En un pueblito enclavado en las tropicales costas mirandinas, mientras se asoleaban recostados en sendas sillas de extensión, Alicia y Pastor disfrutaban a sus anchas de una corta vacación. Unos cuantos roncitos, y ya se pusieron querendones y picoretos.
A pesar del tiempo transcurrido, y segura de un pasado que no se repetiría, ella se atrevió a comentar.
—Y pensar que por culpa de aquella rochelita tuya, estuvimos a punto de divorciarnos.
Para sacarle el cuerpo a una conversación que se proyectaba embarazosa, él se hizo el loco y no le contestó. No obstante, ella no quiso desperdiciar la atrevida iniciativa, sobre todo porque el momento era propicio, pues su marido estaba blandito y de buen humor.
—Dime Pastor, ¿Quién fue aquella mujer?
—¡Pero bueno Alicia! Que broma tan seria contigo. Que ganas de echar a perder el rato tan sabroso que estamos pasando.
—Es que siempre he tenido esa curiosidad; si me lo dijeras hoy en día, no me pondría brava.
—Vas a seguir con ese calamar.
—Está bien, esta bien, no te molesto más. —Pero algo picada por el corte, ella insistió—. Pero prométeme que si por circunstancias de la vida la muerte te acontece antes que a mi, y tienes la oportunidad, me lo dirás.
—Sólo a ti se te ocurre una locura como esa —Pero dispuesto a sacudirse un tema que lo ponía bastante nervioso, continuó diciéndole—: No entiendo que vas a ganar, pero bueno, si eso te hace tan feliz, te lo prometo. Mejor dicho: “Te lo juro por Dios”. Te lo juro por Dios que cuésteme lo que me cueste, y aunque sea lo último que diga en mi lecho de muerte, te lo diré. Pero eso sí, de aquí en adelante, no se hable más del asunto. ¡Ah! Otra cosa, ahora no es que te la vas a pasar la vida deseándome la muerte, sólo por darle gusto a esa morbosa y malsana curiosidad.
Alicia puso los ojitos de felicidad que pondría un niño cuando después de mucho pedirlo, le ponen en las manos una barquilla con tres raciones de helado. Luego para darle más legitimidad a las palabras de Pastor, remató.
—Trato hecho, pero no lo olvides, juramento es juramento.
Entretenidos en una esplendida relación de pareja, transcurrió el tiempo. Juntos planificaron buena parte de sus vidas, disfrutaron sus triunfos y sobrellevaron sus penas. Juntos vieron florecer la adolescencia de sus hijos. Pastor no volvió a dar señales de infidelidad, hasta esa noche, cuando parecía dormir profundamente. Ella se disponía a igualarlo cuando de pronto, en medio de una extraña agitación, él le tomó fuertemente la mano. Entusiasmada por la evolución que pudiera tener ese contacto, ella le respondió con más fuerza el apretón. En esto, él empezó a murmurar:
—Este… Estefa…Estefanía…Estefanía Monta… Monta…
Alicia no pudo soportar más. Con un movimiento brusco se zafó y salió disparada por la ira de la habitación. Sin preocuparse por los vecinos, quienes a gritos le exigían silencio y consideración, se llevó por delante cuanto perol inanimado estuvo a su alcance. Como si quisiera batir un record en estropicio, hizo trizas contra el piso, jarrones, muñecos, ceniceros y demás enseres decorativos. Sólo al reflexionar sobre la ardua jornada que le esperaba por la mañana, decidió parar. En cuanto a la reacción del lúbrico soñador, se quedó frustrada, por cuanto ésta fue similar a la de una tapia.
Sentada en un sofá y con la rabia atragantada, vio clarear el día. Sin más, se dirigió a la habitación y jamaqueó a Pastor varias veces. Como lo sintió muy rígido pensó que estaba jugándole una broma, entonces, lo sacudió con más vigor. Al notar que el asunto parecía serio, lo miró detenidamente a los ojos. Fue cuando comprobó con espanto y horror que Pastor tenía las pupilas completamente fijas. O sea, tenía unos ojos que no la volverían ver jamás.
Los días siguientes, Alicia no tuvo más cabeza sino para la tristeza y las diligencias relativas a una defunción.
Descansaba del penoso trajín, y con la mente despejada se puso a rememorar los últimos instantes vividos con Pastor. Recordó su proximidad, su mano fuerte y calida, su voz apasionada. Se disponía a ofrecerle un perdón póstumo, cuando de repente tuvo una revelación: “¡Pero cómo! ¿Será posible? Si, sí, por supuesto, eso fue. Como no me di cuenta. Estefanía… Estefanía… que otra cosa podía ser. Pero ¿Estefanía qué?”. Tenaz en sus recuerdos, se exprimió la memoria hasta rescatar la siguiente parte de la murmuración: Monta… Monta… Centrada en ese nuevo dato, analizó nuevamente todas aquellas pistas dejadas en plena róchela por el descuido de su marido. Ató todos los cabos sueltos posibles. Finalmente, minuciosas asociaciones la condujeran a una sola persona. Como si el tiempo se acabara en apenas minutos, en una sola carrera se calzó, salió directo hacia el ascensor y marcó el piso tres. En la puerta donde tocó el timbre, una mujer de buen porte la atendió amistosamente.
—¡Alicia!, tú por aquí. Que sorpresa.
Alicia, con una voz meliflua y sin mediar más palabras, le preguntó de sopetón:
—Estefanía, dime una cosa ¿cual es tu apellido?
—Montañez, ¿por qué?
La fuerte cachetada que le asestó Alicia, la dejó con la cara volteada exhibiendo un adolorido y caricaturesco perfil.
sábado, 21 de noviembre de 2009
COINCIDENCIAS
A Ernesto no le importó que Beatriz se encontrara ocupada en una reunión, para tomarse la libertad de abrirle la cartera y apropiarse de las llaves de su camioneta. Al contrario, mejor no le pudo salir, pues la ocasión se la ponía facilita. Seguro ella no comprendería su urgencia y se las iba a negar. Al parecer, a ella no le faltaban razones, pensaba con toda certeza que su marido tenía la pata dura con los vehículos. Era una fija, cada vez que se la prestaba —después de mucho pensarlo—, él se la devolvía con un desperfecto o ruido raro. Entonces, aparte de sufrir la consabida parada obligatoria, además le costaba sus buenos reales ponerla a andar de nuevo.
Ernesto abandonó la oficina bajo la presión de las fulminantes miradas que las compañeras de Beatriz le dirigieron, y es que, algunos antecedentes las predisponían. Ocho o más horas de rutina oficinesca, también permitía que este grupo de trabajadoras compartiera algunas confidencias, las cuales por lo general giraban en torno al núcleo familiar; y con predilección: los disgustos sufridos con el cónyuge.
En la carrera por salir, Ernesto pasó por alto un dato importante: “¿dónde habrá dejado Beatriz estacionada la camioneta?” Devolverse fue una posibilidad, descartada de inmediato. Eso sería como tirar por la borda la buena suerte que hasta ahora lo acompañaba. Sin embargo las dudas sobre este misterio se disiparon cuando se acordó que ella siempre la estacionaba en las inmediaciones del edificio. Sólo sería cuestión de echar un vistazo para ubicarla y asunto arreglado.
Y efectivamente, así fue como Ernesto se puso feliz de la vida en el pretendido vehículo. Aparte de otras señas particulares que prácticamente tipifican este modelo en particular, también capturó al vuelo el último serial de la placa. Aunque tuvo cierta dificultad para hacer circular la llave por la cerradura, quizá debido a su ansiosa torpeza, en minutos puso en marcha el motor.
En pleno retroceso, escuchó el repique de un celular. Detuvo la marcha y dirigido por la vibrante onda, levantó una carpeta que se hallaba en el asiento del copiloto. En voz alta, tan impresionado quedó al ver el diminuto equipo de avanzada tecnología, dijo:
—¡Tremendo celular se compró Beatriz!
