lunes, 31 de agosto de 2009

UNA FILIACION INUSUAL

Escoger entre la ruma de piezas de vestir que se midió, fue una tarea ardua para esta chica. Le gustaban todas. Mientras estuvo frente al espejo entre risas y grititos atiplados exhibió un número de poses de tal índole, que más bien parecía encontrarse en una sesión de fotos para un almanaque caliente.
Se disponía abandonar el probador, cuando de pronto le llamó la atención una hoja de papel cuidadosamente doblada tirada en el piso. Al desplegarlo, observó que se trataba de una carta escrita a mano y de corta extensión. Como por lo regular le aburría mucho leer, tuvo la intención de desecharla, pero encontrar su nombre reseñado en la primera línea atrapó su atención. Se hallaba en plena lectura cuando la empleada, extrañada por la irregular tardanza, le tocó la puerta del cubículo para preguntarle si necesitaba ayuda. La interrupción, aunque obvia, inmediatamente la desconcentró. Dejó a un lado la lectura y le devolvió la mercancía que a duras penas había descartado. Mediante un contoneo de caderas que sobrepasaba los limites normales de la naturaleza femenina, se dirigió hacia la caja para efectuar el pago. Sin embargo, estando frente a la caja, se presentó una situación fuera de lo común.
—Oiga, oiga, señorita, por favor es con usted, ¿qué le sucede, le estoy hablando? Necesito que me diga su nombre.
Era la cuarta vez que la cajera trataba inútilmente de obtener el nombre de esta chica.
Pendiente de cuanto acontecía, la siguiente en la cola se vio precisada a colaborar, hundiéndole fuertemente el dedo en la espalda.
Por el brinco que `pegó, se diría que esta chica fue expulsada a fuerza de mazazos de alguna caverna del reino de Guzilandia por el propio Trucutú. Flechada por la lluvia de malos ojos que se ganó por parte de quienes en balde se quedaron esperando alguna excusa cortes, tomó la bolsa y se retiró.
¿Pero que sucede? Ahora esta chica se detiene repentinamente en medio de un extraño azoramiento. Encogida por un visible pudor, mira de reojo hacia todos lados como si la hubieran pescado en un acto indecoroso o de mal proceder. Con los dedos temblorosos se abotona la blusa hasta el cuello, se recoge el pelo con un gancho que saca de la cartera y de varios estirones desenrolla las vueltas que ataban el largo de su falda a la cintura. Luego, cuando derecha y tiesa igual que una escoba se dirige en dirección a la salida, se fija con sorpresa en el papel que muy arrugado y apretado aún llevaba en la mano; y como si lo hiciera por primera vez, empezó a leer desde el principio su contenido.
A mis hermanas Clara y Diana: Se acabó. Hasta aquí las acompaño. He comprendido lo dañina que soy para ustedes, y por el bien de todas debo sacrificarme. Pero antes deben saber algunas cosas de mí. Basta ya de esconder la cabeza como un avestruz cada vez que me presienten. Nadie se mete secretamente en nuestra casa como algunas veces han pretendido explicarse. Diana, yo soy quien rompe y desaparece tus vestidos incitadores del pecado. Yo soy la que derrama tus perfumes y destroza con las tijeras esos hilitos vulgares y sucios que usas como prenda intima. Yo soy la que te golpea y te infringe las heridas que luego debes cubrir con rigurosos vestidos hasta que sanan. Clara, a ti también debo confesarte algunas de mis maldades; pero es que últimamente me tienes muy irritable. Yo fui la que destruyó aquellas pruebas que debías corregir para el día siguiente y por las cuales lloraste toda la noche. Pero, ¿qué sentido tiene que por un lado te portes como una profesora decente y por el otro te dejes influenciar por la pervertida de Diana? Me aterra pensar en lo que vas a terminar, pues últimamente andan tan juntas que ya no sé distinguirlas. Reconozco que mi rabia ya no tiene control, al punto de temer por sus vidas. En fin, dejo en sus manos tan dolorosa resolución. Adiós, Leonor.
El innegable contenido suicida de la escritura, inmediatamente la invadió de pena. Como si se tratara de un familiar o persona muy querida, se prometió hacer lo que estuviera a su alcance para evitar ese triste y fatal desenlace.
En medio de ese frenesí altruista y llena de buenos presagios, supuso que cabía la posibilidad de encontrar aún en la tienda a la persona que había extraviado la carta. Una a una fue interrogando a cuanta clienta se encontró en el camino. Aparte de unos cuantos “no” secos, medidos por la distancia y el recelo de quien teme ser embaucado por algún truco o paquete chileno, no faltó quien se identificara con la buena causa. Quizás, una de esas personas capaces de todo, con tal de ponerle fin al aburrimiento que igual las está matando en casa.
Pues bien, después de leer un par de veces la susodicha carta con la boca abierta y pitando como una asmática, esta mujer, deseosa de hacerle el quite casi se la arrebata. Por instantes, durante una lucha disimulada ambas mujeres se disputaron su propiedad, pero frente a un altruismo tan monopolizado, quien la secundo debió conformarse con el pedacito que le quedó en la mano, correspondiente a una de sus esquinas.
Sin dejarse amilanar por lo insulsa que resultó la indagación, pensó en otras opciones, adonde inmediatamente se dirigió.
La cajera, con un antecedente tan fresco como el que tenía de ella, apenas la vio acercarse sin darle oportunidad para introducirse, torció la boca y se enfrascó en su trabajo. Pero después se puso más inteligente y comprendió que la única manera de quitársela de encima era precisamente atendiéndola. De mal talante, pues no estaba para disimulos, chequeó entre la facturación reciente. Al constatar que tal cual había una factura que coincidía con uno de los nombres reflejados en la carta, muy apuradita y en una orilla le apuntó el número de teléfono de servicio fijo que encontró. Pero de pronto, a punto de entregárselo una gran duda la invadió. Con los ojos muy abiertos y la voz entrecortada, le preguntó.
—Pero no entiendo, que raro... a mi me parece que usted misma fue...,si mal no recuerdo...
No obstante, la clientela cansada de golpear el piso con los pies para compensar la inusitada demora, empezó a reclamarla. Obligada a cumplir con su deber, arrugó la cara y dejó la intriga en suspenso.
Antes de marcar en su celular el número telefónico, el cual captó al vuelo, esta chica creyó conveniente meditar un poco sobre las palabras que mejor convendrían dirigirle a su interlocutora, suponiendo que fuese precisamente Leonor. De hecho, a tal punto se compenetró en la escena que se la imaginó recostada en un cómodo diván de suave cretona, con la cabeza apoyada en un almohadón de plumas, y ella a punto de soltarle en una sola sesión todo un tratamiento psicoterapéutico capaz de persuadir al más obstinado de los suicidas. Pero al otro lado de la línea sin repiques se activó la contestadota automática, entonces cortó la comunicación. Inmediatamente, más resuelta, volvió a intentarlo y dejó el siguiente mensaje: “Leonor, por favor no lo hagas, recapacita, no cometas semejante locura. Leonor, por favor escúchame, tus hermanas te necesitan, no las abandones. Leonor sólo que debes ser más comprensiva con ellas, háblales, seguro se entenderán”.
Como en ocasiones el médico después de darle de alta a un paciente lo despide con una palmadita en el hombro, esta chica también quiso hacer lo mismo con la suya, leyendo nuevamente la carta. Pero al finalizar ocurrió algo insólito que atrajo las miradas de todos los allí presentes. Tras hacer trizas la carta y pisotear los pedazos repetidamente como si se tratara de algo que le costara mucho matar, dijo con gritos histéricos.
—Muere maldita, sal de mi vida, déjame vivir en paz. Muere...Muere
Igual que un perro rabioso, recogió los pedazos, se los metió en la boca y los masticó hasta hacerlos papilla. Por último los escupió lejos envueltos en un salivazo.

