lunes, 22 de febrero de 2010

EL ESPANTO

Era común que Aurora comentara a diario con su amiga Alida, su mayor preocupación: las andanzas de su nieto.
—Si yo pudiera hacer algo por ese muchacho. Para mí, que anda en algo malo. Últimamente lo veo muy extraño. Lo noto en su voz, en su mirada esquiva. Esas reuniones todas las noches me dan mala espina. Si yo pudiera hacer algo para alejarlo de esas malas juntas… si yo pudiera… volvía a repetirse apesadumbradamente.
De pronto la mirada de Alida se iluminó de un fulgor y una profundidad casi científica. Como si de repente en su mente floreciera un nuevo conocimiento sobre las cuestiones del cosmos. Luego, tomándole fuertemente las manos a Aurora, le dijo con la voz ensanchada por la emoción:
—¿Y si a esos muchachos se les apareciera un fantasma, un espanto?
—Pero que decepción con usted Alida, en pleno siglo veintiuno y usted creyendo en aparecidos.
—Pero no Aurora, como se le ocurre. No me malinterprete, yo no me refiero a esos que salían antes, cuando en los pueblos no había luz eléctrica, no que va, yo me refiero a uno de carne y hueso. Mire, ahí donde usted los ve tan guapos y envalentonados, a la hora de la chiquita no son más que unos miedosos. Ya usted verá. Confié en mí.
Pese a encontrarse solas, ésta le murmuró a Aurora con lujo de detalles el atrevido e ingenioso plan.

Esa noche como siempre, el grupo de jóvenes se reunía en una esquina del vecindario. Animados por el efecto del alucinante humo y la camaradería extrema, hacían la bulla pareja. Mientras, no muy lejos de ahí, Aurora estacionaba su vehículo.
Entre comadrear y reír, por fin Alida decidió bajarse del vehiculo y caminar en dirección al grupo hasta ubicarse en un punto estratégico, desde donde comprobó que podía ser vista por ellos pero sin arriesgarse mucho. Una vez allí, se cubrió de la cabeza a los pies con una vaporosa túnica confeccionada maliciosamente en tul blanco, semejante a un velo nupcial pero de proporciones dantescas.
Para darle más realismo al dudoso personaje asumido desde un principio por cuenta propia, Alida se valió de algunos trucos. Rítmicamente abría y cerraba los brazos, simulando un vuelo espectral. A su vez, camuflada entre los pliegues de la amplia prenda, la luz de una linterna realzaba su autenticidad. Un efecto que aunado a la penumbra reinante, superaba las expectativas. En fin, vista de lejos por una persona sensible a los misterios del más allá, muy bien podía pasar como un ente cuya residencia fija no podía ser otra sino el otro mundo.
Casi de inmediato, en el esplendor de su acto, se escucharon las primeras voces que la señalaban a gritos.
—¡Miren, Miren.
—¡Oye si, ¿Qué vaina tan rara será esa?
—¡Yo no sé ustedes, pero lo que soy yo me pinto.
—¡Bacié! Yo también me voy.
De pronto, justamente el nieto de Aurora, cuyo arrojo nada tenía que ver con miedos sobrenaturales, se desprendió del grupo con la firme intención de averiguar más sobre el extraño asunto.
Advertida del peligro que amenazaba con ponerla al descubierto, Alida puso a valer sus piernas, pero una estrepitosa caída resultado del enredo de sus pies con el largo de la túnica, hizo prosperar la investigación de su perseguidor.
Entretanto, pendiente de todo cuanto acontecía, Aurora la esperaba como el que espera a su compinche después de cometer un asalto: con el motor encendido y la puerta abierta.
Ya en el carro, jadeante y con el corazón pronto a estallar, Alida forzó las últimas palabras para decir:
—Arranque Aurora, que los muchachos no se la comieron.

En la funeraria, Aurora lloraba con amargura la partida de su entrañable amiga, cuando su nieto muy compungido o con cara de quien la debe, le dijo en medio de un fuerte abrazo:
—Abuela, quería decirte que anoche lo estuve pensando bastante y decidí que a partir de hoy, voy a cortar mi amistad con los panas.
La pena de Aurora vibró nuevamente en el humedecido pañuelo.