Mientras lo manipulaba también pensó: “¿Por qué no me habrá comentado nada? Bueno, a lo mejor, con lo olvidadiza que anda últimamente, el otro lo dejó botado por ahí y no quiere fastidiarse con mis recriminaciones. Entre pensar y mirar el lujoso aparatito, no se percató del conductor que esperaba impaciente su salida para ocupar el puesto. En vista de no haber logrado la comunicación verbal, quien llamó optó por dejar un mensaje. Ernesto no pudo contener la ponzoñosa curiosidad y para su desgracia se puso en el texto del mensaje, el cual decía: “Mi amor, no te demores mucho en la oficina, estoy ansioso por verte, así nos reímos otro tanto del pelele de tu marido”.
Posiblemente la buena salud fue el pilar que salvaguardó la vida de Ernesto, porque la denigrante lectura lo dejó a un paso de caer fulminado por un sincope. Mientras se debatía en una sucesión de aplastantes fases negativas, golpeaba y estremecía el volante como si quisiera arrancarlo de su base. En esto, el conductor que aguardaba perdió la paciencia y se acercó para averiguar si por fin salía o no. Pero al observar la descontrolada actitud de Ernesto, entre piadoso y alarmado más bien le preguntó:
—¿Amigo, le sucede algo?
Mordida entre los dientes, y como soplada de entre las fauces de un demonio, Ernesto le respondió:
—Vete para la mismísima miiierda.
Si bien la bocanada escatológica en apariencia lo calmó, en realidad no fue así. Aunque estuvo varios minutos derrumbado sobre el volante en aparente laxitud, su cabeza era un remolino tramando la venganza. Más pronto de lo que cualquiera pudiera imaginarlo, Ernesto repararía su aporreada dignidad. Decidió que su vida de carnudo sería muy corta; tan corta que no pasaría de ese día.
Con algunas herramientas en la mano, y poniéndose a salvo de miradas comprometedoras, realizó algunos ajustes, o mejor dicho desajustes mecánicos. En fin, en tales condiciones dejó la camioneta, que las probabilidades del conductor de llegar sano y salvo a su destino, eran bastante precarias.
De la misma manera como se puso en ellas, Ernesto devolvió las llaves. En la oficina no hubo quien no se cruzara una mirada de asombro. Aquel hombre parecía otro. Como si en esos escasos minutos, una repentina y devastadora vejez lo hubiera transformado. Con la mirada baja, salió de la oficina.
Antes de tomar un taxi, Ernesto quiso ver por última vez el arma ejecutora de su venganza. Pero se quedó estupefacto al comprobar que ésta ya no se encontraba en el lugar.
—¡Carajo! Se robaron la camioneta de Beatriz.
Justo ella salía de la reunión, cuando el llegó para ponerla al tanto del robo, y como si esa fuese su única preocupación le dijo muy conmovido:
—Beatriz, acaban de robarte la camioneta.
—¡Pero cómo es posible! ¿De la casa? Si hoy no me la traje, porque no la pude prender.
Sin pensar en la suerte que en esos momentos corría la verdadera dueña de la camioneta, Ernesto se aferró a Beatriz en un interminable y sofocante abrazo.
La inoportuna escena amorosa provocó tal número de risitas indiscretas entre los presentes, que hicieron flamear de rubor el rostro de Beatriz. Una reacción de su marido que en lo futuro, jamás comprendería.
Ernesto abandonó la oficina bajo la presión de las fulminantes miradas que las compañeras de Beatriz le dirigieron, y es que, algunos antecedentes las predisponían. Ocho o más horas de rutina oficinesca, también permitía que este grupo de trabajadoras compartiera algunas confidencias, las cuales por lo general giraban en torno al núcleo familiar; y con predilección: los disgustos sufridos con el cónyuge.
En la carrera por salir, Ernesto pasó por alto un dato importante: “¿dónde habrá dejado Beatriz estacionada la camioneta?” Devolverse fue una posibilidad, descartada de inmediato. Eso sería como tirar por la borda la buena suerte que hasta ahora lo acompañaba. Sin embargo las dudas sobre este misterio se disiparon cuando se acordó que ella siempre la estacionaba en las inmediaciones del edificio. Sólo sería cuestión de echar un vistazo para ubicarla y asunto arreglado.
Y efectivamente, así fue como Ernesto se puso feliz de la vida en el pretendido vehículo. Aparte de otras señas particulares que prácticamente tipifican este modelo en particular, también capturó al vuelo el último serial de la placa. Aunque tuvo cierta dificultad para hacer circular la llave por la cerradura, quizá debido a su ansiosa torpeza, en minutos puso en marcha el motor.
En pleno retroceso, escuchó el repique de un celular. Detuvo la marcha y dirigido por la vibrante onda, levantó una carpeta que se hallaba en el asiento del copiloto. En voz alta, tan impresionado quedó al ver el diminuto equipo de avanzada tecnología, dijo:
—¡Tremendo celular se compró Beatriz!
Mientras lo manipulaba también pensó: “¿Por qué no me habrá comentado nada? Bueno, a lo mejor, con lo olvidadiza que anda últimamente, el otro lo dejó botado por ahí y no quiere fastidiarse con mis recriminaciones. Entre pensar y mirar el lujoso aparatito, no se percató del conductor que esperaba impaciente su salida para ocupar el puesto. En vista de no haber logrado la comunicación verbal, quien llamó optó por dejar un mensaje. Ernesto no pudo contener la ponzoñosa curiosidad y para su desgracia se puso en el texto del mensaje, el cual decía: “Mi amor, no te demores mucho en la oficina, estoy ansioso por verte, así nos reímos otro tanto del pelele de tu marido”.
Posiblemente la buena salud fue el pilar que salvaguardó la vida de Ernesto, porque la denigrante lectura lo dejó a un paso de caer fulminado por un sincope. Mientras se debatía en una sucesión de aplastantes fases negativas, golpeaba y estremecía el volante como si quisiera arrancarlo de su base. En esto, el conductor que aguardaba perdió la paciencia y se acercó para averiguar si por fin salía o no. Pero al observar la descontrolada actitud de Ernesto, entre piadoso y alarmado más bien le preguntó:
—¿Amigo, le sucede algo?
Mordida entre los dientes, y como soplada de entre las fauces de un demonio, Ernesto le respondió:
—Vete para la mismísima miiierda.
Si bien la bocanada escatológica en apariencia lo calmó, en realidad no fue así. Aunque estuvo varios minutos derrumbado sobre el volante en aparente laxitud, su cabeza era un remolino tramando la venganza. Más pronto de lo que cualquiera pudiera imaginarlo, Ernesto repararía su aporreada dignidad. Decidió que su vida de carnudo sería muy corta; tan corta que no pasaría de ese día.
Con algunas herramientas en la mano, y poniéndose a salvo de miradas comprometedoras, realizó algunos ajustes, o mejor dicho desajustes mecánicos. En fin, en tales condiciones dejó la camioneta, que las probabilidades del conductor de llegar sano y salvo a su destino, eran bastante precarias.
De la misma manera como se puso en ellas, Ernesto devolvió las llaves. En la oficina no hubo quien no se cruzara una mirada de asombro. Aquel hombre parecía otro. Como si en esos escasos minutos, una repentina y devastadora vejez lo hubiera transformado. Con la mirada baja, salió de la oficina.
Antes de tomar un taxi, Ernesto quiso ver por última vez el arma ejecutora de su venganza. Pero se quedó estupefacto al comprobar que ésta ya no se encontraba en el lugar.
—¡Carajo! Se robaron la camioneta de Beatriz.
Justo ella salía de la reunión, cuando el llegó para ponerla al tanto del robo, y como si esa fuese su única preocupación le dijo muy conmovido:
—Beatriz, acaban de robarte la camioneta.
—¡Pero cómo es posible! ¿De la casa? Si hoy no me la traje, porque no la pude prender.
Sin pensar en la suerte que en esos momentos corría la verdadera dueña de la camioneta, Ernesto se aferró a Beatriz en un interminable y sofocante abrazo.
