Apenas lo desmoldaba. Era un corazón grandote. La altura del levado le aseguraba una excelente esponjosidad. También, por la uniformidad del color no ponía en duda el buen punto de cocción. Jeannette palpó ansiosa los bordes de su surcada redondez.
El siguiente paso sería decorarlo. Todo estaba perfectamente distribuido en la mesa: tiernas fresas, delicada crema, chocolate de excelente calidad, y los respectivos utensilios. Un relleno de almendras exaltaría su exquisitez. Sin embargo, el principal ingrediente, no estaba allí, estaba en su mente, sopesaba sobre todos los demás. Contenía el principio y el fin de todo cuanto le acontecía. El pastel tan sólo sería un medio de expresión. Lo había creado con ese fin. Como si fuera la réplica de su pletórico latir, contendría el grito fogoso de sus sentimientos. Iba a poner en manos de esos dulces componentes, una encomienda de altura, una misión que podría darle un giro a su atormentado mundo actual. Nuevamente acarició la textura, como quien agradece de antemano un favor.
El día anterior Jeannette era pura derrota y abandono, cuando de pronto, el recuerdo de una fecha aniversaria, levantó de forma repentina la insostenible caída de sus hombros. “¡Por Dios, como pude olvidarlo!, si fue hace justamente un año cuando nos conocimos”
Esa mañana llena de energía, puso manos a la obra para sacarle provecho a tan gratificante recuerdo. Era muy buena en el arte de la repostería. Varios cursos habían perfeccionado esa afición culinaria. Los mayores elogios de sus creaciones provenían de él, cuando con extravagantes sonidos gustativos y una retahíla de besos, daba fe a la calidad de los mismos. Aunque después, ella se daba golpes de pecho por favorecer su glotonería.
Avanzada la tarde le daba los últimos retoques. Ribeteando el pastel como un vaporoso encaje blanco, escribió la frase alusiva a la fecha aniversaria. En el centro,en perfecta letra cursiva, escribió las dos palabras más significativas. Su todo. No pudo evitar ponerse cursi, y dos pequeñas estrellas, cual comillas, las enmarcaron como en un cielo. En su mundo, titilaban con la fuerza de la altura sideral. A un lado, estrechamente por lo improvisado de la idea, agregó el melindroso apodo que identificaba al destinatario.
Luego, en correcta etiqueta, dispuso el servicio para los dos comensales. Sería una cena ligera. Dos espigadas velas aguardaban en sus candelabros el encendido de la flama. Montado sobre una alta y reluciente base de plata, el achocolatado pastel, semejaba la apetitosa manzana del Edén, que tentaría la adormecida pasión de su equivalente Adán.
En la calidez de ese pequeño jardín paradisíaco, Jeannette ya percibía el éxito de sus propósitos. Promesas, acuerdos, perdones, caricias y besos, danzaban ondeando los banderines de la reconciliación.
Frente al tocador, en cada esmerado detalle empleado para embellecerse, Jeannette sentía la cariñosa aprobación del amante. “Vendrá, me lo prometió, esta vez, no podrá resistirse a mis encantos. Esa perturbación que lo aleja de mi, será a partir de hoy, parte de un pasado” A tal grado se le hinchaba el ego con el mágico arte de seducir, que la misma Afrodita hubiera podido envidiarla; relegándose además a la categoría de simple aprendiz. Y en cuanto a artificios, Penélope hubiera encontrado mejor contendiente en ella que en la misma Circe. Por último, se untó perfume en el cuello, en los brazos y en la estrecha unión de sus senos, expuestos a la amplitud de un atractivo escote.
Cuando Jeannette se tomó la ultima copa de vino, hacía rato que los vistosos colores de su exuberante maquillaje con matices de vampiresa, rodaban como un pegote por sus mejillas. De aquel caudaloso entusiasmo, cuya fuerza hubiera podido atravesar bosques, empinadas montañas y abrirse como ancha catarata, sólo quedaba un exiguo chorrito, saliendo de la pila de un remontado rancho.
En medio de la tosquedad de su embriaguez, Jeannette resolvió cortar un trozo de pastel usando el tradicional corte triangular, lo cual hizo justo en el surco del corazón. En el plato, por analogía, el pedazo parecía un corazón tan encogido como el de ella. Sin más consideraciones,como quién teclea con furia un piano, le metió los dedos al pastel; pero prendida aún por aquellas palabras, se contuvo. Rendida por la soledad y la desesperanza se dejó caer entre sus brazos, y entre penosos suspiros, se quedó dormida.
Algo corrida, agonizando en un nido de boronas, aún podía leerse la idilica frase, precedida además por el nombre de uno de esos tantos, que día a día la traicionan: Cuchi *Te amo*
viernes, 10 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario