“¡Viaje e’ rea!; y pensar que toda esta plata es para mi solito”.
Franklin, incrédulo aún, palpaba en la oscuridad del maletín su valioso contenido, pero un dolor punzante proveniente de la pierna le distrajo el placentero pensamiento. Hacía rato, la forzosa posición contribuía a extenderle la hinchazón; sin embargo, como guapear con el dolor era el único remedio que tenia al alcance tragó grueso y siguió hurgando. Después de abarcar varios fajos con la cuarta de su mano y comprobar mediante sencillas operaciones de aritmética la cuantiosa suma de dinero con la cual contaba, empezó a sacar apetitosas cuentas.
“Con esto puede que me alcance para comprarme una casa. ¿En cuánto estará vendiendo el viejo José su casa? Nunca se me ha ocurrido pensar cuanto cuesta una casa. Lo contenta que se va a poner Tere…, bueno, aunque lo más seguro es que primero agarre tremenda rabieta. Ella no es idiota, apenas se entere de los pormenores de lo ocurrido, sacara sus propias conclusiones”.
Un ruido sospechoso proveniente de los alrededores lo distrajo. Era el agudo chillido de un roedor que se negaba a compartir con el intruso sus habituales dominios. A Franklin el entumecimiento empezaba a exasperarlo, pero lo pensó mejor y decidió esperar.
“Con esto otro compro los muebles. Una nevera con todo y fabricador de hielo, fino pues; adiós a esas gaveritas fastidiosas que llenar”
Esta vez el latir lacerante de la pierna le arrancó un leve quejido. Juicioso de cada uno de sus actos, pudo ahogarlo en el corsé musculoso de su garganta. Múltiples culebritas de sudor empezaban a bajarle desde sus sienes, para luego depositarse en el pegajoso cuello de su camisa.
“Que calor tan arrecho este. ¿Y si me quitara esta piazo e’ chaqueta? No, no, ni de broma, mejor me aguanto”.
Pospuesta la comodidad, con la mano libre se limpió parte del sudor y nuevamente otra cuarta se llenó del sustancial botín.
“Con esto otro… no que va, moto no, mejor un carro aunque sea de segunda mano. Que bolas las tuyas Luís; es verdad, nadie te lo podía negar, montado en esa bicha eras bestial, pero para nada porque igualito que cualquier nuevo cuando se nos atravesó el autobús no supiste que hacer. Te le metiste completo de frente. Hasta ahí llegó tu pericia. Tan arrecho que eras y tan quietito que te quedaste. ¡Y esos dos brinquitos que te vinieron de adentro! ¿O como que fueron tres? Como si tus propias entrañas te despacharan de este mundo. Y yo sin poder hacer nada. Pero hermano… ¿qué podía hacer yo si ya estabas muerto? No hacía falta ser muy doctor para darse cuenta de eso. Perdona vale, pero seguro tú también hubieras hecho lo mismo, maltrecho y todo arrancar con el bendito maletín. ¡Que bien se portó el maletincito este! Ni siquiera se abrió. Ducho la paso peor. ¡Huy Ducho! ¡Que feo quedaste! Yo te vi. Yo te vi tirado en la acera de la entidad”.
Un escalofrió cortante, como marcado por el filo de una uña le recorrió el centro de la espalda. Imaginó que pudo haber sido él y no Ducho, quien yaciera inerme boca abajo nadando en un charco de sangre.