La inoportuna escena amorosa provocó tal número de risitas indiscretas entre los presentes, que hicieron flamear de rubor el rostro de Beatriz. Una reacción de su marido que en lo futuro, jamás comprendería.
lunes, 31 de agosto de 2009
EXTRAÑA CONVERSACIÓN
Hace algún tiempo son buenas vecinas. Nora siempre recuerda cuando Dalia llegó con el rostro pálido y desencajado. Observadora como siempre fue del buen vestir, admiró su elegancia. Se fijó que estaba al día con la moda; aunque ahora le pareciera harto casera: “Con seguridad fue elegida cuidadosamente, entre lo mejor de su percha”. En cuanto al pachulí, pese a lo estandarizado y muy reconocido en los predios, nunca ha podido ambientarse. Antes de darle la bienvenida, Nora consideró prudente esperar a que ella se adaptara a la nueva morada: “Al principio, ese tipo de mudanza pega”, pensó con lástima. Pero también, por una facultad muy especial y propia a su condición, Nora supo percibir a primera vista cuánto le iba a costar entablar una amistad con ella. Franquear el muro que la arropaba, sería un trabajo de muchos días. Su agudeza también le dijo que Dalia pertenecía a ese tipo de personas tan aferradas a sus pesares, que son capaces de acarrear con ellos a donde quiera que fuesen; como si estuvieran cosidos con minuciosas puntadas de acero en cada filamento de su piel; luego les cubre el alma como un pesado velo cenizoso. Por eso le tuvo paciencia. Después, poco a poco se le fue metiendo hasta arrancarle el habla que había dejado en ese otro lugar.
Ese día Dalia tuvo visita. No era la primera vez que Nora se angustiaba al notar el parco recibimiento que ésta le dispensaba al regular visitante. Entonces, al respecto le comentó:
—Disculpa Dalia, sé que es algo personal y no quisiera ser metiche, pero es que… estando tan cerca me es imposible dejar de escuchar. Siento mucha pena por él. Nunca he visto llorar tanto a un hombre.
—Llorar no lo exime de culpa —Le contestó Dalia, muy convencida de su proceder.
—Eres demasiado injusta con él.
—No te dejes engañar, esas son lagrimas de cocodrilo.
—No hay que ser tan conocedor del dolor humano, para darse cuenta de la sinceridad que encierran esas lagrimas. Es hora de que le hagas sentir tu perdón. El mismo Dios en persona, lo hubiera perdonado.
—Pues que venga él, así sale de una buena vez de su eterno escondite.
—No blasfemes, chica, ¿tú qué crees? después de todo lo que hizo, bien se merece un descansito.
—¿Te refieres al séptimo día? porque si es por eso no le veremos la cara nunca. Tomando en cuenta el extraordinario rendimiento de su trabajo, otro sol más grande y luminoso lo guiara. Así que olvídate Nora, ese no ha tenido lugar para revisar su obra, pues, en las magnitudes de tiempo y espacio en las cuales se desenvuelve, un segundo debe ser algo parecido a unos cuantos siglos de los nuestros. Y si no me equivoco, su día de descanso apenas comienza. En cuanto a mi marido, se va ha tener que conformar con el perdón que yo le dé, y eso será cuando me salga del forro. No hace falta hallarse en tan altas esferas del universo para darse postín.
— ¡Oye! ¡Oye!, yo sé que a nosotras, aunque no de la misma manera el tiempo también nos favorece, pero no te pases.
Dalia prefirió no contestarle. Le parecía que su amiga se estaba inmiscuyendo demasiado en un asunto que no le concernía. Sin embargo a Nora, las ganas de interceder a favor del marido de ésta, no le cerraron la boca:
—Yo misma he estado tentada en darle unas palmaditas en la espalda para consolarlo, pero…
Al oírla, Dalia la fulminó con su mirada cavernosa. Tras recapacitar el disparate contenido en sus palabras, Nora quiso rectificar, pero Dalia le aseveró con indignación:
— ¡Estás loca! Ni se te ocurra hacer algo semejante, mira que me lo espantas, y no quiero que me quites el gustito.
—Está bien, está bien, ya sé, es que… a veces se me olvida.
—Umjú... ya me di cuenta.
Nora no bajó la guardia en cuanto a buscar fórmulas para amansar a Dalia. Intereses muy ocultos que tenían que ver con la salvación del alma, y en consecuencia, el ansiado pasaporte sin escala al cielo, la motivaban: “¡nadie sabe!, quién quita que mientras esperamos, aún cuenten las buenas obras”.
—Dalia, tienes que arrepentirte de tus pecados, esa amargura te va a matar.
— ¿Qué dijiste? ¡Ubícate chica!
—Perdón… Otra vez yo con mis enredos de ubicación.
—Últimamente estás muy olvidadiza.
—Dalia, perdona que insista, pero a ti te convendría salir a pasear un poco por los alrededores, compartir con la vecindad. Te la pasas metida en ese hueco.
Apenas escuchó la propuesta de su amiga, Dalia le dio un vistazo telegráfico al panorama y se sacudió vigorosamente con asco. Nora, cautelosa se echó para atrás, no fuera que de tanto agitarse a ésta se le desprendiera un hueso como proyectil. Mientras, la escuchó decir.
— ¡Ay no, que horror!, no soportó tanta giba suelta.
—Mira quien lo dice —le dijo Nora, mirándole de reojo el espinazo que ya sobresalía por entre su ropa. Luego, para bajarle los humos de reina de belleza.
— Como se nota la falta de espejos.
—Dalia, aunque cayó en cuenta por dónde venía el insulto, se hizo la desentendida y le replicó:
—A mí nunca me gustó tratar con viejos.
—¿Y que esperabas tú? Se supone que lo usual es llegar aquí renqueando y con el lomo apuntando al cielo como una montaña rusa. Además, quien te manda a estar adelantando los acontecimientos —Luego entre suspiros—: En cambio yo… cuanto no hubiera dado por llegar aquí con una jorobita de esas. Si hasta bonitas me parecen. Si no hubiera sido por la loca aquella que se me atravesó en la carretera...
—Tonta, mi situación no era como para estar pensando en esas cosas.
—No creo que exista en el mundo, ningún tipo de causa lógica, que justifique semejante acto.
—Ahora si pues, me acomodé yo con esta huesuda apestosa. Lástima que aquí no me funcione el mismo método para quitarme las molestias de encima. Bueno, bueno, cambiando de tema, tú que sabes tanto sobre el particular, ¿qué noticias tienes referente a el supuesto Juicio Final; estoy desesperada por saber en que va a parar lo mío.
—Yo tú, con un expediente tan gordo como el que trajiste bajo el brazo, no estaría tan apurada, más bien, todo lo contrario, me estaría haciendo la loca.
—Cualquier sentencia por mala que sea, es preferible a permanecer en esta eterna espera. En fin, ahora mejor ocúpate de lo tuyo, mira que por ahí veo venir a tu marido y ese también es tremendo llorón. A propósito, que bello el ramo de flores que te trae.
—Verdad, ¡que bello!, la broma es que no sé ¿dónde me lo irá a poner? porque esta mañana me robaron el florero de la lápida.
Ese día Dalia tuvo visita. No era la primera vez que Nora se angustiaba al notar el parco recibimiento que ésta le dispensaba al regular visitante. Entonces, al respecto le comentó:
—Disculpa Dalia, sé que es algo personal y no quisiera ser metiche, pero es que… estando tan cerca me es imposible dejar de escuchar. Siento mucha pena por él. Nunca he visto llorar tanto a un hombre.
—Llorar no lo exime de culpa —Le contestó Dalia, muy convencida de su proceder.
—Eres demasiado injusta con él.
—No te dejes engañar, esas son lagrimas de cocodrilo.
—No hay que ser tan conocedor del dolor humano, para darse cuenta de la sinceridad que encierran esas lagrimas. Es hora de que le hagas sentir tu perdón. El mismo Dios en persona, lo hubiera perdonado.
—Pues que venga él, así sale de una buena vez de su eterno escondite.
—No blasfemes, chica, ¿tú qué crees? después de todo lo que hizo, bien se merece un descansito.
