viernes, 12 de noviembre de 2010

LA RENUNCIA ESCURRIDIZA

—Que alivio, mañana renuncio.
La frase se le escapaba de manera involuntaria a Abraham Meléndez; quizás empujada por el incontenible alborozo que la misma le producía.
—¿Que dijiste, mi amor, no entiendo? —Rezongó Magali, su esposa, quien al no obtener respuesta la incorporó al menú de rarezas que ese día había notado en su marido.
Abraham agradeció a la suerte que su esposa no gozara de un oído fino, pues de haber entendido la indiscreta revelación, habría cambiado para ambos la relajante función nocturna. Procurando en adelante ser mejor guardián de su lengua suelta, le dio una vuelta a la almohada y después de palmearla unas cuantas veces, la deslizó por entre la curvatura de su cuello. Recurrentes artificios que usaba generalmente sin que le aportaran ninguna ganancia o calidad a su sueño, pero que lo entretenían.
Sin embargo esa noche fue diferente, porque bastaron unos minutos para dispersar los últimos residuos de una recurrente vigilia. Un ronquido sibilante inauguró el despegue onírico. Al lado, su compañera, a pesar de haberle importunado el suyo, lo recibió con beneplácito. Sabía que esa ruidosa manera de expresar su paz, también se llevaba consigo las sucesivas y molestas pataditas parientes de sus desvelos.
Antes de esto, Abraham había consumido unas cuantas horas frente al computador, el motivo: la redacción de la renuncia a su trabajo. En una especie de purga, produjo un número de páginas tan abusado, que más parecía la carta de un novio resentido que la sencillez requerida para este tipo de misivas. Pero no le importaba, porque sólo así, se aseguraba la absoluta y resoluta separación con la empresa. Ninguno de los allí nombrados, después de leer tan aseverados y deshonrosos señalamientos, tendría el buen humor como para pedirle la reconsideración; y precisamente en la escala de mando no dejó afuera ni al más encumbrado.
Introducirla en el sobre requirió de cierta pericia, pues su extravagante volumen lo dificultaba. Con la ayuda de una regla presionó los bordes y fue entonces cuando pensó que se le había ido la mano.
Mientras estuvo en esos quehaceres, debió enfrentar el asedio manifestado por Magali. A ella le extrañaba bastante verlo pasar tantas horas en un área que era de uso exclusivo de Juan, el hijo de ambos. Hecha la bartola y en busca de pesquisas, se dejó caer varias veces por ahí.
Abraham, para despistar el acoso investigador perfeccionó algunas técnicas. Apenas escuchaba sus pasos, hábil y expedito con el mouse, cerraba la imagen comprometedora y abría un laborioso juego de cartas. Para darle más credibilidad a su teatro, ponía cara de jugador empedernido. Pero en una de esas tantas incursiones, Magali no pudo contenerse y le preguntó:
—¡Qué haces?
—¿No estás viendo mujer?, jugando cartas —Le dijo Abrahán con un tono molesto.
—No me digas que ahora te va a dar por eso.
—¡Pero bueno chica! ¿Qué tiene?, estate quieta, no seas tan envidiosa. Estos juegos son recomendables para aliviar las tensiones.
—¡Siii! Bueno, aprovecha que no está Juancito, porque cuando llegue, se te acaba la sesión terapéutica.
Convencida por la sobresaliente representación de Abraham de que sólo se trataba de un inofensivo pasatiempo, resolvió dejarlo en paz y no seguir husmeando.
Abraham consideraba inconveniente por ahora, participarle la arriesgada decisión, pues no quería que le pesara la confidencia. Aún tenía muy presente la reciente conversación que tuvo con ella cuando de una manera vaga le asomó el asunto y ésta muy alterada y sorprendida lo atajo, diciendo: “¿Qué dijiste? ¿Tú como que perdiste el juicio? Con lo difícil que están los empleos hoy en día y tú botando uno tan bueno por la ventana. ¡No chico qué va!, mejor déjale esos brincos a los chivos”
Oírla repetir tales expresiones era arriesgarse a que se le arrugara una decisión tan sólida, que usada como armamento bélico en la era secundaria, hubiera podido derribar a todo un parque jurásico.

