viernes, 12 de noviembre de 2010

LA RENUNCIA ESCURRIDIZA

—Que alivio, mañana renuncio.
La frase se le escapaba de manera involuntaria a Abraham Meléndez; quizás empujada por el incontenible alborozo que la misma le producía.
—¿Que dijiste, mi amor, no entiendo? —Rezongó Magali, su esposa, quien al no obtener respuesta la incorporó al menú de rarezas que ese día había notado en su marido.
Abraham agradeció a la suerte que su esposa no gozara de un oído fino, pues de haber entendido la indiscreta revelación, habría cambiado para ambos la relajante función nocturna. Procurando en adelante ser mejor guardián de su lengua suelta, le dio una vuelta a la almohada y después de palmearla unas cuantas veces, la deslizó por entre la curvatura de su cuello. Recurrentes artificios que usaba generalmente sin que le aportaran ninguna ganancia o calidad a su sueño, pero que lo entretenían.
Sin embargo esa noche fue diferente, porque bastaron unos minutos para dispersar los últimos residuos de una recurrente vigilia. Un ronquido sibilante inauguró el despegue onírico. Al lado, su compañera, a pesar de haberle importunado el suyo, lo recibió con beneplácito. Sabía que esa ruidosa manera de expresar su paz, también se llevaba consigo las sucesivas y molestas pataditas parientes de sus desvelos.
Antes de esto, Abraham había consumido unas cuantas horas frente al computador, el motivo: la redacción de la renuncia a su trabajo. En una especie de purga, produjo un número de páginas tan abusado, que más parecía la carta de un novio resentido que la sencillez requerida para este tipo de misivas. Pero no le importaba, porque sólo así, se aseguraba la absoluta y resoluta separación con la empresa. Ninguno de los allí nombrados, después de leer tan aseverados y deshonrosos señalamientos, tendría el buen humor como para pedirle la reconsideración; y precisamente en la escala de mando no dejó afuera ni al más encumbrado.
Introducirla en el sobre requirió de cierta pericia, pues su extravagante volumen lo dificultaba. Con la ayuda de una regla presionó los bordes y fue entonces cuando pensó que se le había ido la mano.
Mientras estuvo en esos quehaceres, debió enfrentar el asedio manifestado por Magali. A ella le extrañaba bastante verlo pasar tantas horas en un área que era de uso exclusivo de Juan, el hijo de ambos. Hecha la bartola y en busca de pesquisas, se dejó caer varias veces por ahí.
Abraham, para despistar el acoso investigador perfeccionó algunas técnicas. Apenas escuchaba sus pasos, hábil y expedito con el mouse, cerraba la imagen comprometedora y abría un laborioso juego de cartas. Para darle más credibilidad a su teatro, ponía cara de jugador empedernido. Pero en una de esas tantas incursiones, Magali no pudo contenerse y le preguntó:
—¡Qué haces?
—¿No estás viendo mujer?, jugando cartas —Le dijo Abrahán con un tono molesto.
—No me digas que ahora te va a dar por eso.
—¡Pero bueno chica! ¿Qué tiene?, estate quieta, no seas tan envidiosa. Estos juegos son recomendables para aliviar las tensiones.
—¡Siii! Bueno, aprovecha que no está Juancito, porque cuando llegue, se te acaba la sesión terapéutica.
Convencida por la sobresaliente representación de Abraham de que sólo se trataba de un inofensivo pasatiempo, resolvió dejarlo en paz y no seguir husmeando.
Abraham consideraba inconveniente por ahora, participarle la arriesgada decisión, pues no quería que le pesara la confidencia. Aún tenía muy presente la reciente conversación que tuvo con ella cuando de una manera vaga le asomó el asunto y ésta muy alterada y sorprendida lo atajo, diciendo: “¿Qué dijiste? ¿Tú como que perdiste el juicio? Con lo difícil que están los empleos hoy en día y tú botando uno tan bueno por la ventana. ¡No chico qué va!, mejor déjale esos brincos a los chivos”
Oírla repetir tales expresiones era arriesgarse a que se le arrugara una decisión tan sólida, que usada como armamento bélico en la era secundaria, hubiera podido derribar a todo un parque jurásico.

El nuevo día le abrió las puertas algo tarde. Aunque Abraham vibraba en ánimo y vitalidad, la premura no formaba parte de ese festín de endorfinas. Mientras bostezaba frente al espejo, el cual calcaba cada línea de sus treinta y nueve años, como si se cayera a mimos se palpó repetidas veces la barba que llevaba estilo candado. Siendo de un carácter tan meticuloso, este estilo le daba un particular goce. La tarea de afeitarse era todo un ritual con la medida y la simetría. Sin embargo, ese día, después de mucho estirar y torcer el cuello de izquierda a derecha para chequear el crecimiento piloso, desestimó todo trato con la maquina afeitadora.
La despedida con Magali estuvo fuera de serie. El travieso modo de besarla, así como el asfixiante y desmedido abrazo, la hizo sentirse como un monigote; Intuía que ella no formaba parte de esa alegría en la cual más bien le parecía que había gato encerrado. Por los momentos, no le quedó otro recurso que librarse del apabullante remezón, diciéndole:
—¡Abraham, chico, ten cuidado que me raspas con tu barba.
Durante el recorrido que se suponía lo llevaría al último día de trabajo, de cuando en cuando descuidaba la atención del manejo para recrear la vista en el portafolio dejado en el asiento de la derecha. Y aunque en su interior no guardara ninguna joya medida en quilates, ante sus aojos relucía como un cofre palaciego. Para él tenia un valor más estimable: tenía un valor estrictamente humano.

