

—Ya verás, ya verás, ya veras como voy a tirar a tu bebé por la ventana.

Aterrada, Carla le rogó a gritos que por favor no lo hiciera. Pero Andrea se mantuvo inconmovible a las suplicas y cumplió lo ofrecido.

De un salto, al estilo gata brava, Carla también se puso en el bebé de Andrea y como si lanzara una pelota de voleibol por el aire, en instantes, lo hizo desaparecer por la misma ventana.

Iban a guindarse de nuevo, cuando una puerta se abrió de golpe. Los tres, sorprendidos, miraron ligeramente hacia arriba, mientras una voz gruesa y airada, les dijo:

—Bueno, bueno niños, basta de peleas, se acabó el juego, se me vá cada uno para su cuarto.

Al dia siguiente, la madre de una de las niñas, recuperó los muñecos del jardincito que colinda con una de las habitaciones de la casa.

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