El nuevo día le abrió las puertas algo tarde. Aunque Abraham vibraba en ánimo y vitalidad, la premura no formaba parte de ese festín de endorfinas. Mientras bostezaba frente al espejo, el cual calcaba cada línea de sus treinta y nueve años, como si se cayera a mimos se palpó repetidas veces la barba que llevaba estilo candado. Siendo de un carácter tan meticuloso, este estilo le daba un particular goce. La tarea de afeitarse era todo un ritual con la medida y la simetría. Sin embargo, ese día, después de mucho estirar y torcer el cuello de izquierda a derecha para chequear el crecimiento piloso, desestimó todo trato con la maquina afeitadora.
La despedida con Magali estuvo fuera de serie. El travieso modo de besarla, así como el asfixiante y desmedido abrazo, la hizo sentirse como un monigote; Intuía que ella no formaba parte de esa alegría en la cual más bien le parecía que había gato encerrado. Por los momentos, no le quedó otro recurso que librarse del apabullante remezón, diciéndole:
—¡Abraham, chico, ten cuidado que me raspas con tu barba.
Durante el recorrido que se suponía lo llevaría al último día de trabajo, de cuando en cuando descuidaba la atención del manejo para recrear la vista en el portafolio dejado en el asiento de la derecha. Y aunque en su interior no guardara ninguna joya medida en quilates, ante sus aojos relucía como un cofre palaciego. Para él tenia un valor más estimable: tenía un valor estrictamente humano.

Una vez estacionado su automóvil, aconteció un hecho que en otras circunstancias hubiera podido calificarse de trivial o insignificante. No obstante, dado al estado de permeabilidad emocional en el que se encontraba, le permitió exprimirse un poco el empapamiento.
En actitud velante, un perro jadeaba su hambruna frente a la clientela de un vendedor de perros calientes. La rápida desaparición del largurucho alimento en boca de quienes en forma atorada lo consumían, requería que el animal moviera la cabeza repetidamente de cliente en cliente. De repente, un empalagoso baño producto de los restos de una colita, mecanismo usado con frecuencia por el dueño para espantar los asiduos tocayos de su negocio, lo alejó del lugar.
Abraham, al ver la escena, en vez de seguir de largo se detuvo en el lugar. Sacando de la billetera el pago, requirió una docena con doble ración de salchichas. El vendedor al suponer que el cuantioso pedido no sería consumido de inmediato, por demás le preguntó:
—¿Para llevar?
—No, para comer aquí.
Más pendiente de atender la cuantiosa venta que de los pecados capitales relacionados con la gula, el vendedor no le dio importancia a la extravagante respuesta.
Cuando sobre el pequeño mostrador la hilera del alimento completaba la cifra solicitada, Abraham los juntó bastamente con las manos y buscó al flacuchento callejero que a unos metros aguardaba con paciencia se olvidaran de él, para regresar y seguir comiendo a fuerza de la imaginación.
Después de acariciarlo varias veces, Abraham se los fue ofreciendo pacientemente uno a uno. Los observadores limitaron su sorpresa conviniendo entre si con las miradas estar en presencia de un loco. Incluso algunos sin el menor recato lo indicaron con la típica señal giratoria alrededor de la sien. La excepción fue un borrachín, quien reprochándose el mundo de ignorancia y desinformación en el cual vivía, atribuyó la bizarra acción a que seguramente se celebraba el día internacional del perro.
Ya en la empresa, antes de entrar a su oficina prefirió desembarazarse lo antes posible de su encomienda. Pero al abrir la puerta de la gerencia respectiva sufrió una breve decepción, pues, su inmediato superior no estaba presente. No obstante, pensó que muy bien podría ahorrarse ser testigo de los sucesivos y degradantes colores que sin lugar a dudas conmocionarían el rostro del jefe. Sin perder el aplomo, despejó de otros papeles el escritorio y centró con mirada milimétrica el sobre en el mismo; luego salió rumbo a su oficina con la firme intención de recoger sus pertenencias. Las ínfulas le duraron poco, porque en el trayecto alguien lo detuvo para darle una noticia que lo desconcertó.
—¿Ya te enteraste?
—¡ No! ¿De qué?
—¡No lo sabes!
—¡No! ¿Qué sucede?
—Despidieron al Dr. Cadenas.
Sin esperar la extensión del chisme, dio un paso en redondo y regresó a la oficina de donde minutos había salido. Una vez allí, tomó el sobre y salió sin guardarlo. Pese a encontrarse algo defraudado, se dio ánimos al pensar que el inconveniente era fácil de solventar: bastaría con cambiar el nombre del destinatario. De repente, alguien le apretó el hombro mientras le decía:
—¡Meléndez! que bueno encontrarlo, vengase conmigo, tenemos que hablar.
Abraham justo hablaba con el que pensó sería el futuro destinatario de su renuncia, el encargado de la vicepresidencia técnica. Al unísono de sus pasos llegó a la oficina de éste.