—¿Te refieres al séptimo día? porque si es por eso no le veremos la cara nunca. Tomando en cuenta el extraordinario rendimiento de su trabajo, otro sol más grande y luminoso lo guiara. Así que olvídate Nora, ese no ha tenido lugar para revisar su obra, pues, en las magnitudes de tiempo y espacio en las cuales se desenvuelve, un segundo debe ser algo parecido a unos cuantos siglos de los nuestros. Y si no me equivoco, su día de descanso apenas comienza. En cuanto a mi marido, se va ha tener que conformar con el perdón que yo le dé, y eso será cuando me salga del forro. No hace falta hallarse en tan altas esferas del universo para darse postín.
— ¡Oye! ¡Oye!, yo sé que a nosotras, aunque no de la misma manera el tiempo también nos favorece, pero no te pases.
Dalia prefirió no contestarle. Le parecía que su amiga se estaba inmiscuyendo demasiado en un asunto que no le concernía. Sin embargo a Nora, las ganas de interceder a favor del marido de ésta, no le cerraron la boca:
—Yo misma he estado tentada en darle unas palmaditas en la espalda para consolarlo, pero…
Al oírla, Dalia la fulminó con su mirada cavernosa. Tras recapacitar el disparate contenido en sus palabras, Nora quiso rectificar, pero Dalia le aseveró con indignación:
— ¡Estás loca! Ni se te ocurra hacer algo semejante, mira que me lo espantas, y no quiero que me quites el gustito.
—Está bien, está bien, ya sé, es que… a veces se me olvida.
—Umjú... ya me di cuenta.
Nora no bajó la guardia en cuanto a buscar fórmulas para amansar a Dalia. Intereses muy ocultos que tenían que ver con la salvación del alma, y en consecuencia, el ansiado pasaporte sin escala al cielo, la motivaban: “¡nadie sabe!, quién quita que mientras esperamos, aún cuenten las buenas obras”.
—Dalia, tienes que arrepentirte de tus pecados, esa amargura te va a matar.
— ¿Qué dijiste? ¡Ubícate chica!
—Perdón… Otra vez yo con mis enredos de ubicación.
—Últimamente estás muy olvidadiza.
—Dalia, perdona que insista, pero a ti te convendría salir a pasear un poco por los alrededores, compartir con la vecindad. Te la pasas metida en ese hueco.
Apenas escuchó la propuesta de su amiga, Dalia le dio un vistazo telegráfico al panorama y se sacudió vigorosamente con asco. Nora, cautelosa se echó para atrás, no fuera que de tanto agitarse a ésta se le desprendiera un hueso como proyectil. Mientras, la escuchó decir.
— ¡Ay no, que horror!, no soportó tanta giba suelta.
—Mira quien lo dice —le dijo Nora, mirándole de reojo el espinazo que ya sobresalía por entre su ropa. Luego, para bajarle los humos de reina de belleza.
— Como se nota la falta de espejos.
—Dalia, aunque cayó en cuenta por dónde venía el insulto, se hizo la desentendida y le replicó:
—A mí nunca me gustó tratar con viejos.
—¿Y que esperabas tú? Se supone que lo usual es llegar aquí renqueando y con el lomo apuntando al cielo como una montaña rusa. Además, quien te manda a estar adelantando los acontecimientos —Luego entre suspiros—: En cambio yo… cuanto no hubiera dado por llegar aquí con una jorobita de esas. Si hasta bonitas me parecen. Si no hubiera sido por la loca aquella que se me atravesó en la carretera...
—Tonta, mi situación no era como para estar pensando en esas cosas.
—No creo que exista en el mundo, ningún tipo de causa lógica, que justifique semejante acto.
—Ahora si pues, me acomodé yo con esta huesuda apestosa. Lástima que aquí no me funcione el mismo método para quitarme las molestias de encima. Bueno, bueno, cambiando de tema, tú que sabes tanto sobre el particular, ¿qué noticias tienes referente a el supuesto Juicio Final; estoy desesperada por saber en que va a parar lo mío.
—Yo tú, con un expediente tan gordo como el que trajiste bajo el brazo, no estaría tan apurada, más bien, todo lo contrario, me estaría haciendo la loca.
—Cualquier sentencia por mala que sea, es preferible a permanecer en esta eterna espera. En fin, ahora mejor ocúpate de lo tuyo, mira que por ahí veo venir a tu marido y ese también es tremendo llorón. A propósito, que bello el ramo de flores que te trae.
—Verdad, ¡que bello!, la broma es que no sé ¿dónde me lo irá a poner? porque esta mañana me robaron el florero de la lápida.
UNA FILIACION INUSUAL
Escoger entre la ruma de piezas de vestir que se midió, fue una tarea ardua para esta chica. Le gustaban todas. Mientras estuvo frente al espejo entre risas y grititos atiplados exhibió un número de poses de tal índole, que más bien parecía encontrarse en una sesión de fotos para un almanaque caliente.
Se disponía abandonar el probador, cuando de pronto le llamó la atención una hoja de papel cuidadosamente doblada tirada en el piso. Al desplegarlo, observó que se trataba de una carta escrita a mano y de corta extensión. Como por lo regular le aburría mucho leer, tuvo la intención de desecharla, pero encontrar su nombre reseñado en la primera línea atrapó su atención. Se hallaba en plena lectura cuando la empleada, extrañada por la irregular tardanza, le tocó la puerta del cubículo para preguntarle si necesitaba ayuda. La interrupción, aunque obvia, inmediatamente la desconcentró. Dejó a un lado la lectura y le devolvió la mercancía que a duras penas había descartado. Mediante un contoneo de caderas que sobrepasaba los limites normales de la naturaleza femenina, se dirigió hacia la caja para efectuar el pago. Sin embargo, estando frente a la caja, se presentó una situación fuera de lo común.
—Oiga, oiga, señorita, por favor es con usted, ¿qué le sucede, le estoy hablando? Necesito que me diga su nombre.
Era la cuarta vez que la cajera trataba inútilmente de obtener el nombre de esta chica.
Pendiente de cuanto acontecía, la siguiente en la cola se vio precisada a colaborar, hundiéndole fuertemente el dedo en la espalda.
Por el brinco que `pegó, se diría que esta chica fue expulsada a fuerza de mazazos de alguna caverna del reino de Guzilandia por el propio Trucutú. Flechada por la lluvia de malos ojos que se ganó por parte de quienes en balde se quedaron esperando alguna excusa cortes, tomó la bolsa y se retiró.
¿Pero que sucede? Ahora esta chica se detiene repentinamente en medio de un extraño azoramiento. Encogida por un visible pudor, mira de reojo hacia todos lados como si la hubieran pescado en un acto indecoroso o de mal proceder. Con los dedos temblorosos se abotona la blusa hasta el cuello, se recoge el pelo con un gancho que saca de la cartera y de varios estirones desenrolla las vueltas que ataban el largo de su falda a la cintura. Luego, cuando derecha y tiesa igual que una escoba se dirige en dirección a la salida, se fija con sorpresa en el papel que muy arrugado y apretado aún llevaba en la mano; y como si lo hiciera por primera vez, empezó a leer desde el principio su contenido.
A mis hermanas Clara y Diana: Se acabó. Hasta aquí las acompaño. He comprendido lo dañina que soy para ustedes, y por el bien de todas debo sacrificarme. Pero antes deben saber algunas cosas de mí. Basta ya de esconder la cabeza como un avestruz cada vez que me presienten. Nadie se mete secretamente en nuestra casa como algunas veces han pretendido explicarse. Diana, yo soy quien rompe y desaparece tus vestidos incitadores del pecado. Yo soy la que derrama tus perfumes y destroza con las tijeras esos hilitos vulgares y sucios que usas como prenda intima. Yo soy la que te golpea y te infringe las heridas que luego debes cubrir con rigurosos vestidos hasta que sanan. Clara, a ti también debo confesarte algunas de mis maldades; pero es que últimamente me tienes muy irritable. Yo fui la que destruyó aquellas pruebas que debías corregir para el día siguiente y por las cuales lloraste toda la noche. Pero, ¿qué sentido tiene que por un lado te portes como una profesora decente y por el otro te dejes influenciar por la pervertida de Diana? Me aterra pensar en lo que vas a terminar, pues últimamente andan tan juntas que ya no sé distinguirlas. Reconozco que mi rabia ya no tiene control, al punto de temer por sus vidas. En fin, dejo en sus manos tan dolorosa resolución. Adiós, Leonor.
