miércoles, 19 de agosto de 2009

PATERNIDAD

Diego desmontaba el colchón de la cama con la idea de desecharlo, cuando un hueso salió rodando hasta dar contra el piso. Sin darle importancia y para facilitar su labor, lo empujó lejos con la punta del zapato. Pero algo perturbado y picado por la curiosidad, no pudo continuar. Recostó el colchón en una pared y se puso en el hueso. Inmediatamente se sentó en el jergón para examinarlo con más detenimiento y Después de darle varias vueltas, se dijo en voz alta:
—¡Parece un hueso humano!
En la exhaustiva revisión, se lo colocó a un costado y dedujo que el mismo encajaba muy bien en esa posición. Incitado por el asombro que le produjo el casual hallazgo, continuó en su soliloquio.
—¡Y si no me equivoco, es una costilla! ¿Pero una costilla de qué? ¿O de quién?
Las ansias por saber más lo llevó de nuevo hasta el colchón. Para su asombro pudo constatar a un lado, una abertura que parecía hecha deliberadamente. Metió la mano hasta el fondo y extrajo un trapo desteñido y sucio. Enseguida le fue familiar. Envolvió el hueso en el trapo y ya no tuvo más dudas. En varias ocasiones había encontrado a su madre, aferrada en arrumacos desquiciantes a ese mugroso envoltorio. Para esa fecha empezaban a ser evidentes los signos de un trastorno mental.
Sin poder desprenderse de ese halo misterioso que lo envolvía, Diego fijó nuevamente la mirada en el hueso. Aunque en apariencia era una mirada ciega, a tal extremo fue su compenetración que parecía trascender hasta los confines elementales de sus componentes. Luego, como si el contacto con éste no fuera tan simple y superficial, entre ambos se estableció una afinidad tan sublime e inefable, que lo hizo estremecer. De pronto, inmerso en esa fuerza ajena a su conciencia, una revelación lo hizo gritar a los cuatro vientos:
—¡Chiflada asesina! ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Cómo fuiste capaz?