Hacía algún tiempo la idea de renunciar estaba presente en la mente de Abraham; sólo que de una materia inerte. Igual a esas cosas guardadas per se en una gaveta y cuyo único placer y gusto consiste en saber que existen. Un día, mientras se recreaba en la literatura, se topó con un pensamiento del filosofo J. J. Rousseau: “El ser humano nace como noble salvaje y es corrompido por la civilización”. De inmediato se sintió señalado por el dedo acusador del filosofo, que como un rayo lo sacudió en lo más intimo de su ser, removiendo sentimientos insospechados. Después, además de prometerse no seguir formando parte de ese grupo de indignos civilizados, la oportuna ración filosófica también sirvió para que como una levadura, su renuncia desbordara los cautivos cajones de su conciencia.

Abraham se desempeñaba como jefe de un departamento de indemnizaciones en una empresa de seguros, y a pesar de discrepar con la particular política de la empresa, cumplía fielmente con ella. Pensaba que los principios elementales que dieron luz y origen a la razón social de estas empresas, eran interpretadas de forma caprichosa y muy subjetiva por parte de sus altos ejecutivos. Proceder que por cierto de acuerdo a sus relaciones con el medio, no era el común denominador. No obstante, la fidelidad y la lealtad significaban condiciones fundamentales de todo buen empleado. En el diario cumplimiento de sus funciones, y en beneficio de la empresa, analizaba e interpretaba con el ojo de una lupa, cada letrita estampada en las cláusulas de sus pólizas. Se sumaba a la anterior inquietud, el tener que entenderse con un jefe cuya incapacidad debía asistir continuamente.
El vicepresidente, después de invitarlo a tomar asiento, esbozando una sonrisa meliflua, como la de quién se propone ofertar a un títere, le dijo:
—Como se habrá enterado, nos hemos visto en la obligación de prescindir del Doctor Cadenas. Usted mejor que nadie, conoce las razones. Ahora bien, siendo usted la persona más idónea para sustituirlo, me complace participarle que a partir de hoy queda nombrado para asumir el cargo.
Mientras escuchaba las primeras palabras, Abraham aún maquinaba en pos de la renuncia. Sin preocuparse por atender al jefe, apoyó la renuncia en la tapa del maletín e hizo lo mejor que pudo las debida corrección. El vicepresidente, entre adulancias y alabanzas, continuó diciendo:
—Para nadie es un secreto que las gratificantes cifras con las cuales cerramos el año en esa área, es obra suya —algo Inquieto al verificar que Abraham no le prestaba la debida atención—. ¡Fíjese!; la prueba está a la vista, es sorprendente como ni siquiera en un momento tan importante como este, usted deja de trabajar.
De inmediato paso a informarle sobre el nuevo sueldo, el cual por cierto doblaba al actual. Bonos extras, premios y demás beneficios robustecieron con su tintineo metálico la oferta. Cuando se produjo el fuerte apretón de manos que puso fin a la conversación, el sobre con la renuncia reposaba en la oscura horizontalidad del maletín. Más tarde, no pasaba de ser despreciables rectangulitos en el fondo de una papelera. Tal cual lo había previsto, Abraham pasó por su oficina a recoger sus pertenencias, pero para trasladarlas a una más elegante y mejor acondicionada.
Ya en casa, Magali al enterarse de la buena nueva, repentinamente olvidó los extraños presentimientos que durante todo el día la embargaron. Devolviéndole el caluroso abrazo que le mezquinó por la mañana, le dijo:
—Lo sabia, lo sabía mi amor, yo sabia que algo bueno te traías entre manos.
También Juancito, quien algo retirado miraba las retozonas expresiones conyugales se acercó, y tras llevar del brazo a su padre hasta la computadora, abrió una caja llena de videos que guardaba con recelo. Guiñándole un ojo con encubridora complicidad le dijo:
—Papá, cuando quieras, están a tu disposición.
—No hijo, te lo agradezco mucho, pero yo no pierdo el tiempo en esas tonterías.
Juan no pudo evitar pensar que posiblemente su madre sufría de cierto trastorno imaginativo, cuando lo alertó sobre la nueva manera de entretenerse su padre.

