lunes, 22 de febrero de 2010

EL CHIVO ROBADO

Pareciera que las cosas robadas arrastraran consigo la maldición del dueño; vociferada, quizá, al notar con amargura la falta del mismo. Ésta, por lo bajito, y conocida la naturaleza de lo sustraído pudo haber sido: ”Ojalá te caiga mal”. O peor aún: “Desgraciado, ojalá te mueras”.
El chivo en cuestión, como muchos chivos, andaba a sus anchas suelto por un peladero. El dueño, por demás confiado, lo perdía de vista. Minutos antes, en la camioneta adonde fue a parar el inquieto montés, amarrado y sin dejar de berrear como un condenado, se había suscitado el siguiente dialogo: “¡Mira!, que bonito el chivito” El otro, saboreándolo, como si ya lo tuviera en su boca le contestó: “¡Oye si!, está buenazo para este fin de semana”. Incitado por lo que oyó, nuevamente el primero le dijo: “¿Te atreves?” Sin quitarle los ojos de encima al chivo, el compañero remató: “Que si me atrevo, eso ni se pregunta hermano”. Más allá, una buena paga sirvió para contratar los servicios del matarife, quien les entregó el bichito como comprado en la carnicería.
En la carretera surgió la primera señal agorera. Como salido de la nada un zamuro vino a estrellarse en el parabrisas, dejándolo impenetrable al ojo humano. Sólo la destreza del conductor pudo evitar un accidente fatal. Lo siguiente fue manejar con la cabeza fuera de la ventanilla, hasta que una alcabala frenó la hazaña suicida. Entre esperar una grúa y en consecuencia resolver lo referente a la reposición del vidrio, se fue buena parte del día.
Ya en casa, la primera instrucción fue mandarlo a guardar inmediatamente en el refrigerador. No se sabe si por olvido, o por gusto a la desobediencia, pero la cuestión fue que quien tenía a su cargo llevar a cabo la correspondiente indicación, no la acató con la debida diligencia.

El fin de semana, tal como estaba previsto, el chivo fue preparado según una receta tradicional coriana.
En plena consumición, los invitados al banquete se atrevieron a cuestionar las bondades de su carne. Y entre las cosas que se oyeron decir, estuvieron: “No sé, pero a mi esta carne me sabe rara” “La verdad, a mi tampoco me convence mucho”, “A mi ni me pregunten, primera vez en mi vida que como chivo y, por lo visto no estará entre mis platos favoritos” ¡Ay Dios! y como si la maldición no hubiera rendido sus verdaderos frutos, el anfitrión dijo: “Amigos, déjense de zoquetadas, la carne de chivo es así, tiene este sabor característico, y para demostrárselos, me voy a terminar de comer todo lo queda en la bandeja”.

1 comentario:

  1. Mejor, ni que lo hubiese contado yo misma, ni que lo hubiese vuelto a relatar el propio protagonista que por demás es malaaaaaazo contando cuentos por excelentes que sean! Felicidades Herminia!

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