Una vez estacionado su automóvil, aconteció un hecho que en otras circunstancias hubiera podido calificarse de trivial o insignificante. No obstante, dado al estado de permeabilidad emocional en el que se encontraba, le permitió exprimirse un poco el empapamiento.
En actitud velante, un perro jadeaba su hambruna frente a la clientela de un vendedor de perros calientes. La rápida desaparición del largurucho alimento en boca de quienes en forma atorada lo consumían, requería que el animal moviera la cabeza repetidamente de cliente en cliente. De repente, un empalagoso baño producto de los restos de una colita, mecanismo usado con frecuencia por el dueño para espantar los asiduos tocayos de su negocio, lo alejó del lugar.
Abraham, al ver la escena, en vez de seguir de largo se detuvo en el lugar. Sacando de la billetera el pago, requirió una docena con doble ración de salchichas. El vendedor al suponer que el cuantioso pedido no sería consumido de inmediato, por demás le preguntó:
—¿Para llevar?
—No, para comer aquí.
Más pendiente de atender la cuantiosa venta que de los pecados capitales relacionados con la gula, el vendedor no le dio importancia a la extravagante respuesta.
Cuando sobre el pequeño mostrador la hilera del alimento completaba la cifra solicitada, Abraham los juntó bastamente con las manos y buscó al flacuchento callejero que a unos metros aguardaba con paciencia se olvidaran de él, para regresar y seguir comiendo a fuerza de la imaginación.
Después de acariciarlo varias veces, Abraham se los fue ofreciendo pacientemente uno a uno. Los observadores limitaron su sorpresa conviniendo entre si con las miradas estar en presencia de un loco. Incluso algunos sin el menor recato lo indicaron con la típica señal giratoria alrededor de la sien. La excepción fue un borrachín, quien reprochándose el mundo de ignorancia y desinformación en el cual vivía, atribuyó la bizarra acción a que seguramente se celebraba el día internacional del perro.
Ya en la empresa, antes de entrar a su oficina prefirió desembarazarse lo antes posible de su encomienda. Pero al abrir la puerta de la gerencia respectiva sufrió una breve decepción, pues, su inmediato superior no estaba presente. No obstante, pensó que muy bien podría ahorrarse ser testigo de los sucesivos y degradantes colores que sin lugar a dudas conmocionarían el rostro del jefe. Sin perder el aplomo, despejó de otros papeles el escritorio y centró con mirada milimétrica el sobre en el mismo; luego salió rumbo a su oficina con la firme intención de recoger sus pertenencias. Las ínfulas le duraron poco, porque en el trayecto alguien lo detuvo para darle una noticia que lo desconcertó.
—¿Ya te enteraste?
—¡ No! ¿De qué?
—¡No lo sabes!
—¡No! ¿Qué sucede?
—Despidieron al Dr. Cadenas.
Sin esperar la extensión del chisme, dio un paso en redondo y regresó a la oficina de donde minutos había salido. Una vez allí, tomó el sobre y salió sin guardarlo. Pese a encontrarse algo defraudado, se dio ánimos al pensar que el inconveniente era fácil de solventar: bastaría con cambiar el nombre del destinatario. De repente, alguien le apretó el hombro mientras le decía:
—¡Meléndez! que bueno encontrarlo, vengase conmigo, tenemos que hablar.
Abraham justo hablaba con el que pensó sería el futuro destinatario de su renuncia, el encargado de la vicepresidencia técnica. Al unísono de sus pasos llegó a la oficina de éste.

Hacía algún tiempo la idea de renunciar estaba presente en la mente de Abraham; sólo que de una materia inerte. Igual a esas cosas guardadas per se en una gaveta y cuyo único placer y gusto consiste en saber que existen. Un día, mientras se recreaba en la literatura, se topó con un pensamiento del filosofo J. J. Rousseau: “El ser humano nace como noble salvaje y es corrompido por la civilización”. De inmediato se sintió señalado por el dedo acusador del filosofo, que como un rayo lo sacudió en lo más intimo de su ser, removiendo sentimientos insospechados. Después, además de prometerse no seguir formando parte de ese grupo de indignos civilizados, la oportuna ración filosófica también sirvió para que como una levadura, su renuncia desbordara los cautivos cajones de su conciencia.

Abraham se desempeñaba como jefe de un departamento de indemnizaciones en una empresa de seguros, y a pesar de discrepar con la particular política de la empresa, cumplía fielmente con ella. Pensaba que los principios elementales que dieron luz y origen a la razón social de estas empresas, eran interpretadas de forma caprichosa y muy subjetiva por parte de sus altos ejecutivos. Proceder que por cierto de acuerdo a sus relaciones con el medio, no era el común denominador. No obstante, la fidelidad y la lealtad significaban condiciones fundamentales de todo buen empleado. En el diario cumplimiento de sus funciones, y en beneficio de la empresa, analizaba e interpretaba con el ojo de una lupa, cada letrita estampada en las cláusulas de sus pólizas. Se sumaba a la anterior inquietud, el tener que entenderse con un jefe cuya incapacidad debía asistir continuamente.
El vicepresidente, después de invitarlo a tomar asiento, esbozando una sonrisa meliflua, como la de quién se propone ofertar a un títere, le dijo:
—Como se habrá enterado, nos hemos visto en la obligación de prescindir del Doctor Cadenas. Usted mejor que nadie, conoce las razones. Ahora bien, siendo usted la persona más idónea para sustituirlo, me complace participarle que a partir de hoy queda nombrado para asumir el cargo.
Mientras escuchaba las primeras palabras, Abraham aún maquinaba en pos de la renuncia. Sin preocuparse por atender al jefe, apoyó la renuncia en la tapa del maletín e hizo lo mejor que pudo las debida corrección. El vicepresidente, entre adulancias y alabanzas, continuó diciendo:
—Para nadie es un secreto que las gratificantes cifras con las cuales cerramos el año en esa área, es obra suya —algo Inquieto al verificar que Abraham no le prestaba la debida atención—. ¡Fíjese!; la prueba está a la vista, es sorprendente como ni siquiera en un momento tan importante como este, usted deja de trabajar.
De inmediato paso a informarle sobre el nuevo sueldo, el cual por cierto doblaba al actual. Bonos extras, premios y demás beneficios robustecieron con su tintineo metálico la oferta. Cuando se produjo el fuerte apretón de manos que puso fin a la conversación, el sobre con la renuncia reposaba en la oscura horizontalidad del maletín. Más tarde, no pasaba de ser despreciables rectangulitos en el fondo de una papelera. Tal cual lo había previsto, Abraham pasó por su oficina a recoger sus pertenencias, pero para trasladarlas a una más elegante y mejor acondicionada.
Ya en casa, Magali al enterarse de la buena nueva, repentinamente olvidó los extraños presentimientos que durante todo el día la embargaron. Devolviéndole el caluroso abrazo que le mezquinó por la mañana, le dijo:
—Lo sabia, lo sabía mi amor, yo sabia que algo bueno te traías entre manos.
También Juancito, quien algo retirado miraba las retozonas expresiones conyugales se acercó, y tras llevar del brazo a su padre hasta la computadora, abrió una caja llena de videos que guardaba con recelo. Guiñándole un ojo con encubridora complicidad le dijo:
—Papá, cuando quieras, están a tu disposición.
—No hijo, te lo agradezco mucho, pero yo no pierdo el tiempo en esas tonterías.
Juan no pudo evitar pensar que posiblemente su madre sufría de cierto trastorno imaginativo, cuando lo alertó sobre la nueva manera de entretenerse su padre.