El innegable contenido suicida de la escritura, inmediatamente la invadió de pena. Como si se tratara de un familiar o persona muy querida, se prometió hacer lo que estuviera a su alcance para evitar ese triste y fatal desenlace.
En medio de ese frenesí altruista y llena de buenos presagios, supuso que cabía la posibilidad de encontrar aún en la tienda a la persona que había extraviado la carta. Una a una fue interrogando a cuanta clienta se encontró en el camino. Aparte de unos cuantos “no” secos, medidos por la distancia y el recelo de quien teme ser embaucado por algún truco o paquete chileno, no faltó quien se identificara con la buena causa. Quizás, una de esas personas capaces de todo, con tal de ponerle fin al aburrimiento que igual las está matando en casa.
Pues bien, después de leer un par de veces la susodicha carta con la boca abierta y pitando como una asmática, esta mujer, deseosa de hacerle el quite casi se la arrebata. Por instantes, durante una lucha disimulada ambas mujeres se disputaron su propiedad, pero frente a un altruismo tan monopolizado, quien la secundo debió conformarse con el pedacito que le quedó en la mano, correspondiente a una de sus esquinas.
Sin dejarse amilanar por lo insulsa que resultó la indagación, pensó en otras opciones, adonde inmediatamente se dirigió.
La cajera, con un antecedente tan fresco como el que tenía de ella, apenas la vio acercarse sin darle oportunidad para introducirse, torció la boca y se enfrascó en su trabajo. Pero después se puso más inteligente y comprendió que la única manera de quitársela de encima era precisamente atendiéndola. De mal talante, pues no estaba para disimulos, chequeó entre la facturación reciente. Al constatar que tal cual había una factura que coincidía con uno de los nombres reflejados en la carta, muy apuradita y en una orilla le apuntó el número de teléfono de servicio fijo que encontró. Pero de pronto, a punto de entregárselo una gran duda la invadió. Con los ojos muy abiertos y la voz entrecortada, le preguntó.
—Pero no entiendo, que raro... a mi me parece que usted misma fue...,si mal no recuerdo...
No obstante, la clientela cansada de golpear el piso con los pies para compensar la inusitada demora, empezó a reclamarla. Obligada a cumplir con su deber, arrugó la cara y dejó la intriga en suspenso.
Antes de marcar en su celular el número telefónico, el cual captó al vuelo, esta chica creyó conveniente meditar un poco sobre las palabras que mejor convendrían dirigirle a su interlocutora, suponiendo que fuese precisamente Leonor. De hecho, a tal punto se compenetró en la escena que se la imaginó recostada en un cómodo diván de suave cretona, con la cabeza apoyada en un almohadón de plumas, y ella a punto de soltarle en una sola sesión todo un tratamiento psicoterapéutico capaz de persuadir al más obstinado de los suicidas. Pero al otro lado de la línea sin repiques se activó la contestadota automática, entonces cortó la comunicación. Inmediatamente, más resuelta, volvió a intentarlo y dejó el siguiente mensaje: “Leonor, por favor no lo hagas, recapacita, no cometas semejante locura. Leonor, por favor escúchame, tus hermanas te necesitan, no las abandones. Leonor sólo que debes ser más comprensiva con ellas, háblales, seguro se entenderán”.
Como en ocasiones el médico después de darle de alta a un paciente lo despide con una palmadita en el hombro, esta chica también quiso hacer lo mismo con la suya, leyendo nuevamente la carta. Pero al finalizar ocurrió algo insólito que atrajo las miradas de todos los allí presentes. Tras hacer trizas la carta y pisotear los pedazos repetidamente como si se tratara de algo que le costara mucho matar, dijo con gritos histéricos.
—Muere maldita, sal de mi vida, déjame vivir en paz. Muere...Muere
Igual que un perro rabioso, recogió los pedazos, se los metió en la boca y los masticó hasta hacerlos papilla. Por último los escupió lejos envueltos en un salivazo.
Al día siguiente, las huellas de un trasnocho muy activo, retrasaban las obligaciones habituales de esta chica. Un zapato atravesado la hizo trastabillar. Con los pies y al tiempo que vociferaba su desagrado, terminó de despejar el camino adonde en completo desorden fue a dar toda la indumentaria que lució el día anterior. Ya en la puerta, lista para salir del apartamento le vino a la memoria que no había revisado los mensajes. Sin cerrar la puerta se devolvió y procedió a buscarlos.
Sólo había un mensaje. Por la cara de confusión que puso parecía que no lograba entenderlo. Lo hizo repetir tantas veces, que más bien parecía desconocer su idioma. Tras parpadear repetidamente, soltó el auricular y empezó a examinarse con detenimiento. Entonces su voz se oyó furiosa y retumbante:
—¿Me puedes explicar grandísima puta, hacia dónde te diriges con toda esa indecencia puesta? Por Dios apestas. ¿Con cuántos hombres te acostaste anoche? Ahora si, ahora si te voy a castigar como es debido. A partir de este momento no te van a quedar más ganas de volver a portarte mal.
Esta chica salía del coma que la mantuvo por espacio de varios días entre la vida y la muerte en el hospital, sin que nadie hubiera podido arrancarle una sola palabra, una murmuración. Ante la necesidad de conocer más detalles sobre lo ocurrido, las preguntas se repetían.
—Cuéntanos, Clara, ¿quién te causó esas heridas? La vecina que tuvo la gentileza de traerte hasta acá, nos dio tu nombre. También nos contó que le referiste que una hermana tuya trató de matarte; algo muy extraño, porque según a ella misma le consta, tú eres hija única, y desde que fallecieron tus padres en un accidente, vives sola.
De pronto, un gruñido casi animal sacudió a esta chica. Con los puños apretados y a la vez que resoplaba y emulaba una voz profunda y grave, les contestó:
—¿Por qué me confunden? No soy mujer, me llamo Boris.
Se disponía abandonar el probador, cuando de pronto le llamó la atención una hoja de papel cuidadosamente doblada tirada en el piso. Al desplegarlo, observó que se trataba de una carta escrita a mano y de corta extensión. Como por lo regular le aburría mucho leer, tuvo la intención de desecharla, pero encontrar su nombre reseñado en la primera línea atrapó su atención. Se hallaba en plena lectura cuando la empleada, extrañada por la irregular tardanza, le tocó la puerta del cubículo para preguntarle si necesitaba ayuda. La interrupción, aunque obvia, inmediatamente la desconcentró. Dejó a un lado la lectura y le devolvió la mercancía que a duras penas había descartado. Mediante un contoneo de caderas que sobrepasaba los limites normales de la naturaleza femenina, se dirigió hacia la caja para efectuar el pago. Sin embargo, estando frente a la caja, se presentó una situación fuera de lo común.
—Oiga, oiga, señorita, por favor es con usted, ¿qué le sucede, le estoy hablando? Necesito que me diga su nombre.
Era la cuarta vez que la cajera trataba inútilmente de obtener el nombre de esta chica.
Pendiente de cuanto acontecía, la siguiente en la cola se vio precisada a colaborar, hundiéndole fuertemente el dedo en la espalda.
Por el brinco que `pegó, se diría que esta chica fue expulsada a fuerza de mazazos de alguna caverna del reino de Guzilandia por el propio Trucutú. Flechada por la lluvia de malos ojos que se ganó por parte de quienes en balde se quedaron esperando alguna excusa cortes, tomó la bolsa y se retiró.
