lunes, 31 de agosto de 2009

EXTRAÑA CONVERSACIÓN

Hace algún tiempo son buenas vecinas. Nora siempre recuerda cuando Dalia llegó con el rostro pálido y desencajado. Observadora como siempre fue del buen vestir, admiró su elegancia. Se fijó que estaba al día con la moda; aunque ahora le pareciera harto casera: “Con seguridad fue elegida cuidadosamente, entre lo mejor de su percha”. En cuanto al pachulí, pese a lo estandarizado y muy reconocido en los predios, nunca ha podido ambientarse. Antes de darle la bienvenida, Nora consideró prudente esperar a que ella se adaptara a la nueva morada: “Al principio, ese tipo de mudanza pega”, pensó con lástima. Pero también, por una facultad muy especial y propia a su condición, Nora supo percibir a primera vista cuánto le iba a costar entablar una amistad con ella. Franquear el muro que la arropaba, sería un trabajo de muchos días. Su agudeza también le dijo que Dalia pertenecía a ese tipo de personas tan aferradas a sus pesares, que son capaces de acarrear con ellos a donde quiera que fuesen; como si estuvieran cosidos con minuciosas puntadas de acero en cada filamento de su piel; luego les cubre el alma como un pesado velo cenizoso. Por eso le tuvo paciencia. Después, poco a poco se le fue metiendo hasta arrancarle el habla que había dejado en ese otro lugar.
Ese día Dalia tuvo visita. No era la primera vez que Nora se angustiaba al notar el parco recibimiento que ésta le dispensaba al regular visitante. Entonces, al respecto le comentó:
—Disculpa Dalia, sé que es algo personal y no quisiera ser metiche, pero es que… estando tan cerca me es imposible dejar de escuchar. Siento mucha pena por él. Nunca he visto llorar tanto a un hombre.
—Llorar no lo exime de culpa —Le contestó Dalia, muy convencida de su proceder.
—Eres demasiado injusta con él.
—No te dejes engañar, esas son lagrimas de cocodrilo.
—No hay que ser tan conocedor del dolor humano, para darse cuenta de la sinceridad que encierran esas lagrimas. Es hora de que le hagas sentir tu perdón. El mismo Dios en persona, lo hubiera perdonado.
—Pues que venga él, así sale de una buena vez de su eterno escondite.
—No blasfemes, chica, ¿tú qué crees? después de todo lo que hizo, bien se merece un descansito.
—¿Te refieres al séptimo día? porque si es por eso no le veremos la cara nunca. Tomando en cuenta el extraordinario rendimiento de su trabajo, otro sol más grande y luminoso lo guiara. Así que olvídate Nora, ese no ha tenido lugar para revisar su obra, pues, en las magnitudes de tiempo y espacio en las cuales se desenvuelve, un segundo debe ser algo parecido a unos cuantos siglos de los nuestros. Y si no me equivoco, su día de descanso apenas comienza. En cuanto a mi marido, se va ha tener que conformar con el perdón que yo le dé, y eso será cuando me salga del forro. No hace falta hallarse en tan altas esferas del universo para darse postín.
— ¡Oye! ¡Oye!, yo sé que a nosotras, aunque no de la misma manera el tiempo también nos favorece, pero no te pases.
Dalia prefirió no contestarle. Le parecía que su amiga se estaba inmiscuyendo demasiado en un asunto que no le concernía. Sin embargo a Nora, las ganas de interceder a favor del marido de ésta, no le cerraron la boca:
—Yo misma he estado tentada en darle unas palmaditas en la espalda para consolarlo, pero…
Al oírla, Dalia la fulminó con su mirada cavernosa. Tras recapacitar el disparate contenido en sus palabras, Nora quiso rectificar, pero Dalia le aseveró con indignación:
— ¡Estás loca! Ni se te ocurra hacer algo semejante, mira que me lo espantas, y no quiero que me quites el gustito.
—Está bien, está bien, ya sé, es que… a veces se me olvida.
—Umjú... ya me di cuenta.
Nora no bajó la guardia en cuanto a buscar fórmulas para amansar a Dalia. Intereses muy ocultos que tenían que ver con la salvación del alma, y en consecuencia, el ansiado pasaporte sin escala al cielo, la motivaban: “¡nadie sabe!, quién quita que mientras esperamos, aún cuenten las buenas obras”.
—Dalia, tienes que arrepentirte de tus pecados, esa amargura te va a matar.
— ¿Qué dijiste? ¡Ubícate chica!
—Perdón… Otra vez yo con mis enredos de ubicación.
—Últimamente estás muy olvidadiza.
—Dalia, perdona que insista, pero a ti te convendría salir a pasear un poco por los alrededores, compartir con la vecindad. Te la pasas metida en ese hueco.
Apenas escuchó la propuesta de su amiga, Dalia le dio un vistazo telegráfico al panorama y se sacudió vigorosamente con asco. Nora, cautelosa se echó para atrás, no fuera que de tanto agitarse a ésta se le desprendiera un hueso como proyectil. Mientras, la escuchó decir.
— ¡Ay no, que horror!, no soportó tanta giba suelta.
—Mira quien lo dice —le dijo Nora, mirándole de reojo el espinazo que ya sobresalía por entre su ropa. Luego, para bajarle los humos de reina de belleza.
— Como se nota la falta de espejos.
—Dalia, aunque cayó en cuenta por dónde venía el insulto, se hizo la desentendida y le replicó:
—A mí nunca me gustó tratar con viejos.
—¿Y que esperabas tú? Se supone que lo usual es llegar aquí renqueando y con el lomo apuntando al cielo como una montaña rusa. Además, quien te manda a estar adelantando los acontecimientos —Luego entre suspiros—: En cambio yo… cuanto no hubiera dado por llegar aquí con una jorobita de esas. Si hasta bonitas me parecen. Si no hubiera sido por la loca aquella que se me atravesó en la carretera...
—Tonta, mi situación no era como para estar pensando en esas cosas.
—No creo que exista en el mundo, ningún tipo de causa lógica, que justifique semejante acto.
—Ahora si pues, me acomodé yo con esta huesuda apestosa. Lástima que aquí no me funcione el mismo método para quitarme las molestias de encima. Bueno, bueno, cambiando de tema, tú que sabes tanto sobre el particular, ¿qué noticias tienes referente a el supuesto Juicio Final; estoy desesperada por saber en que va a parar lo mío.
—Yo tú, con un expediente tan gordo como el que trajiste bajo el brazo, no estaría tan apurada, más bien, todo lo contrario, me estaría haciendo la loca.
—Cualquier sentencia por mala que sea, es preferible a permanecer en esta eterna espera. En fin, ahora mejor ocúpate de lo tuyo, mira que por ahí veo venir a tu marido y ese también es tremendo llorón. A propósito, que bello el ramo de flores que te trae.
—Verdad, ¡que bello!, la broma es que no sé ¿dónde me lo irá a poner? porque esta mañana me robaron el florero de la lápida.

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