Ahí van. Huyen como perseguidos por la ráfaga de un producto exterminador. Francamente, me resulta chocante e incomprensible ver tanta cobardía junta.
Lo mismo sucedió con el temblorcito aquel. Poseídos por esa incurable angustia ancestral, el miedo a la muerte, se apelotaron en la puerta de salida. Aún repercuten en mis oídos, los gritos desaforados de Leda. “Dios mío, Dios mío, Dios mío”. Lo repitió tantas veces, que en ese momento padecí una especie de enfermiza herejía terminal. Pensé, ésta, con un intento de suicidio encima, en vez de andar buscando ponerse a salvo, más le vale ubicar una buena viga que acabe de una vez por todas con sus inútiles cortaditas de muñeca. También, le evitaría a su prole tan nefasta herencia inductora. Y ni hablar de Helena. Cuantas veces le he escuchado decir cosas como: mi vida es una desgracia, quisiera no existir, más vale no haber nacido. Para después conformarse con maquillar ese infierno del cual a diario se queja, con una gruesa capa de base facial.
No es que mi instinto de conservación tenga fallas, no. Sin pedantería, sólo que gozo de lo que podría llamarse un autentico auto control. Es decir, en situaciones como estas, el asunto consiste es no dejarse llevar por el pánico.
He vivido situaciones similares, de las cuales siempre he salido airosa. En cierta ocasión, caminaba tranquilamente por la calle, cuando de pronto surgió un tiroteo entre policías y ladrones. Atrapada en medio de ese fuego cruzado y con la imperturbabilidad que me distingue, me pregunte: ¿Existe acaso un lugar seguro? ¿Puede alguien tener la certeza de saber cual es? ¿Quién quita que buscando resguardarme debajo de un carro, sea justo allí, adonde va a parar una de esas balas que llaman perdidas. Con ese criterio en la cabeza, rechacé de plano protegerme y me conduje como si nada estuviera ocurriendo. No es que crea en tonterías o estupideces como el destino o cosas parecidas. Más bien, lo mío tiene que ver con la casualidad, con el azar, con lo circunstancial.
Quizás se juzgue con malos ojos, mi fría objetividad ante en un asunto tan serio y triste como es la muerte; pero es que mi madurez para enfrentar ese hecho parece haber nacido conmigo. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo? la gente muere y ya.
Tomémoslo así de simple: la muerte, si no nos agarra de noche mientras dormimos, se va de incógnita y de manitos con nosotros durante el día, cual amiguita panadería; entonces, en el rincón menos esperado, en cualquier esquina, sin que cuenten las pocas o muchas primaveras vividas, o cuan rozagante y saludable te veas, o las ganas de vivir que tengas, revierte el engañoso compañerismo y mediante uno de sus multifacéticos modos de manifestarse, nos asalta el latido.
Igual me sucede con las enfermedades. En ese aspecto también estoy muy clarita. Es un pedido familiar: conmigo, si fuera el caso, nada de estarme dorando la píldora con diagnósticos disfrazados. Eso me parece una falta de seriedad y de respeto a mi condición de adulta. Estoy preparada para lo que venga. Tampoco quiero que utilicen tubos, oxigeno, agujas, sondas, choques eléctricos o cualquier otro medio de terapia intensiva, que de largas a una agonía o arruine sus economías.
Este barullo de carreras, gritos y aspavientos, tuvo lugar cuando el encargado de mantenimiento entró a la oficina con los ojos desorbitados informándonos sobre un posible incendio. Algo que tenía que ver con la explosión de unos transformadores ubicados en el pasillo de la planta baja. Según sus propias palabras, debíamos evacuar lo más urgente posible, pues corríamos un peligro inminente. Sin esperar una segunda orden, todos se apoderaron de sus pertenencias y a correr se ha dicho.
Dueña absoluta de mis actos, pongo en orden los documentos que minutos antes acaparaban mi atención profesional; saco la polvera y el lápiz labial de mi cartera y como normalmente hago cuando me retiro de la oficina, retoqué mirándome en el espejito los tonos de mi maquillaje. A Todas estas, noto que en la oficina ya no queda un alma. Por último, esparcí en mis brazos y el cuello mi fragancia favorita. Entonces fue cuando decidí partir, pues, tampoco es que tenga propensión hacia la profesión de bombera.
A mi paso, es decir sin prisa, me encamino hacia el umbral de la escalera. De repente, una explosión me sacude completa. Una ola de humo mezclada con un fuerte olor a cable chamuscado sube a través de la escalera y me golpea en la cara. Miro hacia abajo y comprendo que una temible oscuridad cenizosa me aguarda. Como no tiene ningún sentido postergar lo que a la vista no me ofrece más opciones, aferrada al pasamano me lanzo escaleras abajo. Adentrada en la negrura que me oculta la escalera, igual que una ciega pero inexperta y temblorosa, para no caer de boca mido con los pies peldaño a peldaño. En los últimos peldaños, medio asfixiada y sufriendo los rigores de la falta de oxigeno, pienso en mis compañeros de trabajo. Envidio al grado de soltar el llanto, sus oportunos y sanos instintos. Una vez ganada la planta baja, por fin diviso tras la densa humareda la deprimente luz que proviene de la calle. Desesperada y en una sola carrera, pues mis fuerzas están a escasos segundos de abandonarme, me pongo en la puerta de salida; y también de una sola bocanada me puse en el botín más preciado de este mundo, no juegue: la vida
jueves, 20 de agosto de 2009
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Lo escuché en voz alta!! tipo narración de cuento. excelente!!!! 20 puntos!!! buenísimo
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