¿Pero que sucede? Ahora esta chica se detiene repentinamente en medio de un extraño azoramiento. Encogida por un visible pudor, mira de reojo hacia todos lados como si la hubieran pescado en un acto indecoroso o de mal proceder. Con los dedos temblorosos se abotona la blusa hasta el cuello, se recoge el pelo con un gancho que saca de la cartera y de varios estirones desenrolla las vueltas que ataban el largo de su falda a la cintura. Luego, cuando derecha y tiesa igual que una escoba se dirige en dirección a la salida, se fija con sorpresa en el papel que muy arrugado y apretado aún llevaba en la mano; y como si lo hiciera por primera vez, empezó a leer desde el principio su contenido.
A mis hermanas Clara y Diana: Se acabó. Hasta aquí las acompaño. He comprendido lo dañina que soy para ustedes, y por el bien de todas debo sacrificarme. Pero antes deben saber algunas cosas de mí. Basta ya de esconder la cabeza como un avestruz cada vez que me presienten. Nadie se mete secretamente en nuestra casa como algunas veces han pretendido explicarse. Diana, yo soy quien rompe y desaparece tus vestidos incitadores del pecado. Yo soy la que derrama tus perfumes y destroza con las tijeras esos hilitos vulgares y sucios que usas como prenda intima. Yo soy la que te golpea y te infringe las heridas que luego debes cubrir con rigurosos vestidos hasta que sanan. Clara, a ti también debo confesarte algunas de mis maldades; pero es que últimamente me tienes muy irritable. Yo fui la que destruyó aquellas pruebas que debías corregir para el día siguiente y por las cuales lloraste toda la noche. Pero, ¿qué sentido tiene que por un lado te portes como una profesora decente y por el otro te dejes influenciar por la pervertida de Diana? Me aterra pensar en lo que vas a terminar, pues últimamente andan tan juntas que ya no sé distinguirlas. Reconozco que mi rabia ya no tiene control, al punto de temer por sus vidas. En fin, dejo en sus manos tan dolorosa resolución. Adiós, Leonor.
El innegable contenido suicida de la escritura, inmediatamente la invadió de pena. Como si se tratara de un familiar o persona muy querida, se prometió hacer lo que estuviera a su alcance para evitar ese triste y fatal desenlace.
En medio de ese frenesí altruista y llena de buenos presagios, supuso que cabía la posibilidad de encontrar aún en la tienda a la persona que había extraviado la carta. Una a una fue interrogando a cuanta clienta se encontró en el camino. Aparte de unos cuantos “no” secos, medidos por la distancia y el recelo de quien teme ser embaucado por algún truco o paquete chileno, no faltó quien se identificara con la buena causa. Quizás, una de esas personas capaces de todo, con tal de ponerle fin al aburrimiento que igual las está matando en casa.
Pues bien, después de leer un par de veces la susodicha carta con la boca abierta y pitando como una asmática, esta mujer, deseosa de hacerle el quite casi se la arrebata. Por instantes, durante una lucha disimulada ambas mujeres se disputaron su propiedad, pero frente a un altruismo tan monopolizado, quien la secundo debió conformarse con el pedacito que le quedó en la mano, correspondiente a una de sus esquinas.
Sin dejarse amilanar por lo insulsa que resultó la indagación, pensó en otras opciones, adonde inmediatamente se dirigió.
La cajera, con un antecedente tan fresco como el que tenía de ella, apenas la vio acercarse sin darle oportunidad para introducirse, torció la boca y se enfrascó en su trabajo. Pero después se puso más inteligente y comprendió que la única manera de quitársela de encima era precisamente atendiéndola. De mal talante, pues no estaba para disimulos, chequeó entre la facturación reciente. Al constatar que tal cual había una factura que coincidía con uno de los nombres reflejados en la carta, muy apuradita y en una orilla le apuntó el número de teléfono de servicio fijo que encontró. Pero de pronto, a punto de entregárselo una gran duda la invadió. Con los ojos muy abiertos y la voz entrecortada, le preguntó.
—Pero no entiendo, que raro... a mi me parece que usted misma fue...,si mal no recuerdo...
No obstante, la clientela cansada de golpear el piso con los pies para compensar la inusitada demora, empezó a reclamarla. Obligada a cumplir con su deber, arrugó la cara y dejó la intriga en suspenso.
Antes de marcar en su celular el número telefónico, el cual captó al vuelo, esta chica creyó conveniente meditar un poco sobre las palabras que mejor convendrían dirigirle a su interlocutora, suponiendo que fuese precisamente Leonor. De hecho, a tal punto se compenetró en la escena que se la imaginó recostada en un cómodo diván de suave cretona, con la cabeza apoyada en un almohadón de plumas, y ella a punto de soltarle en una sola sesión todo un tratamiento psicoterapéutico capaz de persuadir al más obstinado de los suicidas. Pero al otro lado de la línea sin repiques se activó la contestadota automática, entonces cortó la comunicación. Inmediatamente, más resuelta, volvió a intentarlo y dejó el siguiente mensaje: “Leonor, por favor no lo hagas, recapacita, no cometas semejante locura. Leonor, por favor escúchame, tus hermanas te necesitan, no las abandones. Leonor sólo que debes ser más comprensiva con ellas, háblales, seguro se entenderán”.
Como en ocasiones el médico después de darle de alta a un paciente lo despide con una palmadita en el hombro, esta chica también quiso hacer lo mismo con la suya, leyendo nuevamente la carta. Pero al finalizar ocurrió algo insólito que atrajo las miradas de todos los allí presentes. Tras hacer trizas la carta y pisotear los pedazos repetidamente como si se tratara de algo que le costara mucho matar, dijo con gritos histéricos.
—Muere maldita, sal de mi vida, déjame vivir en paz. Muere...Muere
Igual que un perro rabioso, recogió los pedazos, se los metió en la boca y los masticó hasta hacerlos papilla. Por último los escupió lejos envueltos en un salivazo.
Al día siguiente, las huellas de un trasnocho muy activo, retrasaban las obligaciones habituales de esta chica. Un zapato atravesado la hizo trastabillar. Con los pies y al tiempo que vociferaba su desagrado, terminó de despejar el camino adonde en completo desorden fue a dar toda la indumentaria que lució el día anterior. Ya en la puerta, lista para salir del apartamento le vino a la memoria que no había revisado los mensajes. Sin cerrar la puerta se devolvió y procedió a buscarlos.
Sólo había un mensaje. Por la cara de confusión que puso parecía que no lograba entenderlo. Lo hizo repetir tantas veces, que más bien parecía desconocer su idioma. Tras parpadear repetidamente, soltó el auricular y empezó a examinarse con detenimiento. Entonces su voz se oyó furiosa y retumbante:
—¿Me puedes explicar grandísima puta, hacia dónde te diriges con toda esa indecencia puesta? Por Dios apestas. ¿Con cuántos hombres te acostaste anoche? Ahora si, ahora si te voy a castigar como es debido. A partir de este momento no te van a quedar más ganas de volver a portarte mal.
Esta chica salía del coma que la mantuvo por espacio de varios días entre la vida y la muerte en el hospital, sin que nadie hubiera podido arrancarle una sola palabra, una murmuración. Ante la necesidad de conocer más detalles sobre lo ocurrido, las preguntas se repetían.
—Cuéntanos, Clara, ¿quién te causó esas heridas? La vecina que tuvo la gentileza de traerte hasta acá, nos dio tu nombre. También nos contó que le referiste que una hermana tuya trató de matarte; algo muy extraño, porque según a ella misma le consta, tú eres hija única, y desde que fallecieron tus padres en un accidente, vives sola.
De pronto, un gruñido casi animal sacudió a esta chica. Con los puños apretados y a la vez que resoplaba y emulaba una voz profunda y grave, les contestó:
—¿Por qué me confunden? No soy mujer, me llamo Boris.
jueves, 20 de agosto de 2009
UNA BOCONA
Ahí van. Huyen como perseguidos por la ráfaga de un producto exterminador. Francamente, me resulta chocante e incomprensible ver tanta cobardía junta.