EL CHIVO ROBADO

Pareciera que las cosas robadas arrastraran consigo la maldición del dueño; vociferada, quizá, al notar con amargura la falta del mismo. Ésta, por lo bajito, y conocida la naturaleza de lo sustraído pudo haber sido: ”Ojalá te caiga mal”. O peor aún: “Desgraciado, ojalá te mueras”.
El chivo en cuestión, como muchos chivos, andaba a sus anchas suelto por un peladero. El dueño, por demás confiado, lo perdía de vista. Minutos antes, en la camioneta adonde fue a parar el inquieto montés, amarrado y sin dejar de berrear como un condenado, se había suscitado el siguiente dialogo: “¡Mira!, que bonito el chivito” El otro, saboreándolo, como si ya lo tuviera en su boca le contestó: “¡Oye si!, está buenazo para este fin de semana”. Incitado por lo que oyó, nuevamente el primero le dijo: “¿Te atreves?” Sin quitarle los ojos de encima al chivo, el compañero remató: “Que si me atrevo, eso ni se pregunta hermano”. Más allá, una buena paga sirvió para contratar los servicios del matarife, quien les entregó el bichito como comprado en la carnicería.
En la carretera surgió la primera señal agorera. Como salido de la nada un zamuro vino a estrellarse en el parabrisas, dejándolo impenetrable al ojo humano. Sólo la destreza del conductor pudo evitar un accidente fatal. Lo siguiente fue manejar con la cabeza fuera de la ventanilla, hasta que una alcabala frenó la hazaña suicida. Entre esperar una grúa y en consecuencia resolver lo referente a la reposición del vidrio, se fue buena parte del día.
Ya en casa, la primera instrucción fue mandarlo a guardar inmediatamente en el refrigerador. No se sabe si por olvido, o por gusto a la desobediencia, pero la cuestión fue que quien tenía a su cargo llevar a cabo la correspondiente indicación, no la acató con la debida diligencia.

El fin de semana, tal como estaba previsto, el chivo fue preparado según una receta tradicional coriana.
En plena consumición, los invitados al banquete se atrevieron a cuestionar las bondades de su carne. Y entre las cosas que se oyeron decir, estuvieron: “No sé, pero a mi esta carne me sabe rara” “La verdad, a mi tampoco me convence mucho”, “A mi ni me pregunten, primera vez en mi vida que como chivo y, por lo visto no estará entre mis platos favoritos” ¡Ay Dios! y como si la maldición no hubiera rendido sus verdaderos frutos, el anfitrión dijo: “Amigos, déjense de zoquetadas, la carne de chivo es así, tiene este sabor característico, y para demostrárselos, me voy a terminar de comer todo lo queda en la bandeja”.

sábado, 21 de noviembre de 2009

TE LO JURO POR DIOS

En un pueblito enclavado en las tropicales costas mirandinas, mientras se asoleaban recostados en sendas sillas de extensión, Alicia y Pastor disfrutaban a sus anchas de una corta vacación. Unos cuantos roncitos, y ya se pusieron querendones y picoretos.
A pesar del tiempo transcurrido, y segura de un pasado que no se repetiría, ella se atrevió a comentar.
—Y pensar que por culpa de aquella rochelita tuya, estuvimos a punto de divorciarnos.
Para sacarle el cuerpo a una conversación que se proyectaba embarazosa, él se hizo el loco y no le contestó. No obstante, ella no quiso desperdiciar la atrevida iniciativa, sobre todo porque el momento era propicio, pues su marido estaba blandito y de buen humor.
—Dime Pastor, ¿Quién fue aquella mujer?
—¡Pero bueno Alicia! Que broma tan seria contigo. Que ganas de echar a perder el rato tan sabroso que estamos pasando.
—Es que siempre he tenido esa curiosidad; si me lo dijeras hoy en día, no me pondría brava.
—Vas a seguir con ese calamar.
—Está bien, esta bien, no te molesto más. —Pero algo picada por el corte, ella insistió—. Pero prométeme que si por circunstancias de la vida la muerte te acontece antes que a mi, y tienes la oportunidad, me lo dirás.
—Sólo a ti se te ocurre una locura como esa —Pero dispuesto a sacudirse un tema que lo ponía bastante nervioso, continuó diciéndole—: No entiendo que vas a ganar, pero bueno, si eso te hace tan feliz, te lo prometo. Mejor dicho: “Te lo juro por Dios”. Te lo juro por Dios que cuésteme lo que me cueste, y aunque sea lo último que diga en mi lecho de muerte, te lo diré. Pero eso sí, de aquí en adelante, no se hable más del asunto. ¡Ah! Otra cosa, ahora no es que te la vas a pasar la vida deseándome la muerte, sólo por darle gusto a esa morbosa y malsana curiosidad.
Alicia puso los ojitos de felicidad que pondría un niño cuando después de mucho pedirlo, le ponen en las manos una barquilla con tres raciones de helado. Luego para darle más legitimidad a las palabras de Pastor, remató.
—Trato hecho, pero no lo olvides, juramento es juramento.