Propiciada por la triste mirada de un cliente, que la memoria le devolvía nítida y repetidamente, y donde se traducía la desolación que le causaba haber perdido su negocio a consecuencia de un incendio, Abraham volvió a plantearse la renuncia; tan olvidada, que en torno a ella ya se había instalado todo un telar arácnido.
El cliente, olvidándose de los orgullosos modos que ensoberbecen al hombre cuando con sobradas razones exige sus derechos, prefirió adoptar una posición sumisa y suplicante, cuando le dijo: “Ayúdeme amigo, esa póliza es lo único que tengo”. Confiado en sus conocimientos profesionales, Abraham le prometió ayudarlo. Para Abraham cabía la posibilidad de un entendimiento beneficioso para el asegurado, pero al plantearlo en comité, fue rechazado. Luego, como otras veces le había tocado hacerlo, amparándose en una cara dura le participó al infortunado comerciante la negativa de la empresa. Posteriormente se enteró de su suicidio.
Esta vez la renuncia no pasaba del modelo tradicional: cuatro líneas. Salió como un bólido e irrumpió en forma desaforada en la oficina de su superior. Pero como en ese momento el vicepresidente hablaba por teléfono, debió sentarse y esperar. Casualmente, el celular de Abraham también repicó:
—¡Si! ¿Dime Magali?
—Abraham, estoy saliendo de la clínica con el resultado.
Abraham había olvidado la conversación sostenida con Magali, referente a cierto atraso que la tenía bastante nerviosa. Le había comentado que ese día saldría de dudas.
—¿Qué resultado?
—¿Cómo que qué resultado?, que estoy embarazada, chico.
—Abraham permaneció mudo por instantes, por lo que Magali debió preguntarle:
—¿Me escuchaste?
—Si, si, te escuche.
—¿Entonces? no dices nada, ¿Te comieron la lengua los ratones?
—En la casa hablamos Magali, ahorita me encuentro muy ocupado.
Abraham quiso agregar algo más para dispensar la frialdad con la cual había recibido la noticia, pero al otro lado la comunicación fue cortada intempestivamente. Magali, desconcertada por la inesperada reacción de su marido, pulsó el botón de apagado con tal furia que casi lo desfonda.
En el anonadamiento Abraham permitió que el jefe le sacara ventaja.
—Meléndez, que casualidad! voy a pensar que realmente existe la telepatía, porque justamente estaba pensando en ti. Necesito ausentarme por unos días y debo ponerte al tanto de algunos asuntos importantes que sólo tú sabrías atender.
Abraham pidió la palabra, pero sin contundencia. El jefe sin percatarse de ello se aferró en los detalles de su ausencia. Mientras, a Abraham la novedad familiar en palabras de Magali empezó a darle vueltas en la cabeza. Simultáneamente la renuncia empezó a girar en su puño hasta quedar reducida a una compacta y estéril bolita de papel. Antes de irse:
—¡Por cierto Meléndez!, tuve la impresión de que me traía algo.
—¡Ah no nada!. Solo que venía distraído y me equivoqué de oficina.
Cuando abandonó la oficina, cerró los ojos y para sacudirse los recuerdos que lo atormentaban, se dijo:
: —Al diablo contigo viejo, yo no tengo la culpa de que te hayas volado los sesos.