Lo mismo sucedió con el temblorcito aquel. Poseídos por esa incurable angustia ancestral, el miedo a la muerte, se apelotaron en la puerta de salida. Aún repercuten en mis oídos, los gritos desaforados de Leda. “Dios mío, Dios mío, Dios mío”. Lo repitió tantas veces, que en ese momento padecí una especie de enfermiza herejía terminal. Pensé, ésta, con un intento de suicidio encima, en vez de andar buscando ponerse a salvo, más le vale ubicar una buena viga que acabe de una vez por todas con sus inútiles cortaditas de muñeca. También, le evitaría a su prole tan nefasta herencia inductora. Y ni hablar de Helena. Cuantas veces le he escuchado decir cosas como: mi vida es una desgracia, quisiera no existir, más vale no haber nacido. Para después conformarse con maquillar ese infierno del cual a diario se queja, con una gruesa capa de base facial.
No es que mi instinto de conservación tenga fallas, no. Sin pedantería, sólo que gozo de lo que podría llamarse un autentico auto control. Es decir, en situaciones como estas, el asunto consiste es no dejarse llevar por el pánico.
He vivido situaciones similares, de las cuales siempre he salido airosa. En cierta ocasión, caminaba tranquilamente por la calle, cuando de pronto surgió un tiroteo entre policías y ladrones. Atrapada en medio de ese fuego cruzado y con la imperturbabilidad que me distingue, me pregunte: ¿Existe acaso un lugar seguro? ¿Puede alguien tener la certeza de saber cual es? ¿Quién quita que buscando resguardarme debajo de un carro, sea justo allí, adonde va a parar una de esas balas que llaman perdidas. Con ese criterio en la cabeza, rechacé de plano protegerme y me conduje como si nada estuviera ocurriendo. No es que crea en tonterías o estupideces como el destino o cosas parecidas. Más bien, lo mío tiene que ver con la casualidad, con el azar, con lo circunstancial.
Quizás se juzgue con malos ojos, mi fría objetividad ante en un asunto tan serio y triste como es la muerte; pero es que mi madurez para enfrentar ese hecho parece haber nacido conmigo. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo? la gente muere y ya.
Tomémoslo así de simple: la muerte, si no nos agarra de noche mientras dormimos, se va de incógnita y de manitos con nosotros durante el día, cual amiguita panadería; entonces, en el rincón menos esperado, en cualquier esquina, sin que cuenten las pocas o muchas primaveras vividas, o cuan rozagante y saludable te veas, o las ganas de vivir que tengas, revierte el engañoso compañerismo y mediante uno de sus multifacéticos modos de manifestarse, nos asalta el latido.
Igual me sucede con las enfermedades. En ese aspecto también estoy muy clarita. Es un pedido familiar: conmigo, si fuera el caso, nada de estarme dorando la píldora con diagnósticos disfrazados. Eso me parece una falta de seriedad y de respeto a mi condición de adulta. Estoy preparada para lo que venga. Tampoco quiero que utilicen tubos, oxigeno, agujas, sondas, choques eléctricos o cualquier otro medio de terapia intensiva, que de largas a una agonía o arruine sus economías.
Este barullo de carreras, gritos y aspavientos, tuvo lugar cuando el encargado de mantenimiento entró a la oficina con los ojos desorbitados informándonos sobre un posible incendio. Algo que tenía que ver con la explosión de unos transformadores ubicados en el pasillo de la planta baja. Según sus propias palabras, debíamos evacuar lo más urgente posible, pues corríamos un peligro inminente. Sin esperar una segunda orden, todos se apoderaron de sus pertenencias y a correr se ha dicho.
Dueña absoluta de mis actos, pongo en orden los documentos que minutos antes acaparaban mi atención profesional; saco la polvera y el lápiz labial de mi cartera y como normalmente hago cuando me retiro de la oficina, retoqué mirándome en el espejito los tonos de mi maquillaje. A Todas estas, noto que en la oficina ya no queda un alma. Por último, esparcí en mis brazos y el cuello mi fragancia favorita. Entonces fue cuando decidí partir, pues, tampoco es que tenga propensión hacia la profesión de bombera.
A mi paso, es decir sin prisa, me encamino hacia el umbral de la escalera. De repente, una explosión me sacude completa. Una ola de humo mezclada con un fuerte olor a cable chamuscado sube a través de la escalera y me golpea en la cara. Miro hacia abajo y comprendo que una temible oscuridad cenizosa me aguarda. Como no tiene ningún sentido postergar lo que a la vista no me ofrece más opciones, aferrada al pasamano me lanzo escaleras abajo. Adentrada en la negrura que me oculta la escalera, igual que una ciega pero inexperta y temblorosa, para no caer de boca mido con los pies peldaño a peldaño. En los últimos peldaños, medio asfixiada y sufriendo los rigores de la falta de oxigeno, pienso en mis compañeros de trabajo. Envidio al grado de soltar el llanto, sus oportunos y sanos instintos. Una vez ganada la planta baja, por fin diviso tras la densa humareda la deprimente luz que proviene de la calle. Desesperada y en una sola carrera, pues mis fuerzas están a escasos segundos de abandonarme, me pongo en la puerta de salida; y también de una sola bocanada me puse en el botín más preciado de este mundo, no juegue: la vida
Lo mismo sucedió con el temblorcito aquel. Poseídos por esa incurable angustia ancestral, el miedo a la muerte, se apelotaron en la puerta de salida. Aún repercuten en mis oídos, los gritos desaforados de Leda. “Dios mío, Dios mío, Dios mío”. Lo repitió tantas veces, que en ese momento padecí una especie de enfermiza herejía terminal. Pensé, ésta, con un intento de suicidio encima, en vez de andar buscando ponerse a salvo, más le vale ubicar una buena viga que acabe de una vez por todas con sus inútiles cortaditas de muñeca. También, le evitaría a su prole tan nefasta herencia inductora. Y ni hablar de Helena. Cuantas veces le he escuchado decir cosas como: mi vida es una desgracia, quisiera no existir, más vale no haber nacido. Para después conformarse con maquillar ese infierno del cual a diario se queja, con una gruesa capa de base facial.
No es que mi instinto de conservación tenga fallas, no. Sin pedantería, sólo que gozo de lo que podría llamarse un autentico auto control. Es decir, en situaciones como estas, el asunto consiste es no dejarse llevar por el pánico.
He vivido situaciones similares, de las cuales siempre he salido airosa. En cierta ocasión, caminaba tranquilamente por la calle, cuando de pronto surgió un tiroteo entre policías y ladrones. Atrapada en medio de ese fuego cruzado y con la imperturbabilidad que me distingue, me pregunte: ¿Existe acaso un lugar seguro? ¿Puede alguien tener la certeza de saber cual es? ¿Quién quita que buscando resguardarme debajo de un carro, sea justo allí, adonde va a parar una de esas balas que llaman perdidas. Con ese criterio en la cabeza, rechacé de plano protegerme y me conduje como si nada estuviera ocurriendo. No es que crea en tonterías o estupideces como el destino o cosas parecidas. Más bien, lo mío tiene que ver con la casualidad, con el azar, con lo circunstancial.
Quizás se juzgue con malos ojos, mi fría objetividad ante en un asunto tan serio y triste como es la muerte; pero es que mi madurez para enfrentar ese hecho parece haber nacido conmigo. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo? la gente muere y ya.
Tomémoslo así de simple: la muerte, si no nos agarra de noche mientras dormimos, se va de incógnita y de manitos con nosotros durante el día, cual amiguita panadería; entonces, en el rincón menos esperado, en cualquier esquina, sin que cuenten las pocas o muchas primaveras vividas, o cuan rozagante y saludable te veas, o las ganas de vivir que tengas, revierte el engañoso compañerismo y mediante uno de sus multifacéticos modos de manifestarse, nos asalta el latido.
Igual me sucede con las enfermedades. En ese aspecto también estoy muy clarita. Es un pedido familiar: conmigo, si fuera el caso, nada de estarme dorando la píldora con diagnósticos disfrazados. Eso me parece una falta de seriedad y de respeto a mi condición de adulta. Estoy preparada para lo que venga. Tampoco quiero que utilicen tubos, oxigeno, agujas, sondas, choques eléctricos o cualquier otro medio de terapia intensiva, que de largas a una agonía o arruine sus economías.
