jueves, 20 de agosto de 2009

LA ALFOMBRA VOLADORA

Cuando tomamos la ancha autopista, nada me hizo presumir que tan hermoso y despejado panorama pudiera sufrir alguna alteración. Mientras una suave brisa batía mi cabello, regocijada con la idea de llegar a nuestro destino más temprano de lo planeado, me motivé a considerar otras actividades pendientes. En vano me ilusione. De repente, allí estaba ella, larga y tendida como una ponzoñosa y colorida culebra, asida como una chupa al asfalto con sus múltiples garras de caucho. Después de morder entre los dientes, las palabras que drenaron mi frustración, pues nuestra pequeña acompañante no se merecía malas enseñanzas, nos tocó adherirnos como inocentes corderitos a su toxica cola.
Una vez más mis confiados cálculos fallaron, y aunque con ello no conseguí sino confirmar mi tontera, con ganas de engordar mi indecente y mezquino consuelo,metí en el mismo saco de frustrados matemáticos del tiempo a un alto porcentaje de ese interminable componente vehicular. Ahora, en cuanto a pasar las de Caín, dudo que pueda darme el mismo gusto.
Todo comenzó con una simple pregunta: ¿Por qué nos paramos abuelo? Curiosa interrogante que hacía rato también martillaba nuestros cerebros, pero que sólo surgió de su cabecita después de transcurrir el tiempo suficiente como para aburrirse con el juguete de turno; ese al cual rigurosamente siempre se aferra a última hora pese a lo inconveniente y poco práctico del mismo. A partir de entonces, una infinidad insaciable de solicitudes lo sustituyeron.
Consumida la ración de agua que como provisión acostumbro llevar y la cual por cierto, nunca logró aplacar una sed al estilo de un extraviado en el Sahara, su pequeño organismo cayó en una impresionante crisis famélica: “Me pica aquí, me pica allá, me duele la barriga, tengo ganas de hacer pipí, quiero vomitar, tengo calor —no tenemos aire acondicionado—, quítame la camisa, quítame las medias, quítame los zapatos”, y pare usted de contar. Aunado además a un llanto donde la realidad competía con lo teatral. Tomando en cuenta la longitud del tiempo, es fácil suponer las veces que cada uno de estos actos se repitió.
Sobre los motivos de nuestra forzosa parada, uno de esos reporteros ambulantes que nunca fallan, y que cuando avanza la cola están a un kilometro de su vehículo, nos informó que se trataba de un accidente.
La hora nona estaba en su apogeo y todo seguía igual. No obstante, siempre hay maneras de atemperar los ánimos y empecé a cantar: De la sierra morena cielito lindo vienen bajando, unos ojazos negros cielito lindo en contrabando…Yo tenía un turpial primoroso, cuyas plumas el sol envidió, y tenía un cantar tan precioso, que hasta el trono de Dios se elevó… Estoy contenta yo no sé que es lo que siento, estoy cantando como el rio y como el viento… “Cállate abuela, no me gusta como cantas”. Bueno está bien, que cante el abuelo, él canta mejor que yo: “Cuando la luna se pone grandotota como una pelotota y alumbra el callejón… Caimán, caimán, caimán vete a tu cueva. Caimán, caimán, caimán antes que llueva. Ese bendito caimán, me tiene mortificao, no sabe comer comida, sino papelón rayao... “Abuelo tu tampoco sabes cantar, los dos cantan feo”. Bueno, bueno, probemos con canciones infantiles, insistí: Doñana no está aquí está en el vergel… Arroz con leche me quiero casar con una viudita de la capital… Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan, que si, que no, que caiga un chaparrón, con agua y con jabón... Agotado mi pobre e insipiente cancionero infantil, sin que hubiera logrado calmar un ápice tan desconsolado cuerpecito, entonces surgió de nuevo la pregunta de las tres mil lochas ¿Cuándo vamos a llegar?
No sé si fue esa inmensa necesidad de paz, o ese sentirnos niños que nunca nos abandona y siempre nos hace fantasear por mucha factura que nos pase el tiempo, pero la ocurrente idea del abuelo salvo la tormentosa situación. Al principio con el ánimo exprimido por el cansancio no le di ningún crédito, pero su entusiasmo poco a poco fue acaparando la atención de las dos: “Bueno, bueno, Sofi, cierra los ojos que ahorita mismo voy a llamar a mi amigo el sultán para que nos rescate con su mágica alfombra voladora” “No se dicen mentiras abuelo, eso es malo, las alfombras voladoras no existen” “Cierto Sofi, las alfombras voladoras no existen, sólo existe una en éste mundo, y esa es precisamente la de mi amigo el sultán; por cierto, nadie lo sabe porque es un gran secreto entre él y yo. “No te creo” “si no cierras los ojos un rato, no vendrá”. Así, entre hacerle trampa al abuelo entrecerrando los ojos, el método persuasivo funcionó y Sofía se quedó dormida; y hasta yo pude echar mi camaroncito.
Cuando desperté, rodábamos libremente por la autopista. Por mucho que atisbé no pude encontrar alguna señal que me indicará la razón por la cual se paralizó el transito. En fin, en cuanto a excusas, seguramente peor la pasarían otros. Imagine cuantas citas frustradas, cuantos negocios caídos, cuantas compras postergadas. Lo mío no pasaba de llegar tarde a una piñata.
Ahora, quien sí se vio en aprietos fue el abuelo, cuando Sofía después de bajarse del carro, lo primero que le preguntó fue por su amigo el sultán y por la alfombra mágica. Le noté un ligero deseo de seguir explotando su fantasía, sin embargo, quizá con ganas de encontrarse en paz con su conciencia y no seguir dando el mal ejemplo, al tiempo que le rascaba su cabecita le respondió:
—-La alfombra mágica la tienes tú aquí adentro, carricita.
A ella no le quedó otro remedio que arrugar el entrecejo confundida. Por mi parte me quedé pensando con tristeza, y fue algo que también percibí en la mirada de mi viejo compañero: ¿por qué este mundo es tan simple y no existen las alfombras mágicas?

No hay comentarios:

Publicar un comentario