Propiciada por la triste mirada de un cliente, que la memoria le devolvía nítida y repetidamente, y donde se traducía la desolación que le causaba haber perdido su negocio a consecuencia de un incendio, Abraham volvió a plantearse la renuncia; tan olvidada, que en torno a ella ya se había instalado todo un telar arácnido.
El cliente, olvidándose de los orgullosos modos que ensoberbecen al hombre cuando con sobradas razones exige sus derechos, prefirió adoptar una posición sumisa y suplicante, cuando le dijo: “Ayúdeme amigo, esa póliza es lo único que tengo”. Confiado en sus conocimientos profesionales, Abraham le prometió ayudarlo. Para Abraham cabía la posibilidad de un entendimiento beneficioso para el asegurado, pero al plantearlo en comité, fue rechazado. Luego, como otras veces le había tocado hacerlo, amparándose en una cara dura le participó al infortunado comerciante la negativa de la empresa. Posteriormente se enteró de su suicidio.
Esta vez la renuncia no pasaba del modelo tradicional: cuatro líneas. Salió como un bólido e irrumpió en forma desaforada en la oficina de su superior. Pero como en ese momento el vicepresidente hablaba por teléfono, debió sentarse y esperar. Casualmente, el celular de Abraham también repicó:
—¡Si! ¿Dime Magali?
—Abraham, estoy saliendo de la clínica con el resultado.
Abraham había olvidado la conversación sostenida con Magali, referente a cierto atraso que la tenía bastante nerviosa. Le había comentado que ese día saldría de dudas.
—¿Qué resultado?
—¿Cómo que qué resultado?, que estoy embarazada, chico.
—Abraham permaneció mudo por instantes, por lo que Magali debió preguntarle:
—¿Me escuchaste?
—Si, si, te escuche.
—¿Entonces? no dices nada, ¿Te comieron la lengua los ratones?
—En la casa hablamos Magali, ahorita me encuentro muy ocupado.
Abraham quiso agregar algo más para dispensar la frialdad con la cual había recibido la noticia, pero al otro lado la comunicación fue cortada intempestivamente. Magali, desconcertada por la inesperada reacción de su marido, pulsó el botón de apagado con tal furia que casi lo desfonda.
En el anonadamiento Abraham permitió que el jefe le sacara ventaja.
—Meléndez, que casualidad! voy a pensar que realmente existe la telepatía, porque justamente estaba pensando en ti. Necesito ausentarme por unos días y debo ponerte al tanto de algunos asuntos importantes que sólo tú sabrías atender.
Abraham pidió la palabra, pero sin contundencia. El jefe sin percatarse de ello se aferró en los detalles de su ausencia. Mientras, a Abraham la novedad familiar en palabras de Magali empezó a darle vueltas en la cabeza. Simultáneamente la renuncia empezó a girar en su puño hasta quedar reducida a una compacta y estéril bolita de papel. Antes de irse:
—¡Por cierto Meléndez!, tuve la impresión de que me traía algo.
—¡Ah no nada!. Solo que venía distraído y me equivoqué de oficina.
Cuando abandonó la oficina, cerró los ojos y para sacudirse los recuerdos que lo atormentaban, se dijo:
: —Al diablo contigo viejo, yo no tengo la culpa de que te hayas volado los sesos.