“¡Oye Ducho!, para correr como que no eras tan ducho; te faltó velocidad viejo. ¡Que cosas!, justo lo que mató a Luís… y por poquito a mi también. El plan perfecto, decías; con ese cuento de que el único que pensaba eras tú, no nos dejabas ni opinar. Siempre dando ordenes y mandándonos a callar: Este negocio lo manejo yo, usted aquí no tiene ni voz ni voto, confórmese con el entrenamiento gratuito y su partecita, después, aplíquese para que lo respeten. ¡Y fíjate pues! aquí me tienes, dueño y señor de todo el producto de tu sabiduría. Y ese empecinamiento tuyo en querer ponerme a toda costa un apodo. Que si FM, que si Lengua Eléctrica, que si El Loro. Ahí si es verdad que me calenté y te dije: Me llamo Franklin, como me puso mi mamá. Menos mal que Ducho como que si era inteligente, porque finalmente entendió y me dejó tranquilo. Luís si no tenía rollo con eso de los apodos. ¡Y que Cara e’ Nuez! Todo por esos huequitos que le dejaron en su cara los barros y las espinillas. ¿O sería por la cicatriz? Ahora, en cuanto a maldad estaban parejitos. Unos bichitos pues. Al menos yo, todavía no me he echado al coleto a nadie. ¡Ay Elena!, si tú supieras… si tú supieras en el berenjenal de vainas en el que anda metido tu hijo modelo. A ti que se te llena la boca diciendo por ahí: mi hijo no fuma porquerías, mi hijo es un hombre honrado, mi hijo es un hombre trabajador —eso si—, mi hijo siempre está pendiente de mi —eso también—, mi hijo es incapaz de matar una mosca —moscas si he matado bastante— mi hijo es un alma de Dios; en fin, que soy un santo. Pero bueno, es que eso también es relativo; porque si a ver vamos, al lado de Ducho y de Luís yo soy un santo. ¿Será por eso que me cayeron estos reales como llovidos del cielo? Dicen que lo que es del cura va pa` la iglesia y en la iglesia lo que hay son santos. Tere si me lo advirtió cuando fui a visitarla por primera vez al barrio: Oye Franklin, con mis hermanos el saludo y de lejitos; tú eres otra cosa, tú eres un tipo sano, no quiero que te echen a perder. Después, con esa cara de cañón que a veces te caracteriza, me seguiste diciendo: Es más, vale, te prohíbo terminantemente que te aparezcas de nuevo por aquí; apenas nos pongamos en unos reales nos pintamos de este barrio. ¡Pero no! terco como una mula no te hice caso y volví. Quería saber por qué me dejaste como un bolsa plantado en la entrada del metro. Tus hermanos, necesitados como estaban de un reemplazo debido a la reciente baja, apenas me vieron entrar en la casa me cayeron como moscas. Para colmo, tú nada que llegabas, mejor dicho, no llegaste ¿Dónde carajo te quedaste esa noche Tere? Lo peor es que hasta la fecha todavía no lo sé. Nunca te lo he podido preguntar; con un poquito de imaginación hubieras podido sospechar sobre mi reciente sociedad. ¡Ah!, otra cosa también me dijeron tus hermanos ese día: Que te quede claro que la Tere está incluida en tu partecita. ¡Pero entonces, Tere!, ¿qué te pasa?, no te enojes, aquí están los reales que necesitábamos. Así todo queda en familia y colorín colorado, este cuento se ha acabado; porque te lo juro por mi madre que de aquí en adelante se acabaron los sustos —En este momento Franklin recuerda como se le enfrió el guarapo y lo cerca que estuvo de rajarse y echar a correr, cuando salieron con el propósito de cumplir con la atrevida misión. También cómo se le aflojaron las piernas hasta los nudillos de los dedos, al escuchar los primeros disparos—. No que va, no quiero terminar como Ducho; tampoco como Luís”.
La diestra de Franklin se disponía a amasar el último fajo de billetes cuando un apremiante deseo de estirar la pierna lo desconcentró. Esta vez, el labio inferior recibió la descarga cortante de su dentadura.
“Con esto otro hasta puede que me alcance para montar mi propio negocio”.
La sangre acumulada en el hematoma, no cesaba de enviarle los mortificadores mensajes de su evolución. De pronto, como si la orden para estirar la pierna no estuviera bajo su control, ésta se ejecutó automáticamente. De inmediato, el fatal movimiento ocasionó que en cadena se viniera abajo la ruma de cajas que amparaba su humanidad. Cerca, una voz fuerte y acalorada tomó parte en la escena:
—¡Miren! ¡Miren! Allá, detrás del contenedor; entre el montón de cajas. Yo sabía que ese pajarito no andaba muy lejos.
Una serie de disparos puso fin a la rápida acción policial.
Después de efectuar un reconocimiento de los hechos, el inspector hizo un superficial recuento de lo hallado en el maletín mientras decía:
—¡Viaje e’ real! Con toda esta plata, este tipo hubiera podido comprarse, no digo una casa, muebles, carro, sino hasta montar su propio negocio.
miércoles, 19 de agosto de 2009
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que cruel!!!! es geníal; este cuento está genial!!! ya le mandé el link a Mona para que te lea
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