Entretenidos en una esplendida relación de pareja, transcurrió el tiempo. Juntos planificaron buena parte de sus vidas, disfrutaron sus triunfos y sobrellevaron sus penas. Juntos vieron florecer la adolescencia de sus hijos. Pastor no volvió a dar señales de infidelidad, hasta esa noche, cuando parecía dormir profundamente. Ella se disponía a igualarlo cuando de pronto, en medio de una extraña agitación, él le tomó fuertemente la mano. Entusiasmada por la evolución que pudiera tener ese contacto, ella le respondió con más fuerza el apretón. En esto, él empezó a murmurar:
—Este… Estefa…Estefanía…Estefanía Monta… Monta…
Alicia no pudo soportar más. Con un movimiento brusco se zafó y salió disparada por la ira de la habitación. Sin preocuparse por los vecinos, quienes a gritos le exigían silencio y consideración, se llevó por delante cuanto perol inanimado estuvo a su alcance. Como si quisiera batir un record en estropicio, hizo trizas contra el piso, jarrones, muñecos, ceniceros y demás enseres decorativos. Sólo al reflexionar sobre la ardua jornada que le esperaba por la mañana, decidió parar. En cuanto a la reacción del lúbrico soñador, se quedó frustrada, por cuanto ésta fue similar a la de una tapia.
Sentada en un sofá y con la rabia atragantada, vio clarear el día. Sin más, se dirigió a la habitación y jamaqueó a Pastor varias veces. Como lo sintió muy rígido pensó que estaba jugándole una broma, entonces, lo sacudió con más vigor. Al notar que el asunto parecía serio, lo miró detenidamente a los ojos. Fue cuando comprobó con espanto y horror que Pastor tenía las pupilas completamente fijas. O sea, tenía unos ojos que no la volverían ver jamás.
Los días siguientes, Alicia no tuvo más cabeza sino para la tristeza y las diligencias relativas a una defunción.

Descansaba del penoso trajín, y con la mente despejada se puso a rememorar los últimos instantes vividos con Pastor. Recordó su proximidad, su mano fuerte y calida, su voz apasionada. Se disponía a ofrecerle un perdón póstumo, cuando de repente tuvo una revelación: “¡Pero cómo! ¿Será posible? Si, sí, por supuesto, eso fue. Como no me di cuenta. Estefanía… Estefanía… que otra cosa podía ser. Pero ¿Estefanía qué?”. Tenaz en sus recuerdos, se exprimió la memoria hasta rescatar la siguiente parte de la murmuración: Monta… Monta… Centrada en ese nuevo dato, analizó nuevamente todas aquellas pistas dejadas en plena róchela por el descuido de su marido. Ató todos los cabos sueltos posibles. Finalmente, minuciosas asociaciones la condujeran a una sola persona. Como si el tiempo se acabara en apenas minutos, en una sola carrera se calzó, salió directo hacia el ascensor y marcó el piso tres. En la puerta donde tocó el timbre, una mujer de buen porte la atendió amistosamente.
—¡Alicia!, tú por aquí. Que sorpresa.
Alicia, con una voz meliflua y sin mediar más palabras, le preguntó de sopetón:
—Estefanía, dime una cosa ¿cual es tu apellido?
—Montañez, ¿por qué?
La fuerte cachetada que le asestó Alicia, la dejó con la cara volteada exhibiendo un adolorido y caricaturesco perfil.

COINCIDENCIAS

A Ernesto no le importó que Beatriz se encontrara ocupada en una reunión, para tomarse la libertad de abrirle la cartera y apropiarse de las llaves de su camioneta. Al contrario, mejor no le pudo salir, pues la ocasión se la ponía facilita. Seguro ella no comprendería su urgencia y se las iba a negar. Al parecer, a ella no le faltaban razones, pensaba con toda certeza que su marido tenía la pata dura con los vehículos. Era una fija, cada vez que se la prestaba —después de mucho pensarlo—, él se la devolvía con un desperfecto o ruido raro. Entonces, aparte de sufrir la consabida parada obligatoria, además le costaba sus buenos reales ponerla a andar de nuevo.
Ernesto abandonó la oficina bajo la presión de las fulminantes miradas que las compañeras de Beatriz le dirigieron, y es que, algunos antecedentes las predisponían. Ocho o más horas de rutina oficinesca, también permitía que este grupo de trabajadoras compartiera algunas confidencias, las cuales por lo general giraban en torno al núcleo familiar; y con predilección: los disgustos sufridos con el cónyuge.
En la carrera por salir, Ernesto pasó por alto un dato importante: “¿dónde habrá dejado Beatriz estacionada la camioneta?” Devolverse fue una posibilidad, descartada de inmediato. Eso sería como tirar por la borda la buena suerte que hasta ahora lo acompañaba. Sin embargo las dudas sobre este misterio se disiparon cuando se acordó que ella siempre la estacionaba en las inmediaciones del edificio. Sólo sería cuestión de echar un vistazo para ubicarla y asunto arreglado.
Y efectivamente, así fue como Ernesto se puso feliz de la vida en el pretendido vehículo. Aparte de otras señas particulares que prácticamente tipifican este modelo en particular, también capturó al vuelo el último serial de la placa. Aunque tuvo cierta dificultad para hacer circular la llave por la cerradura, quizá debido a su ansiosa torpeza, en minutos puso en marcha el motor.
En pleno retroceso, escuchó el repique de un celular. Detuvo la marcha y dirigido por la vibrante onda, levantó una carpeta que se hallaba en el asiento del copiloto. En voz alta, tan impresionado quedó al ver el diminuto equipo de avanzada tecnología, dijo:
—¡Tremendo celular se compró Beatriz!
Mientras lo manipulaba también pensó: “¿Por qué no me habrá comentado nada? Bueno, a lo mejor, con lo olvidadiza que anda últimamente, el otro lo dejó botado por ahí y no quiere fastidiarse con mis recriminaciones. Entre pensar y mirar el lujoso aparatito, no se percató del conductor que esperaba impaciente su salida para ocupar el puesto. En vista de no haber logrado la comunicación verbal, quien llamó optó por dejar un mensaje. Ernesto no pudo contener la ponzoñosa curiosidad y para su desgracia se puso en el texto del mensaje, el cual decía: “Mi amor, no te demores mucho en la oficina, estoy ansioso por verte, así nos reímos otro tanto del pelele de tu marido”.
Posiblemente la buena salud fue el pilar que salvaguardó la vida de Ernesto, porque la denigrante lectura lo dejó a un paso de caer fulminado por un sincope. Mientras se debatía en una sucesión de aplastantes fases negativas, golpeaba y estremecía el volante como si quisiera arrancarlo de su base. En esto, el conductor que aguardaba perdió la paciencia y se acercó para averiguar si por fin salía o no. Pero al observar la descontrolada actitud de Ernesto, entre piadoso y alarmado más bien le preguntó:
—¿Amigo, le sucede algo?
Mordida entre los dientes, y como soplada de entre las fauces de un demonio, Ernesto le respondió:
—Vete para la mismísima miiierda.