Al día siguiente, las huellas de un trasnocho muy activo, retrasaban las obligaciones habituales de esta chica. Un zapato atravesado la hizo trastabillar. Con los pies y al tiempo que vociferaba su desagrado, terminó de despejar el camino adonde en completo desorden fue a dar toda la indumentaria que lució el día anterior. Ya en la puerta, lista para salir del apartamento le vino a la memoria que no había revisado los mensajes. Sin cerrar la puerta se devolvió y procedió a buscarlos.
Sólo había un mensaje. Por la cara de confusión que puso parecía que no lograba entenderlo. Lo hizo repetir tantas veces, que más bien parecía desconocer su idioma. Tras parpadear repetidamente, soltó el auricular y empezó a examinarse con detenimiento. Entonces su voz se oyó furiosa y retumbante:
—¿Me puedes explicar grandísima puta, hacia dónde te diriges con toda esa indecencia puesta? Por Dios apestas. ¿Con cuántos hombres te acostaste anoche? Ahora si, ahora si te voy a castigar como es debido. A partir de este momento no te van a quedar más ganas de volver a portarte mal.

Esta chica salía del coma que la mantuvo por espacio de varios días entre la vida y la muerte en el hospital, sin que nadie hubiera podido arrancarle una sola palabra, una murmuración. Ante la necesidad de conocer más detalles sobre lo ocurrido, las preguntas se repetían.
—Cuéntanos, Clara, ¿quién te causó esas heridas? La vecina que tuvo la gentileza de traerte hasta acá, nos dio tu nombre. También nos contó que le referiste que una hermana tuya trató de matarte; algo muy extraño, porque según a ella misma le consta, tú eres hija única, y desde que fallecieron tus padres en un accidente, vives sola.
De pronto, un gruñido casi animal sacudió a esta chica. Con los puños apretados y a la vez que resoplaba y emulaba una voz profunda y grave, les contestó:
—¿Por qué me confunden? No soy mujer, me llamo Boris.

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