—Bueno Abraham, Ojalá tengas razón y cuando regrese del viaje te encuentre renovado.
Magali se despedía de Abraham. Habían decidido que ella tomaría unas vacaciones para darle la oportunidad de liberar las tensiones que lo agobiaban.
En una etapa donde la superstición jugaba un papel importante, Abraham pensó que el ambiente de la empresa ejercía una mala influencia sobre él, y que seguramente fuera del perímetro laboral, las cosas serían diferentes.
Era sábado y estaba a la espera de una invitación muy especial. En una esquina de una mesa del salón, sobresalía el sobre con su renuncia.
Mas allá de las relaciones laborales, Abraham y el vicepresidente habían entablado una buena amistad, por lo que éste aceptó de buen agrado compartir ese día con él.
La reunión se desarrollaba viento en popa en cuanto a cordialidad y buen humor; animada además por repetidos escoceses. Candentes y variados temas afines a los dos, multiplicaron la afectividad del intercambio; incluso el invitado lamentó que sus respectivas familias no formaran parte de tan agradable reunión. De repente, Abraham decidió acabar con la farsa, y como si no fuera la misma persona con quien segundos antes estuviese compartiendo cordialmente, le entregó el sobre con mucha seriedad.
—¿Qué es esto Abraham?
—Mi renuncia.
—¿Tu qué?
—Mi renuncia. —le repitió Abraham con firmeza.
—¿Explícate? por favor
Abraham se destapó en una retahíla descalificaciones y acusaciones que daban mucho que pensar de parte de quien las recibiera. Casos ejemplares, donde creyó que su buen criterio profesional había sido manipulado, también salieron a relucir con lujo de detalles.
Al suponer que todo era asunto de palos, después de guardarla en el bolsillo interior de su chaqueta, éste le hizo saber:
—Estoy seguro que mañana cuando recobres el juicio te arrepentirás: pero te advierto, para entonces será demasiado tarde.
—No te quepa la menor duda que tanto ahora como cuando la redacté, he estado en el buen uso de mis facultades.
Como era de esperarse en la despedida la cortesía y las buenas maneras que adornan el trato social, brillaron por su ausencia. Sin embargo, Abraham al observar que éste se tambaleaba caminando, para preservarle la vida se atrevió aconsejarle:
—Si dejaste el vehículo en el estacionamiento de enfrente, te recomiendo cruces la avenida con mucho cuidado, ese cruce es muy peligroso.
Una vez solo, y sintiéndose vencedor de los pronósticos del filósofo, Abraham se disponía a consumir a manera de brindis el resto del whisky cuando el ruido de un frenazo seguido de un golpe seco, lo contuvo.

Cuando llegó al lugar, algunas personas rodeaban el cadáver. Ante la evidente relación que demostró tener con el arrollado, alguien se le acercó y le dijo:
—Tenga, creo que la llevaba entre sus manos cuando lo atropellaron.
Abraham, con la mirada fija y estupefacta al observar las múltiples manchitas rojas que pintaban su renuncia, la sintió igualmente moribunda.
Al día siguiente con otra perspectiva de ascenso en puerta, un pensamiento diferente justificó su definitiva permanencia en la empresa. Una manera de pensar que lo excusaba ante el eco de su primitiva esencia, y lo acomodaba en su condición de hombre vulgar y corriente. Al punto de satirizar la filosofía, cuando afirmó: “La filosofía tiene su semejanza con el diablo, que lo que sabe, lo sabe por vieja”

