
La conoció una hermosa mañana en el Parque del Este; cuando con su traje verde de doble falda, se confundía entre la tupida vegetación. Fue un amor a primera vista. Se dejó seducir por ese engañoso perfil de santa y sus aires de reina profética. Nada más verla, supo que perdería la cabeza por ella. Apenas un abrazo, y sería presa fácil de sus extravagantes antojos. Impactado quiso retroceder, pero un porfiado miedo ancestral lo paralizó. Oponerse, era ir contra la corriente de un destino, que amenazaba desde el mismo día de su nacimiento. Por instinto le siguió el juego amoroso. Aguardaría paciente el riguroso asalto nupcial, aunque sabía, en cuestión de segundos, lo aniquilaría.
Ahora, sólo se escucha el chasquido crocante proveniente de la voraz posesión. A grandes mordiscos, ella sacia una hambruna ovárica que desorbita sus ojos. Sumiso, y mientras sucumbe en la fragosidad de ese engullido abrazo, él le sigue entregando su amor. Consumada la cruenta unión, con la cual se aseguraba una próspera fertilidad, ella bate sus alas y alza el vuelo en busca de la rama donde depositaría el fruto que perpetuará la especie. Una vez más, la mantis religiosa cumple con un ciclo natural.
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