Si bien la bocanada escatológica en apariencia lo calmó, en realidad no fue así. Aunque estuvo varios minutos derrumbado sobre el volante en aparente laxitud, su cabeza era un remolino tramando la venganza. Más pronto de lo que cualquiera pudiera imaginarlo, Ernesto repararía su aporreada dignidad. Decidió que su vida de carnudo sería muy corta; tan corta que no pasaría de ese día.
Con algunas herramientas en la mano, y poniéndose a salvo de miradas comprometedoras, realizó algunos ajustes, o mejor dicho desajustes mecánicos. En fin, en tales condiciones dejó la camioneta, que las probabilidades del conductor de llegar sano y salvo a su destino, eran bastante precarias.
De la misma manera como se puso en ellas, Ernesto devolvió las llaves. En la oficina no hubo quien no se cruzara una mirada de asombro. Aquel hombre parecía otro. Como si en esos escasos minutos, una repentina y devastadora vejez lo hubiera transformado. Con la mirada baja, salió de la oficina.
Antes de tomar un taxi, Ernesto quiso ver por última vez el arma ejecutora de su venganza. Pero se quedó estupefacto al comprobar que ésta ya no se encontraba en el lugar.
—¡Carajo! Se robaron la camioneta de Beatriz.
Justo ella salía de la reunión, cuando el llegó para ponerla al tanto del robo, y como si esa fuese su única preocupación le dijo muy conmovido:
—Beatriz, acaban de robarte la camioneta.
—¡Pero cómo es posible! ¿De la casa? Si hoy no me la traje, porque no la pude prender.
Sin pensar en la suerte que en esos momentos corría la verdadera dueña de la camioneta, Ernesto se aferró a Beatriz en un interminable y sofocante abrazo.
La inoportuna escena amorosa provocó tal número de risitas indiscretas entre los presentes, que hicieron flamear de rubor el rostro de Beatriz. Una reacción de su marido que en lo futuro, jamás comprendería.