sábado, 6 de noviembre de 2010

LA HORA INCONTABLE

DING DONG DING DONG
Esas son las campanadas de mi reloj. Me indican que ha transcurrido un cuarto de hora más, pero com acabo de despertarme tengo mis dudas respecto a si son las siete y cuarto, o las ocho y cuarto. Tengo la excéntrica costumbre de levantarme sólo cuando anuncia la hora en punto; eso quiere decir que permaneceré otro buen rato en la cama. Levantarme a las ocho me permite andar pausada y remolona en el desenvolvimiento de mis labores cotidianas, ahora, si la siguiente hora se refiere a las nueve, entonces ando entre tropezones y carreritas tratando de estirar el tiempo. Aunque tengo todas las posibilidades para averiguarlo, prefiero mantener en vilo esa incertidumbre, pues forma parte de una expectativa que me divierte.
Como mi edad de pensionada me desligó de los rígidos horarios laborales, esta cómoda manera de iniciar el día compensa angustias pasadas; además de consentirme meditar en la acunada quietud del reposo. También, para evitar ser tentada por los visibles indicadores luminosos del entorno, evito abrir los ojos. Sin embargo ¡Que contrariedad la de hoy!, una molesta luz titilante se filtra a través de mis parpados. Seguro se me rodó la cobija, pues siento los pies congelados. Lo normal sería que hiciera un movimiento para cubrirlos, no obstante, una particular abulia me detiene. Es como si en lugar de mi acostumbrada cena, me hubiera embebido una jarra de pegamento. Si no fuera por ese tedioso murmureo proveniente de la calle, le daría más crédito a mis sueños. Bueno, hoy el éxito de mi caprichosa modalidad estará sujeto a esas novedades; Ignorarlas será un reto.
Me pregunto si mi esposo se despidió con su afectuoso “Chao mi amor, que tengas buen día”. Si lo hizo, debió conformarse con el implícito silencio de todo buen durmiente, porque no lo recuerdo. .
¡Que día el de ayer!, haberle comentado a mi hija sobre cierta molestia en el pecho, echaron por tierra todos mis planes. La atorada calificación de urgencia que le dio a mi malestar la pusieron en instantes de patitas en mi casa, como si hubiera viajado por un túnel de su exclusivo tránsito. Luego sacándome en volandas de la casa, me llevó directo para el hospital donde pasé casi todo el día más chequeada que ciudadano con pasaporte dudoso y de presunción terrorista. Es una pena, porque la novela que estoy leyendo quedó suspendida en su mejor momento. Pero en fin, tomando en cuenta el orden de las prioridades, la salud es lo primero. También tendré que posponer la invitación que mi amiga Nancy me hizo para tomarnos un café con galletitas. Está empeñada en estrenar conmigo unas tasitas de colección de las que hacía algún tiempo estaba enamorada. Paso muy buenos ratos con ella, pero confieso que debo hacer un trabajo hercúleo para distraer sus machacados comentarios sobre las enfermedades que la aquejan. Prácticamente vienen engomados con el saludo.
No soy persona de muchos amigos. En un respirar y soltar el aliento podría enumerarlos de corrido, y además sobrarme resuello. No porque sufra de misantropía ni nada por el estilo; más bien, la gente es tan importante para mí, que quizás ese sea el verdadero motivo. Estoy convencida: la reciprocidad de afectos, puros y desinteresados tal cual se define la amistad, no va de la mano con la cantidad. Es un hecho, cuando alguien se arruina o pierde fama, la cifra más afectada no es la financiera, sino la de los amigos.
Sin embargo tengo otra lista de amigos. No se tocan con la mano; tampoco son de carne y hueso; pertenecen a todos los tiempos; son de diferentes latitudes; tienen diversas culturas; forman parte de historias entre reales y de ficción; los hay héroes, villanos; nobles, aldeanos; locos y hasta como algunos humanos: cuerdos. Se tocan con el pensamiento, con la mirada, con la imaginación; Iluminan cada página impresa de un libro. Y en cuanto aburrirse, es palabra muerta cuando la creatividad del autor los hace brillar en acciones y peripecias. Incluso, algunos pasajes logran ser tan impresionables, que se quedan para siempre gravados en nuestros corazones.
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DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG.
El grato sonido de este reloj, fue de las cosas que más atrajo mi atención: realzada además por la acústica de percusión que ex profeso conseguí cuando presuntuosa lo reacomodé uno de los salones de mi hogar. Figurativamente dirijo cada una de sus notas como un afiebrado director de orquesta. Otros he escuchado, cuya estridencia golpearon mis oídos.
Desde siempre, una extraña relación bordeando el abismo de la demencia me ata a este reloj. Un enigma del cual no he podido zafarme.
Todo comenzó cuando visité por primera vez la casa de mi suegra. Me llevé una gran sorpresa al notar su majestuosa presencia en un rinconcito de su pequeña sala: “No puede ser, usted tiene uno” —le dije emocionada— “Yo siempre he deseado tener un reloj de estos”. Ella, después de verificar el motivo del inusitado asombro, y dado a las copiosas preguntas indagatorias que siguieron a mi particular encantamiento, me refirió la historia.
Por ascendencia materna, el primer propietario fue su abuelo; adonde el mismo fue a parar por su conocida reputación de buen relojero. Según referencias transmitidas de viva voz, el dueño original fue sometido a un riguroso embargo que lo llevó a la ruina. El abuelo —y ésta es la parte vergonzosa de repetir— conocedor de la calidad y antigüedad del mismo, aprovechándose del infortunado caballero le ofreció una irrisoria suma de dinero por su obtención. La siguiente en poseer la no muy honestamente adquirida herencia, fue la mamá de mi suegra, quien a su muerte lo dejó entre un variado y deslucido mobiliario. La hija mayor, encargada por acuerdos familiares de la liquidación patrimonial lo quiso vender, pero mi suegra, movida por un impulso sentimental lo rescató de las ambiciones monetarias de su hermana y se lo llevó para su casa.
No era la primera vez que yo sufría esos extraños estados de idolatría por ese tipo de relojes. Otra fue en casa de una señora muy seria y espigada, mamá de una amiga mía. La señora, molesta por mi irrefrenable interrogatorio, donde llegué al colmo de preguntarle el precio, me atajó con un tono no muy delicado diciendo: “señorita por favor, ese reloj no está a la venta”.
En las sucesivas visitas a casa de mi suegra, mis insinuaciones sobre la futura posesión llegaron a proporciones extremas. Sin considerar que para ello debía acontecer la muerte de mi suegra, me proclamé a los cuatro vientos como su única heredera; lo cual por cierto, me hizo merecedora de un extravagante pelón de ojos por parte de quien para entonces era mi novio.
Con el correr del tiempo mi insistencia rindió los frutos esperados. Quizá mi suegra sabiamente quiso asegurarse una vida mas larga al tomar dicha decisión, pues, cuando me casé, me llevé la gratísima sorpresa de encontrar la ansiada y antigua reliquia apoyada en una pared de la sala. Desde entonces, erguido y con la altivez que reviste a un emperador, campanea en mi hogar su continuo y solemne vals.
Aun hoy valoro el noble gesto de desprendimiento por parte de mi suegra, pues razones me sobran para pensar cuanto le costó. Sentí como si le hubiese arrebatado su máquina del tiempo. Bastaba con observar como se le iluminaba el rostro de pura delectación cuando remitía su historia. Pero el cargo de conciencia me duró poco, porque la alegría fue mayor. Tan alta estima le tenía ella, que junto con el reloj, también llegó todo un rosario de recomendaciones. Igual que una madre entrega a su hijo al cuidado de otros por razones forzosas, ella quiso asegurarse del bienestar del suyo cuando nos dijo: “Cuídenlo mucho, miren que tiene muchos años conmigo y está como nuevo, además es de caoba pura”. Yo me pregunté si también los fabricaban de caoba impura.
Hasta el sol de hoy, como buena madre adoptiva que intuye el llanto de la otra, he seguido al pie de la letra sus recomendaciones. Ninguna otra persona ha manipulado la llave de su cuerda. En mi ausencia, no permito que nadie lo manipule. Incluso, en cuanto a los productos recomendados para su limpieza y pulimento, conservo las mismas marcas.
La pequeña catedral en la que cada cuarto de hora se convierte mi hogar, no siempre fue bien recibida. Más de una vez debí defenderla como una leona: “Como puedes soportar ese ruido tan seguido y estruendoso”, me dijo una vez una amiga; quien a mis alegatos se atrevió a preguntarme de dónde venía la parentela. Sólo el buen juicio y nuestra vieja amistad frenaron la cachetada. Otros roces he tenido. Mi esposo, fastidiado al observar con cuanta delicadeza y detenimiento le pasaba el paño para pulirlo, lo calificó de manoseo fetichista, afirmándome que lo acariciaba mejor que a él.
Por cierto, la reunión armada por la vecindad se ha tornado más frenética y numerosa. Los oigo muy cerca de mi ventana. Bueno, al menos son moderados con respecto al tono de su voz; más bien parece que cuchichean entre si.
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DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG.
Allí están nuevamente, recordándome que el tiempo de mi vagancia se agota. Mi inmovilidad se ha hecho tan perniciosa, que pareciera que un hormigueo de origen antropófago amenaza con devorarme. Supongo se me pasará apenas ponga un pie en el piso.
Profundizar sobre la utilidad de este instrumento, es otra de mis locuras. Me intriga pensar como ésta correlativa cadena de temporalidades rige con tanto acierto y austeridad el devenir humano; siendo muchos los que por repicarles muy duro la obligación en el oído, han salido con furia disparados por los aires de la mano del acosado..
Yo los comparo con una oficiosa bordadora, donde la vida de las personas es la materia prima; la madeja con cuyos hilos teje y estampa una variada trama de vivencias. Para unos son punto de cruz; para otros punto atrás; para los más afortunados, estrellas y brillantes soles. Así, entre otras figuras, también adorna el diario vivir con flores y flamantes corazones. Segundos, minutos y horas, pasan por la punta de sus finas manecillas para finalmente rematar con la gran obra llamada día.
No es por nada, pero el mío no es un reloj cualquiera; es especial. Y no porque yo sea pulpera y ese sea mi queso. Tomando en cuenta el tiempo que ha transcurrido desde aquella remota reparación que lo puso en mi camino, ha sido casi un siglo de peregrinar. Quizás, a eso se deba la secuencia de misterios que forman parte de sus cualidades.
Algunas veces, seducida por la oscilación cronométrica de su plateado y brillante péndulo donde se refleja mi imagen atormentada y alucinada, me he sentido atrapada y transportada a su interior. Encarcelada en esa pequeña capilla, tras el vitral biselado enmarcado en su puerta, una especie de sortilegio me ha hecho testimoniar un variado e insólito trajinar humano, robados quizá de vidas pasadas en sus momentos más cruciales. Como si por la simple razón de haber acompasado con su palpitante tic tac, uno tras otro, cada uno de sus de esos instantes que constituyeron su mundo, tuviera además el derecho de apropiarse de parte de ellos. De cada resquicio, de cada rincón, de cada ranura, de cada recóndita grieta; siento escaparse inquietantes voces, apasionados suspiros, quejidos, toses agónicas, risas, gritos, golpes de puertas, muebles rodados y hasta pisadas apresuradas. Y por sí fuera poco, también me he sentido acosada por espectrales y frías sombras que se atrevieron a rozar mi erizada piel. Liberada del influjo que me retuvo en ese pavoroso y diminuto poblado fantasmal, he relacionado otros hechos.
No ha sido por casualidad, que estando la familia reunida celebrando una buena noticia o acontecimiento importante, en el momento más cálido, él se hace partícipe del festejo. En unos decibeles no habituales, consigue atraer nuestra atención con los melodiosos encantos de su sonería.
Vivir este mundo de experiencias mágicas concibe cualquier idea por muy absurda y descabellada que parezca; como la del cantante aquel con apellido de felina doméstica, cuando pone en manos de un reloj, cual rémora, las riendas del tiempo, sin importarle que por caprichos de un amor paralizara a toda la humanidad.
Esto lo digo porque entre las pródigas rarezas de mi reloj, hay una que guarda mucha semejanza con esa astronómica solicitud. Puedo asegurar sin temor a equivocarme, que estando en situaciones difíciles me ha estirado y hasta reducido el tiempo, con tal de darle gusto a mis convenientes exigencias. Otra circunstancia que da fe a nuestro vínculo, y al poder que sobre mí ejerce, lo constituye el hecho de que a pesar de encontrarme en lugares lejanos he escuchado el eco de sus campanadas.