Diego nunca se había preocupado por la existencia de su padre. Hasta donde le alcanzaba la memoria, apenas lo asociaba con aquella lejana y confusa noche cuando una sucesión de gritos, golpes y portazos eclipsaron la paz de su sueño infantil. Al día siguiente, no supo más de él.
Para correr las cortinas de un pasado que surgió intrigante y doloroso a la luz de un vetusto hueso, pensó en su tía; a quien de paso le atribuyó cierta complicidad en los hechos que en ese momento lo atormentaban.
No tuvo que esperar mucho para enfrentarla, escasas cuadras lo distanciaban de su vivienda.
Llegó con el envoltorio apretado bajo el brazo. Ahogado por la sofocación de descubrir a vuelta de hoja que su madre había matado a su padre, le dijo de entrada.
—Necesito que me aclares unas cuantas cosas, tía.
—La bendición primerito, mijo.
—Que bendición ni que ocho cuartos —Le replicó Diego.
—La malcriadez me la deja afuera, no sea tan falta de respeto.
—Mi mamá es una asesina y tú lo sabes
—¿Qué bicho te picó muchacho? ¿De dónde sacaste semejante disparate?
—¿De dónde? de esto —le inquirió Diego, mientras casi le estrujaba la prueba en la cara, tan cerca se la puso.
—¿Qué es eso? ¿De dónde sacaste esa cochinada? ¡Ay Dios! Con tal no te esté pasando lo mismito que a tu mamá.
Igual que un pertinaz agente de policía, Diego quiso arrancarle a toda costa, la supuesta verdad.
—Vamos tía, no te hagas la inocente, echa para afuera todo lo que sabes.
—Bueno mijito se acabó, mira que ya me calentaste. Su papá no está muerto nada. Ese muergano está vivito y coleando; pero si usted quiere convencerse con sus propios ojos, este mismo fin de semana agarramos un autobús y lo llevo hasta donde vive él. No sé para qué, pero bueno, allá usted. Usted ya está bastante grandecito y sabrá lo que hace. Hace tiempo convive con Gertrudis, una conocida mía. La verdad mijo, nunca se lo quise decir, no valía la pena, si desde que los abandonó justo cuando le entraron las loqueras a su mamá, nunca quiso saber de usted. Como si no existiera pues. Es más, ese maluco, nunca quiso a nadie. A su mamá menos; y no porque sea mi hermana, pero mujer más abnegada, más entregada a su hogar, más respetuosa de su marido… porque que yo sepa...jamás ni nunca le faltó el respeto —Y mientras lo miraba fija y acuciosamente—: ¿Usted me entiende mijo lo que le quiero decir, no? Bueno, ni que decir de aquel muchacho que se trajo a trabajar con él, según, y que su hermano de crianza. Al pobre lo trataba peor que a un burro. ¿Te acuerdas de Andrés? ¡Pero que estoy diciendo! Cómo te vas a acordar, si apenas eras un niñito cuando lo mandó de vuelta para su pueblo, porque por aquí más nunca nadie lo volvió a ver. Por cierto, para mí, que Gertrudis debe ser estéril, porque con ella no ha tenido hijos. Pues si Dieguito, créame lo que le digo, su mamá podrá ser loca, pero asesina no.
Su tía le habló con tanta certidumbre y convicción, que Diego no pudo dejar de creer todo cuanto le refirió.
La reivindicada inocencia de su madre, y por ende la existencia de su padre, le dieron a Diego una tranquilidad a medias, porque el enigma del hueso seguía latente entre ceja y ceja. Andar a escondidas idolatrando un hueso cualquiera botado por ahí, era una excentricidad que no iba con la locura de su mamá, la cual era más bien de tipo depresiva. Para él, un secreto más recóndito y comprensible debía encerrar ese extraño comportamiento.
A ese punto las cosas, para Diego las esperanzas de conocer la verdad se redujeron a una sola persona: su mamá. Pero consciente de la enfermedad que la aquejaba, no se hizo muchas ilusiones. Sin embargo, algo le decía que quizás, alguna llamita clarificadora pudiera surgir de entre esas tinieblas. Cual zombi, llegó al sanatorio donde ella se hallaba recluida hacia algún tiempo. Extrajo el hueso del paño y mientras se lo mostraba muy pegado a los ojos, le preguntó imperativamente:
—¿Mamá, explícame esto?
Avivada por una emoción desmesurada, ella le saltó encima y se lo arrebató. Luego, mientras lo apretaba entre sus brazos, colmándolo de mimos como si se tratara de un bebé, susurró:
—¡Andrés! ¡Mi Andrés! ¡Tanto que nos quisimos! ¡Tanto que nos amamos! ¿Por qué? ¿Por qué él te hizo eso? ¿Por qué él te hizo eso tan malo?
Acto seguito se dirigió a Diego y como si lo viera por primera vez en su vida, su rostro se iluminó nuevamente de recuerdos. Le acarició tierna y repetidas veces la mejilla y le dijo:
—¡Te pareces tanto a él, a mi Andrés.


De regreso a su casa, Diego llevaba una idea firme en su mente. Más que una sospecha, tenía la certeza de saber de dónde provenía el hueso. Se dirigió hacia la parte trasera y mientras miraba un punto fijo en el extenso solar colindante, pensó que sólo la tumba de ser muy querido podía ser objeto de tanta veneración por parte de su madre. Tomó una pala y excavó sin cesar hasta tropezar con la osamenta. Después de devolver el hueso, que seguramente su madre poseída por la fuerza de un arranque apasionado y demencial había extraído de allí, cubrió nuevamente los restos. Inclinado largo rato sobre la intrincada maleza, se dio a la tarea de recoger flores silvestres. De esas que brotan enredadas entre el monte sin el cuidado de nadie; substrayendo del suelo lo mejor de sí, para cubrirse de rústica belleza. En el apretado manojo se juntaron las más espigadas y vistosas; cuya efímera frescura, aún no había tenido ocasión de marchitar el correr del viento. Luego, con mucha delicadeza y con la solemnidad de quién ejecuta un fervoroso ritual religioso, las colocó sobre la tumba. Sin más demora, salió con el propósito de cumplir con un deber que el tiempo y el desconocimiento le habían arrebatado. Un deber consanguíneo inaplazable.

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