lunes, 31 de agosto de 2009

EXTRAÑA CONVERSACIÓN

Hace algún tiempo son buenas vecinas. Nora siempre recuerda cuando Dalia llegó con el rostro pálido y desencajado. Observadora como siempre fue del buen vestir, admiró su elegancia. Se fijó que estaba al día con la moda; aunque ahora le pareciera harto casera: “Con seguridad fue elegida cuidadosamente, entre lo mejor de su percha”. En cuanto al pachulí, pese a lo estandarizado y muy reconocido en los predios, nunca ha podido ambientarse. Antes de darle la bienvenida, Nora consideró prudente esperar a que ella se adaptara a la nueva morada: “Al principio, ese tipo de mudanza pega”, pensó con lástima. Pero también, por una facultad muy especial y propia a su condición, Nora supo percibir a primera vista cuánto le iba a costar entablar una amistad con ella. Franquear el muro que la arropaba, sería un trabajo de muchos días. Su agudeza también le dijo que Dalia pertenecía a ese tipo de personas tan aferradas a sus pesares, que son capaces de acarrear con ellos a donde quiera que fuesen; como si estuvieran cosidos con minuciosas puntadas de acero en cada filamento de su piel; luego les cubre el alma como un pesado velo cenizoso. Por eso le tuvo paciencia. Después, poco a poco se le fue metiendo hasta arrancarle el habla que había dejado en ese otro lugar.
Ese día Dalia tuvo visita. No era la primera vez que Nora se angustiaba al notar el parco recibimiento que ésta le dispensaba al regular visitante. Entonces, al respecto le comentó:
—Disculpa Dalia, sé que es algo personal y no quisiera ser metiche, pero es que… estando tan cerca me es imposible dejar de escuchar. Siento mucha pena por él. Nunca he visto llorar tanto a un hombre.
—Llorar no lo exime de culpa —Le contestó Dalia, muy convencida de su proceder.
—Eres demasiado injusta con él.
—No te dejes engañar, esas son lagrimas de cocodrilo.
—No hay que ser tan conocedor del dolor humano, para darse cuenta de la sinceridad que encierran esas lagrimas. Es hora de que le hagas sentir tu perdón. El mismo Dios en persona, lo hubiera perdonado.
—Pues que venga él, así sale de una buena vez de su eterno escondite.
—No blasfemes, chica, ¿tú qué crees? después de todo lo que hizo, bien se merece un descansito.
—¿Te refieres al séptimo día? porque si es por eso no le veremos la cara nunca. Tomando en cuenta el extraordinario rendimiento de su trabajo, otro sol más grande y luminoso lo guiara. Así que olvídate Nora, ese no ha tenido lugar para revisar su obra, pues, en las magnitudes de tiempo y espacio en las cuales se desenvuelve, un segundo debe ser algo parecido a unos cuantos siglos de los nuestros. Y si no me equivoco, su día de descanso apenas comienza. En cuanto a mi marido, se va ha tener que conformar con el perdón que yo le dé, y eso será cuando me salga del forro. No hace falta hallarse en tan altas esferas del universo para darse postín.
— ¡Oye! ¡Oye!, yo sé que a nosotras, aunque no de la misma manera el tiempo también nos favorece, pero no te pases.
Dalia prefirió no contestarle. Le parecía que su amiga se estaba inmiscuyendo demasiado en un asunto que no le concernía. Sin embargo a Nora, las ganas de interceder a favor del marido de ésta, no le cerraron la boca:
—Yo misma he estado tentada en darle unas palmaditas en la espalda para consolarlo, pero…
Al oírla, Dalia la fulminó con su mirada cavernosa. Tras recapacitar el disparate contenido en sus palabras, Nora quiso rectificar, pero Dalia le aseveró con indignación:
— ¡Estás loca! Ni se te ocurra hacer algo semejante, mira que me lo espantas, y no quiero que me quites el gustito.
—Está bien, está bien, ya sé, es que… a veces se me olvida.
—Umjú... ya me di cuenta.
Nora no bajó la guardia en cuanto a buscar fórmulas para amansar a Dalia. Intereses muy ocultos que tenían que ver con la salvación del alma, y en consecuencia, el ansiado pasaporte sin escala al cielo, la motivaban: “¡nadie sabe!, quién quita que mientras esperamos, aún cuenten las buenas obras”.
—Dalia, tienes que arrepentirte de tus pecados, esa amargura te va a matar.
— ¿Qué dijiste? ¡Ubícate chica!
—Perdón… Otra vez yo con mis enredos de ubicación.
—Últimamente estás muy olvidadiza.
—Dalia, perdona que insista, pero a ti te convendría salir a pasear un poco por los alrededores, compartir con la vecindad. Te la pasas metida en ese hueco.
Apenas escuchó la propuesta de su amiga, Dalia le dio un vistazo telegráfico al panorama y se sacudió vigorosamente con asco. Nora, cautelosa se echó para atrás, no fuera que de tanto agitarse a ésta se le desprendiera un hueso como proyectil. Mientras, la escuchó decir.
— ¡Ay no, que horror!, no soportó tanta giba suelta.
—Mira quien lo dice —le dijo Nora, mirándole de reojo el espinazo que ya sobresalía por entre su ropa. Luego, para bajarle los humos de reina de belleza.
— Como se nota la falta de espejos.
—Dalia, aunque cayó en cuenta por dónde venía el insulto, se hizo la desentendida y le replicó:
—A mí nunca me gustó tratar con viejos.
—¿Y que esperabas tú? Se supone que lo usual es llegar aquí renqueando y con el lomo apuntando al cielo como una montaña rusa. Además, quien te manda a estar adelantando los acontecimientos —Luego entre suspiros—: En cambio yo… cuanto no hubiera dado por llegar aquí con una jorobita de esas. Si hasta bonitas me parecen. Si no hubiera sido por la loca aquella que se me atravesó en la carretera...
—Tonta, mi situación no era como para estar pensando en esas cosas.
—No creo que exista en el mundo, ningún tipo de causa lógica, que justifique semejante acto.
—Ahora si pues, me acomodé yo con esta huesuda apestosa. Lástima que aquí no me funcione el mismo método para quitarme las molestias de encima. Bueno, bueno, cambiando de tema, tú que sabes tanto sobre el particular, ¿qué noticias tienes referente a el supuesto Juicio Final; estoy desesperada por saber en que va a parar lo mío.
—Yo tú, con un expediente tan gordo como el que trajiste bajo el brazo, no estaría tan apurada, más bien, todo lo contrario, me estaría haciendo la loca.
—Cualquier sentencia por mala que sea, es preferible a permanecer en esta eterna espera. En fin, ahora mejor ocúpate de lo tuyo, mira que por ahí veo venir a tu marido y ese también es tremendo llorón. A propósito, que bello el ramo de flores que te trae.
—Verdad, ¡que bello!, la broma es que no sé ¿dónde me lo irá a poner? porque esta mañana me robaron el florero de la lápida.