¡Que agradable aroma a rosas! Deben ser las rosas de mi vecina, es su pasión, le dedica horas enteras a su cuidado. Aunque, ¡que extraño!, también percibo el aroma de claveles y malabares, y que yo sepa de esas no tiene.
¡Caramba!, si no estuviera segura de que a estas horas, tanto mis hijos, como mi esposo deben encontrarse ya en sus trabajos, juraría que se sumaron a la reunioncita con matices de jolgorio. Algunas palabras sueltas como: “si ella hubiera…” “ella me dijo…”, “ella fue…”, me indican que el centro de la novedad es una mujer. ¡Pobre!, no quisiera estar en su pellejo. ¿Y esa voz? Se parece a la de mi amiga Nancy; ¿pero por qué tan ronca y compungida?
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DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG, DING DONG DING DONG. DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG DANG.
¿Pero qué sucede? ¿Qué hora es esa? ¿Por qué las siento repicar tan increiblemente cerca de mis oídos? ¡Tan cerca…como si mi alma… le perteneciera!
DANG DANG DANG…

Entre una nutrida concurrencia, alguien comentó:
—Marian, yo sé que no es el momento apropiado para hablar de estas cosas, pero quisiera que le recordaras a tu padre la petición que me hizo la señora Eloisa en cuanto a que me encargara de su reloj cuando ella no estuviera. Siempre he sentido un particular aprecio por ese reloj.

sábado, 3 de abril de 2010

SER DIFERENTE

Que mal me siento. Es como si se conjugaran el malestar físico con las ganas de pagarla con el mundo. Anoche apenas dormí unas horas. De paso este café tan dulce. No la pego con este asunto del café: o me lo da recalentado, o me lo da demasiado dulce. Siempre se lo digo cariñosamente: “Rosa, trata de montar el café cuando sientas que me levanto, es fácil mi vida” “Rosa, mi amor, con una cucharadita de azúcar basta”. Si esto continua así, voy a terminar convencida de que el café melado y recalentado es la más deliciosa de las bebidas. ¡Ah no! Pero esta vez no se la paso. Aprovecharé este impulso venenoso que llevo por dentro y se lo reclamaré a gritos, a ver si por las malas por fin aprende. Hoy siento una incontenible necesidad de ser diferente. Basta de ser siempre la mujer amable, educada, correcta y respetuosa que siempre soy. Me avergüenza decirlo, pero es mi secreto. Existe en mi una malignidad que me rasguña con su uña velluda y puntiaguda. Una especie de simpatía o fascinación oculta por aquellas personas que sin el menor escrúpulo, son capaces de destrozarle no digo el día sino hasta la vida misma a las personas. Quiero experimentar en carne propia lo que se siente trasgredir los patrones de buena conducta.