—Bueno Abraham, Ojalá tengas razón y cuando regrese del viaje te encuentre renovado.
Magali se despedía de Abraham. Habían decidido que ella tomaría unas vacaciones para darle la oportunidad de liberar las tensiones que lo agobiaban.
En una etapa donde la superstición jugaba un papel importante, Abraham pensó que el ambiente de la empresa ejercía una mala influencia sobre él, y que seguramente fuera del perímetro laboral, las cosas serían diferentes.
Era sábado y estaba a la espera de una invitación muy especial. En una esquina de una mesa del salón, sobresalía el sobre con su renuncia.
Mas allá de las relaciones laborales, Abraham y el vicepresidente habían entablado una buena amistad, por lo que éste aceptó de buen agrado compartir ese día con él.
La reunión se desarrollaba viento en popa en cuanto a cordialidad y buen humor; animada además por repetidos escoceses. Candentes y variados temas afines a los dos, multiplicaron la afectividad del intercambio; incluso el invitado lamentó que sus respectivas familias no formaran parte de tan agradable reunión. De repente, Abraham decidió acabar con la farsa, y como si no fuera la misma persona con quien segundos antes estuviese compartiendo cordialmente, le entregó el sobre con mucha seriedad.
—¿Qué es esto Abraham?
—Mi renuncia.
—¿Tu qué?
—Mi renuncia. —le repitió Abraham con firmeza.
—¿Explícate? por favor
Abraham se destapó en una retahíla descalificaciones y acusaciones que daban mucho que pensar de parte de quien las recibiera. Casos ejemplares, donde creyó que su buen criterio profesional había sido manipulado, también salieron a relucir con lujo de detalles.
Al suponer que todo era asunto de palos, después de guardarla en el bolsillo interior de su chaqueta, éste le hizo saber:
—Estoy seguro que mañana cuando recobres el juicio te arrepentirás: pero te advierto, para entonces será demasiado tarde.
—No te quepa la menor duda que tanto ahora como cuando la redacté, he estado en el buen uso de mis facultades.
Como era de esperarse en la despedida la cortesía y las buenas maneras que adornan el trato social, brillaron por su ausencia. Sin embargo, Abraham al observar que éste se tambaleaba caminando, para preservarle la vida se atrevió aconsejarle:
—Si dejaste el vehículo en el estacionamiento de enfrente, te recomiendo cruces la avenida con mucho cuidado, ese cruce es muy peligroso.
Una vez solo, y sintiéndose vencedor de los pronósticos del filósofo, Abraham se disponía a consumir a manera de brindis el resto del whisky cuando el ruido de un frenazo seguido de un golpe seco, lo contuvo.

Cuando llegó al lugar, algunas personas rodeaban el cadáver. Ante la evidente relación que demostró tener con el arrollado, alguien se le acercó y le dijo:
—Tenga, creo que la llevaba entre sus manos cuando lo atropellaron.
Abraham, con la mirada fija y estupefacta al observar las múltiples manchitas rojas que pintaban su renuncia, la sintió igualmente moribunda.
Al día siguiente con otra perspectiva de ascenso en puerta, un pensamiento diferente justificó su definitiva permanencia en la empresa. Una manera de pensar que lo excusaba ante el eco de su primitiva esencia, y lo acomodaba en su condición de hombre vulgar y corriente. Al punto de satirizar la filosofía, cuando afirmó: “La filosofía tiene su semejanza con el diablo, que lo que sabe, lo sabe por vieja”

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