UNA FILIACION INUSUAL

Escoger entre la ruma de piezas de vestir que se midió, fue una tarea ardua para esta chica. Le gustaban todas. Mientras estuvo frente al espejo entre risas y grititos atiplados exhibió un número de poses de tal índole, que más bien parecía encontrarse en una sesión de fotos para un almanaque caliente.
Se disponía abandonar el probador, cuando de pronto le llamó la atención una hoja de papel cuidadosamente doblada tirada en el piso. Al desplegarlo, observó que se trataba de una carta escrita a mano y de corta extensión. Como por lo regular le aburría mucho leer, tuvo la intención de desecharla, pero encontrar su nombre reseñado en la primera línea atrapó su atención. Se hallaba en plena lectura cuando la empleada, extrañada por la irregular tardanza, le tocó la puerta del cubículo para preguntarle si necesitaba ayuda. La interrupción, aunque obvia, inmediatamente la desconcentró. Dejó a un lado la lectura y le devolvió la mercancía que a duras penas había descartado. Mediante un contoneo de caderas que sobrepasaba los limites normales de la naturaleza femenina, se dirigió hacia la caja para efectuar el pago. Sin embargo, estando frente a la caja, se presentó una situación fuera de lo común.
—Oiga, oiga, señorita, por favor es con usted, ¿qué le sucede, le estoy hablando? Necesito que me diga su nombre.
Era la cuarta vez que la cajera trataba inútilmente de obtener el nombre de esta chica.
Pendiente de cuanto acontecía, la siguiente en la cola se vio precisada a colaborar, hundiéndole fuertemente el dedo en la espalda.
Por el brinco que `pegó, se diría que esta chica fue expulsada a fuerza de mazazos de alguna caverna del reino de Guzilandia por el propio Trucutú. Flechada por la lluvia de malos ojos que se ganó por parte de quienes en balde se quedaron esperando alguna excusa cortes, tomó la bolsa y se retiró.
¿Pero que sucede? Ahora esta chica se detiene repentinamente en medio de un extraño azoramiento. Encogida por un visible pudor, mira de reojo hacia todos lados como si la hubieran pescado en un acto indecoroso o de mal proceder. Con los dedos temblorosos se abotona la blusa hasta el cuello, se recoge el pelo con un gancho que saca de la cartera y de varios estirones desenrolla las vueltas que ataban el largo de su falda a la cintura. Luego, cuando derecha y tiesa igual que una escoba se dirige en dirección a la salida, se fija con sorpresa en el papel que muy arrugado y apretado aún llevaba en la mano; y como si lo hiciera por primera vez, empezó a leer desde el principio su contenido.
A mis hermanas Clara y Diana: Se acabó. Hasta aquí las acompaño. He comprendido lo dañina que soy para ustedes, y por el bien de todas debo sacrificarme. Pero antes deben saber algunas cosas de mí. Basta ya de esconder la cabeza como un avestruz cada vez que me presienten. Nadie se mete secretamente en nuestra casa como algunas veces han pretendido explicarse. Diana, yo soy quien rompe y desaparece tus vestidos incitadores del pecado. Yo soy la que derrama tus perfumes y destroza con las tijeras esos hilitos vulgares y sucios que usas como prenda intima. Yo soy la que te golpea y te infringe las heridas que luego debes cubrir con rigurosos vestidos hasta que sanan. Clara, a ti también debo confesarte algunas de mis maldades; pero es que últimamente me tienes muy irritable. Yo fui la que destruyó aquellas pruebas que debías corregir para el día siguiente y por las cuales lloraste toda la noche. Pero, ¿qué sentido tiene que por un lado te portes como una profesora decente y por el otro te dejes influenciar por la pervertida de Diana? Me aterra pensar en lo que vas a terminar, pues últimamente andan tan juntas que ya no sé distinguirlas. Reconozco que mi rabia ya no tiene control, al punto de temer por sus vidas. En fin, dejo en sus manos tan dolorosa resolución. Adiós, Leonor.
El innegable contenido suicida de la escritura, inmediatamente la invadió de pena. Como si se tratara de un familiar o persona muy querida, se prometió hacer lo que estuviera a su alcance para evitar ese triste y fatal desenlace.
En medio de ese frenesí altruista y llena de buenos presagios, supuso que cabía la posibilidad de encontrar aún en la tienda a la persona que había extraviado la carta. Una a una fue interrogando a cuanta clienta se encontró en el camino. Aparte de unos cuantos “no” secos, medidos por la distancia y el recelo de quien teme ser embaucado por algún truco o paquete chileno, no faltó quien se identificara con la buena causa. Quizás, una de esas personas capaces de todo, con tal de ponerle fin al aburrimiento que igual las está matando en casa.
Pues bien, después de leer un par de veces la susodicha carta con la boca abierta y pitando como una asmática, esta mujer, deseosa de hacerle el quite casi se la arrebata. Por instantes, durante una lucha disimulada ambas mujeres se disputaron su propiedad, pero frente a un altruismo tan monopolizado, quien la secundo debió conformarse con el pedacito que le quedó en la mano, correspondiente a una de sus esquinas.
Sin dejarse amilanar por lo insulsa que resultó la indagación, pensó en otras opciones, adonde inmediatamente se dirigió.
La cajera, con un antecedente tan fresco como el que tenía de ella, apenas la vio acercarse sin darle oportunidad para introducirse, torció la boca y se enfrascó en su trabajo. Pero después se puso más inteligente y comprendió que la única manera de quitársela de encima era precisamente atendiéndola. De mal talante, pues no estaba para disimulos, chequeó entre la facturación reciente. Al constatar que tal cual había una factura que coincidía con uno de los nombres reflejados en la carta, muy apuradita y en una orilla le apuntó el número de teléfono de servicio fijo que encontró. Pero de pronto, a punto de entregárselo una gran duda la invadió. Con los ojos muy abiertos y la voz entrecortada, le preguntó.
—Pero no entiendo, que raro... a mi me parece que usted misma fue...,si mal no recuerdo...
No obstante, la clientela cansada de golpear el piso con los pies para compensar la inusitada demora, empezó a reclamarla. Obligada a cumplir con su deber, arrugó la cara y dejó la intriga en suspenso.
Antes de marcar en su celular el número telefónico, el cual captó al vuelo, esta chica creyó conveniente meditar un poco sobre las palabras que mejor convendrían dirigirle a su interlocutora, suponiendo que fuese precisamente Leonor. De hecho, a tal punto se compenetró en la escena que se la imaginó recostada en un cómodo diván de suave cretona, con la cabeza apoyada en un almohadón de plumas, y ella a punto de soltarle en una sola sesión todo un tratamiento psicoterapéutico capaz de persuadir al más obstinado de los suicidas. Pero al otro lado de la línea sin repiques se activó la contestadota automática, entonces cortó la comunicación. Inmediatamente, más resuelta, volvió a intentarlo y dejó el siguiente mensaje: “Leonor, por favor no lo hagas, recapacita, no cometas semejante locura. Leonor, por favor escúchame, tus hermanas te necesitan, no las abandones. Leonor sólo que debes ser más comprensiva con ellas, háblales, seguro se entenderán”.
Como en ocasiones el médico después de darle de alta a un paciente lo despide con una palmadita en el hombro, esta chica también quiso hacer lo mismo con la suya, leyendo nuevamente la carta. Pero al finalizar ocurrió algo insólito que atrajo las miradas de todos los allí presentes. Tras hacer trizas la carta y pisotear los pedazos repetidamente como si se tratara de algo que le costara mucho matar, dijo con gritos histéricos.
—Muere maldita, sal de mi vida, déjame vivir en paz. Muere...Muere
Igual que un perro rabioso, recogió los pedazos, se los metió en la boca y los masticó hasta hacerlos papilla. Por último los escupió lejos envueltos en un salivazo.