Me encuentro fuera de mi apartamento y veo con regocijo a la persona que igual a una píldora, dará inició a mi experimento.
—Hola Laurita, ¿Cómo te va?
—Estupendo, estupendo, y a ti.
—Bien, bien.
Indiscreta, como entre otras cosas me propuse ser, y en conocimiento, pues ya me habían comentado que se había sometido a un tratamiento estético para aumentar el grosor de sus labios,le digo examinándola muy cerca:
-¡Ay amiga pobrecita! ¿Qué te sucedió en los labios, te picó una avispa?
Ningún dilatador oftálmico hubiera logrado tan excelente. Tan mala sangre me hice que sin mirarme torció hacia las escaleras. Está demás decir lo divino que me sentí.
Ahora también salen a tomar el ascensor la pareja de jóvenes recién mudados al edificio. Se ven muy risueños, como si la vida fuera para ellos puro encanto y primor. Pienso rápidamente en algo que me sirva para desvanecerles la sonrisa y se me ocurre que puede ser ella. Extraigo una tarjeta de mi bolso y mientras la observo con cara de quien ve en la calle a un perro agusanado, se la doy para después decirle:
—Doy buenos precios, vas a necesitar una buena limpieza dental.
La llegada del ascensor a la planta baja me impide recomendarle cepillarse más a menudo los dientes. Más adelante debí agacharme varias veces para recoger los pedazos esparcidos de lo que fue mi tarjeta de presentación. Ente otras cosas chocantes también dejé con el saludo en la boca al conserje y a una vecina que regresaba muy satisfecha de su caminata matutina.
Acomodada en mi vehículo con destino a mi consultorio fue cuando más crecida sentí mi prepotencia. La usual y benigna relación conductora-vehículo, se volvió de repente en una amenazante relación dedo-gatillo. A riesgo de mi vida y la de otros inocentes conductores, pasé por alto en varias oportunidades la luz roja, sobrepase de manera incorrecta a unos cuantos, toqué sin pausa la corneta y simultáneamente saqué el brazo por encima del vehículo para hondear la clásica y obscena señal de costumbre. Esa donde el dedo medio apunta como un misil hacia el cielo. En fin, no menos de media docena de ese remedado armamento machista dejé regados por la autopista. Confieso que corrí con suerte, porque por poco se pone en mi unos de esos locos que por quítame esta paja sacan a relucir un arma de verdad verdad.
Pese al susto, en el consultorio aún persistían mis deseos de fastidiar a la humanidad. En la sala de espera ubico a mi siguiente victima. Es una paciente con quien tengo diferencias respecto a la política. Por ética profesional siempre me he mordido la lengua ante sus fuertes ataques. En este trabajo es muy importante que el paciente se encuentre tranquilo y relajado. ¡Ah pero esta vez…! Como siempre, apenas me dispuse a trabajar encendí el radio, sólo que con una diferencia, en esta oportunidad no sonarían las sublimes notas de música clásica con las cuales acostumbro amenizar el ambiente, sino una de esas emisoras que se distinguen por una exacerbada y radical posición política (por supuesto contraria a la suya).
Con la boca taponada con algodones y separadores más de lo conveniente, me fajé sin darle respiro a trabajar en su muela. En plena labor y con los ojos desorbitados, me ruega con señas que lo apague, pedido que por cierto entiendo a mi manera.

¿Pero ahora qué sucede? ¿Qué la pasa a esta señora? “Señora, señora, despierte por favor” le digo aterrorizada al notar que se ha desmayado, o peor aún, no respira. En vano la cacheteo varias veces para hacerla reaccionar. “Despierte, despierte, señora…” Fue entonces cuando reconocí la voz de Rosa.
—Señora, usted como que se quedó dormida sobre la mesa. Va a llegar tarde al trabajo. Mire pues, hasta el café se le enfrió; espere un momento que ahorita mismo se lo recaliento.
—Si, si, claro Rosa, gracias. Tan bella ella.

lunes, 22 de febrero de 2010

EL ESPANTO

Era común que Aurora comentara a diario con su amiga Alida, su mayor preocupación: las andanzas de su nieto.
—Si yo pudiera hacer algo por ese muchacho. Para mí, que anda en algo malo. Últimamente lo veo muy extraño. Lo noto en su voz, en su mirada esquiva. Esas reuniones todas las noches me dan mala espina. Si yo pudiera hacer algo para alejarlo de esas malas juntas… si yo pudiera… volvía a repetirse apesadumbradamente.
De pronto la mirada de Alida se iluminó de un fulgor y una profundidad casi científica. Como si de repente en su mente floreciera un nuevo conocimiento sobre las cuestiones del cosmos. Luego, tomándole fuertemente las manos a Aurora, le dijo con la voz ensanchada por la emoción:
—¿Y si a esos muchachos se les apareciera un fantasma, un espanto?
—Pero que decepción con usted Alida, en pleno siglo veintiuno y usted creyendo en aparecidos.
—Pero no Aurora, como se le ocurre. No me malinterprete, yo no me refiero a esos que salían antes, cuando en los pueblos no había luz eléctrica, no que va, yo me refiero a uno de carne y hueso. Mire, ahí donde usted los ve tan guapos y envalentonados, a la hora de la chiquita no son más que unos miedosos. Ya usted verá. Confié en mí.
Pese a encontrarse solas, ésta le murmuró a Aurora con lujo de detalles el atrevido e ingenioso plan.