Al día siguiente, las huellas de un trasnocho muy activo, retrasaban las obligaciones habituales de esta chica. Un zapato atravesado la hizo trastabillar. Con los pies y al tiempo que vociferaba su desagrado, terminó de despejar el camino adonde en completo desorden fue a dar toda la indumentaria que lució el día anterior. Ya en la puerta, lista para salir del apartamento le vino a la memoria que no había revisado los mensajes. Sin cerrar la puerta se devolvió y procedió a buscarlos.
Sólo había un mensaje. Por la cara de confusión que puso parecía que no lograba entenderlo. Lo hizo repetir tantas veces, que más bien parecía desconocer su idioma. Tras parpadear repetidamente, soltó el auricular y empezó a examinarse con detenimiento. Entonces su voz se oyó furiosa y retumbante:
—¿Me puedes explicar grandísima puta, hacia dónde te diriges con toda esa indecencia puesta? Por Dios apestas. ¿Con cuántos hombres te acostaste anoche? Ahora si, ahora si te voy a castigar como es debido. A partir de este momento no te van a quedar más ganas de volver a portarte mal.

Esta chica salía del coma que la mantuvo por espacio de varios días entre la vida y la muerte en el hospital, sin que nadie hubiera podido arrancarle una sola palabra, una murmuración. Ante la necesidad de conocer más detalles sobre lo ocurrido, las preguntas se repetían.
—Cuéntanos, Clara, ¿quién te causó esas heridas? La vecina que tuvo la gentileza de traerte hasta acá, nos dio tu nombre. También nos contó que le referiste que una hermana tuya trató de matarte; algo muy extraño, porque según a ella misma le consta, tú eres hija única, y desde que fallecieron tus padres en un accidente, vives sola.
De pronto, un gruñido casi animal sacudió a esta chica. Con los puños apretados y a la vez que resoplaba y emulaba una voz profunda y grave, les contestó:
—¿Por qué me confunden? No soy mujer, me llamo Boris.