Esa noche como siempre, el grupo de jóvenes se reunía en una esquina del vecindario. Animados por el efecto del alucinante humo y la camaradería extrema, hacían la bulla pareja. Mientras, no muy lejos de ahí, Aurora estacionaba su vehículo.
Entre comadrear y reír, por fin Alida decidió bajarse del vehiculo y caminar en dirección al grupo hasta ubicarse en un punto estratégico, desde donde comprobó que podía ser vista por ellos pero sin arriesgarse mucho. Una vez allí, se cubrió de la cabeza a los pies con una vaporosa túnica confeccionada maliciosamente en tul blanco, semejante a un velo nupcial pero de proporciones dantescas.
Para darle más realismo al dudoso personaje asumido desde un principio por cuenta propia, Alida se valió de algunos trucos. Rítmicamente abría y cerraba los brazos, simulando un vuelo espectral. A su vez, camuflada entre los pliegues de la amplia prenda, la luz de una linterna realzaba su autenticidad. Un efecto que aunado a la penumbra reinante, superaba las expectativas. En fin, vista de lejos por una persona sensible a los misterios del más allá, muy bien podía pasar como un ente cuya residencia fija no podía ser otra sino el otro mundo.
Casi de inmediato, en el esplendor de su acto, se escucharon las primeras voces que la señalaban a gritos.
—¡Miren, Miren.
—¡Oye si, ¿Qué vaina tan rara será esa?
—¡Yo no sé ustedes, pero lo que soy yo me pinto.
—¡Bacié! Yo también me voy.
De pronto, justamente el nieto de Aurora, cuyo arrojo nada tenía que ver con miedos sobrenaturales, se desprendió del grupo con la firme intención de averiguar más sobre el extraño asunto.
Advertida del peligro que amenazaba con ponerla al descubierto, Alida puso a valer sus piernas, pero una estrepitosa caída resultado del enredo de sus pies con el largo de la túnica, hizo prosperar la investigación de su perseguidor.
Entretanto, pendiente de todo cuanto acontecía, Aurora la esperaba como el que espera a su compinche después de cometer un asalto: con el motor encendido y la puerta abierta.
Ya en el carro, jadeante y con el corazón pronto a estallar, Alida forzó las últimas palabras para decir:
—Arranque Aurora, que los muchachos no se la comieron.

En la funeraria, Aurora lloraba con amargura la partida de su entrañable amiga, cuando su nieto muy compungido o con cara de quien la debe, le dijo en medio de un fuerte abrazo:
—Abuela, quería decirte que anoche lo estuve pensando bastante y decidí que a partir de hoy, voy a cortar mi amistad con los panas.
La pena de Aurora vibró nuevamente en el humedecido pañuelo.

EL CHIVO ROBADO

Pareciera que las cosas robadas arrastraran consigo la maldición del dueño; vociferada, quizá, al notar con amargura la falta del mismo. Ésta, por lo bajito, y conocida la naturaleza de lo sustraído pudo haber sido: ”Ojalá te caiga mal”. O peor aún: “Desgraciado, ojalá te mueras”.
El chivo en cuestión, como muchos chivos, andaba a sus anchas suelto por un peladero. El dueño, por demás confiado, lo perdía de vista. Minutos antes, en la camioneta adonde fue a parar el inquieto montés, amarrado y sin dejar de berrear como un condenado, se había suscitado el siguiente dialogo: “¡Mira!, que bonito el chivito” El otro, saboreándolo, como si ya lo tuviera en su boca le contestó: “¡Oye si!, está buenazo para este fin de semana”. Incitado por lo que oyó, nuevamente el primero le dijo: “¿Te atreves?” Sin quitarle los ojos de encima al chivo, el compañero remató: “Que si me atrevo, eso ni se pregunta hermano”. Más allá, una buena paga sirvió para contratar los servicios del matarife, quien les entregó el bichito como comprado en la carnicería.
En la carretera surgió la primera señal agorera. Como salido de la nada un zamuro vino a estrellarse en el parabrisas, dejándolo impenetrable al ojo humano. Sólo la destreza del conductor pudo evitar un accidente fatal. Lo siguiente fue manejar con la cabeza fuera de la ventanilla, hasta que una alcabala frenó la hazaña suicida. Entre esperar una grúa y en consecuencia resolver lo referente a la reposición del vidrio, se fue buena parte del día.
Ya en casa, la primera instrucción fue mandarlo a guardar inmediatamente en el refrigerador. No se sabe si por olvido, o por gusto a la desobediencia, pero la cuestión fue que quien tenía a su cargo llevar a cabo la correspondiente indicación, no la acató con la debida diligencia.

El fin de semana, tal como estaba previsto, el chivo fue preparado según una receta tradicional coriana.
En plena consumición, los invitados al banquete se atrevieron a cuestionar las bondades de su carne. Y entre las cosas que se oyeron decir, estuvieron: “No sé, pero a mi esta carne me sabe rara” “La verdad, a mi tampoco me convence mucho”, “A mi ni me pregunten, primera vez en mi vida que como chivo y, por lo visto no estará entre mis platos favoritos” ¡Ay Dios! y como si la maldición no hubiera rendido sus verdaderos frutos, el anfitrión dijo: “Amigos, déjense de zoquetadas, la carne de chivo es así, tiene este sabor característico, y para demostrárselos, me voy a terminar de comer todo lo queda en la bandeja”.