jueves, 20 de agosto de 2009

UNA BOCONA

Ahí van. Huyen como perseguidos por la ráfaga de un producto exterminador. Francamente, me resulta chocante e incomprensible ver tanta cobardía junta.
Lo mismo sucedió con el temblorcito aquel. Poseídos por esa incurable angustia ancestral, el miedo a la muerte, se apelotaron en la puerta de salida. Aún repercuten en mis oídos, los gritos desaforados de Leda. “Dios mío, Dios mío, Dios mío”. Lo repitió tantas veces, que en ese momento padecí una especie de enfermiza herejía terminal. Pensé, ésta, con un intento de suicidio encima, en vez de andar buscando ponerse a salvo, más le vale ubicar una buena viga que acabe de una vez por todas con sus inútiles cortaditas de muñeca. También, le evitaría a su prole tan nefasta herencia inductora. Y ni hablar de Helena. Cuantas veces le he escuchado decir cosas como: mi vida es una desgracia, quisiera no existir, más vale no haber nacido. Para después conformarse con maquillar ese infierno del cual a diario se queja, con una gruesa capa de base facial.
No es que mi instinto de conservación tenga fallas, no. Sin pedantería, sólo que gozo de lo que podría llamarse un autentico auto control. Es decir, en situaciones como estas, el asunto consiste es no dejarse llevar por el pánico.
He vivido situaciones similares, de las cuales siempre he salido airosa. En cierta ocasión, caminaba tranquilamente por la calle, cuando de pronto surgió un tiroteo entre policías y ladrones. Atrapada en medio de ese fuego cruzado y con la imperturbabilidad que me distingue, me pregunte: ¿Existe acaso un lugar seguro? ¿Puede alguien tener la certeza de saber cual es? ¿Quién quita que buscando resguardarme debajo de un carro, sea justo allí, adonde va a parar una de esas balas que llaman perdidas. Con ese criterio en la cabeza, rechacé de plano protegerme y me conduje como si nada estuviera ocurriendo. No es que crea en tonterías o estupideces como el destino o cosas parecidas. Más bien, lo mío tiene que ver con la casualidad, con el azar, con lo circunstancial.
Quizás se juzgue con malos ojos, mi fría objetividad ante en un asunto tan serio y triste como es la muerte; pero es que mi madurez para enfrentar ese hecho parece haber nacido conmigo. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo? la gente muere y ya.
Tomémoslo así de simple: la muerte, si no nos agarra de noche mientras dormimos, se va de incógnita y de manitos con nosotros durante el día, cual amiguita panadería; entonces, en el rincón menos esperado, en cualquier esquina, sin que cuenten las pocas o muchas primaveras vividas, o cuan rozagante y saludable te veas, o las ganas de vivir que tengas, revierte el engañoso compañerismo y mediante uno de sus multifacéticos modos de manifestarse, nos asalta el latido.
Igual me sucede con las enfermedades. En ese aspecto también estoy muy clarita. Es un pedido familiar: conmigo, si fuera el caso, nada de estarme dorando la píldora con diagnósticos disfrazados. Eso me parece una falta de seriedad y de respeto a mi condición de adulta. Estoy preparada para lo que venga. Tampoco quiero que utilicen tubos, oxigeno, agujas, sondas, choques eléctricos o cualquier otro medio de terapia intensiva, que de largas a una agonía o arruine sus economías.

Este barullo de carreras, gritos y aspavientos, tuvo lugar cuando el encargado de mantenimiento entró a la oficina con los ojos desorbitados informándonos sobre un posible incendio. Algo que tenía que ver con la explosión de unos transformadores ubicados en el pasillo de la planta baja. Según sus propias palabras, debíamos evacuar lo más urgente posible, pues corríamos un peligro inminente. Sin esperar una segunda orden, todos se apoderaron de sus pertenencias y a correr se ha dicho.
Dueña absoluta de mis actos, pongo en orden los documentos que minutos antes acaparaban mi atención profesional; saco la polvera y el lápiz labial de mi cartera y como normalmente hago cuando me retiro de la oficina, retoqué mirándome en el espejito los tonos de mi maquillaje. A Todas estas, noto que en la oficina ya no queda un alma. Por último, esparcí en mis brazos y el cuello mi fragancia favorita. Entonces fue cuando decidí partir, pues, tampoco es que tenga propensión hacia la profesión de bombera.
A mi paso, es decir sin prisa, me encamino hacia el umbral de la escalera. De repente, una explosión me sacude completa. Una ola de humo mezclada con un fuerte olor a cable chamuscado sube a través de la escalera y me golpea en la cara. Miro hacia abajo y comprendo que una temible oscuridad cenizosa me aguarda. Como no tiene ningún sentido postergar lo que a la vista no me ofrece más opciones, aferrada al pasamano me lanzo escaleras abajo. Adentrada en la negrura que me oculta la escalera, igual que una ciega pero inexperta y temblorosa, para no caer de boca mido con los pies peldaño a peldaño. En los últimos peldaños, medio asfixiada y sufriendo los rigores de la falta de oxigeno, pienso en mis compañeros de trabajo. Envidio al grado de soltar el llanto, sus oportunos y sanos instintos. Una vez ganada la planta baja, por fin diviso tras la densa humareda la deprimente luz que proviene de la calle. Desesperada y en una sola carrera, pues mis fuerzas están a escasos segundos de abandonarme, me pongo en la puerta de salida; y también de una sola bocanada me puse en el botín más preciado de este mundo, no juegue: la vida