Este barullo de carreras, gritos y aspavientos, tuvo lugar cuando el encargado de mantenimiento entró a la oficina con los ojos desorbitados informándonos sobre un posible incendio. Algo que tenía que ver con la explosión de unos transformadores ubicados en el pasillo de la planta baja. Según sus propias palabras, debíamos evacuar lo más urgente posible, pues corríamos un peligro inminente. Sin esperar una segunda orden, todos se apoderaron de sus pertenencias y a correr se ha dicho.
Dueña absoluta de mis actos, pongo en orden los documentos que minutos antes acaparaban mi atención profesional; saco la polvera y el lápiz labial de mi cartera y como normalmente hago cuando me retiro de la oficina, retoqué mirándome en el espejito los tonos de mi maquillaje. A Todas estas, noto que en la oficina ya no queda un alma. Por último, esparcí en mis brazos y el cuello mi fragancia favorita. Entonces fue cuando decidí partir, pues, tampoco es que tenga propensión hacia la profesión de bombera.
A mi paso, es decir sin prisa, me encamino hacia el umbral de la escalera. De repente, una explosión me sacude completa. Una ola de humo mezclada con un fuerte olor a cable chamuscado sube a través de la escalera y me golpea en la cara. Miro hacia abajo y comprendo que una temible oscuridad cenizosa me aguarda. Como no tiene ningún sentido postergar lo que a la vista no me ofrece más opciones, aferrada al pasamano me lanzo escaleras abajo. Adentrada en la negrura que me oculta la escalera, igual que una ciega pero inexperta y temblorosa, para no caer de boca mido con los pies peldaño a peldaño. En los últimos peldaños, medio asfixiada y sufriendo los rigores de la falta de oxigeno, pienso en mis compañeros de trabajo. Envidio al grado de soltar el llanto, sus oportunos y sanos instintos. Una vez ganada la planta baja, por fin diviso tras la densa humareda la deprimente luz que proviene de la calle. Desesperada y en una sola carrera, pues mis fuerzas están a escasos segundos de abandonarme, me pongo en la puerta de salida; y también de una sola bocanada me puse en el botín más preciado de este mundo, no juegue: la vida
LA ALFOMBRA VOLADORA
Cuando tomamos la ancha autopista, nada me hizo presumir que tan hermoso y despejado panorama pudiera sufrir alguna alteración. Mientras una suave brisa batía mi cabello, regocijada con la idea de llegar a nuestro destino más temprano de lo planeado, me motivé a considerar otras actividades pendientes. En vano me ilusione. De repente, allí estaba ella, larga y tendida como una ponzoñosa y colorida culebra, asida como una chupa al asfalto con sus múltiples garras de caucho. Después de morder entre los dientes, las palabras que drenaron mi frustración, pues nuestra pequeña acompañante no se merecía malas enseñanzas, nos tocó adherirnos como inocentes corderitos a su toxica cola.
Una vez más mis confiados cálculos fallaron, y aunque con ello no conseguí sino confirmar mi tontera, con ganas de engordar mi indecente y mezquino consuelo,metí en el mismo saco de frustrados matemáticos del tiempo a un alto porcentaje de ese interminable componente vehicular. Ahora, en cuanto a pasar las de Caín, dudo que pueda darme el mismo gusto.
Todo comenzó con una simple pregunta: ¿Por qué nos paramos abuelo? Curiosa interrogante que hacía rato también martillaba nuestros cerebros, pero que sólo surgió de su cabecita después de transcurrir el tiempo suficiente como para aburrirse con el juguete de turno; ese al cual rigurosamente siempre se aferra a última hora pese a lo inconveniente y poco práctico del mismo. A partir de entonces, una infinidad insaciable de solicitudes lo sustituyeron.
Consumida la ración de agua que como provisión acostumbro llevar y la cual por cierto, nunca logró aplacar una sed al estilo de un extraviado en el Sahara, su pequeño organismo cayó en una impresionante crisis famélica: “Me pica aquí, me pica allá, me duele la barriga, tengo ganas de hacer pipí, quiero vomitar, tengo calor —no tenemos aire acondicionado—, quítame la camisa, quítame las medias, quítame los zapatos”, y pare usted de contar. Aunado además a un llanto donde la realidad competía con lo teatral. Tomando en cuenta la longitud del tiempo, es fácil suponer las veces que cada uno de estos actos se repitió.
Sobre los motivos de nuestra forzosa parada, uno de esos reporteros ambulantes que nunca fallan, y que cuando avanza la cola están a un kilometro de su vehículo, nos informó que se trataba de un accidente.
La hora nona estaba en su apogeo y todo seguía igual. No obstante, siempre hay maneras de atemperar los ánimos y empecé a cantar: De la sierra morena cielito lindo vienen bajando, unos ojazos negros cielito lindo en contrabando…Yo tenía un turpial primoroso, cuyas plumas el sol envidió, y tenía un cantar tan precioso, que hasta el trono de Dios se elevó… Estoy contenta yo no sé que es lo que siento, estoy cantando como el rio y como el viento… “Cállate abuela, no me gusta como cantas”. Bueno está bien, que cante el abuelo, él canta mejor que yo: “Cuando la luna se pone grandotota como una pelotota y alumbra el callejón… Caimán, caimán, caimán vete a tu cueva. Caimán, caimán, caimán antes que llueva. Ese bendito caimán, me tiene mortificao, no sabe comer comida, sino papelón rayao... “Abuelo tu tampoco sabes cantar, los dos cantan feo”. Bueno, bueno, probemos con canciones infantiles, insistí: Doñana no está aquí está en el vergel… Arroz con leche me quiero casar con una viudita de la capital… Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan, que si, que no, que caiga un chaparrón, con agua y con jabón... Agotado mi pobre e insipiente cancionero infantil, sin que hubiera logrado calmar un ápice tan desconsolado cuerpecito, entonces surgió de nuevo la pregunta de las tres mil lochas ¿Cuándo vamos a llegar?
No sé si fue esa inmensa necesidad de paz, o ese sentirnos niños que nunca nos abandona y siempre nos hace fantasear por mucha factura que nos pase el tiempo, pero la ocurrente idea del abuelo salvo la tormentosa situación. Al principio con el ánimo exprimido por el cansancio no le di ningún crédito, pero su entusiasmo poco a poco fue acaparando la atención de las dos: “Bueno, bueno, Sofi, cierra los ojos que ahorita mismo voy a llamar a mi amigo el sultán para que nos rescate con su mágica alfombra voladora” “No se dicen mentiras abuelo, eso es malo, las alfombras voladoras no existen” “Cierto Sofi, las alfombras voladoras no existen, sólo existe una en éste mundo, y esa es precisamente la de mi amigo el sultán; por cierto, nadie lo sabe porque es un gran secreto entre él y yo. “No te creo” “si no cierras los ojos un rato, no vendrá”. Así, entre hacerle trampa al abuelo entrecerrando los ojos, el método persuasivo funcionó y Sofía se quedó dormida; y hasta yo pude echar mi camaroncito.
Cuando desperté, rodábamos libremente por la autopista. Por mucho que atisbé no pude encontrar alguna señal que me indicará la razón por la cual se paralizó el transito. En fin, en cuanto a excusas, seguramente peor la pasarían otros. Imagine cuantas citas frustradas, cuantos negocios caídos, cuantas compras postergadas. Lo mío no pasaba de llegar tarde a una piñata.
Ahora, quien sí se vio en aprietos fue el abuelo, cuando Sofía después de bajarse del carro, lo primero que le preguntó fue por su amigo el sultán y por la alfombra mágica. Le noté un ligero deseo de seguir explotando su fantasía, sin embargo, quizá con ganas de encontrarse en paz con su conciencia y no seguir dando el mal ejemplo, al tiempo que le rascaba su cabecita le respondió:
—-La alfombra mágica la tienes tú aquí adentro, carricita.
A ella no le quedó otro remedio que arrugar el entrecejo confundida. Por mi parte me quedé pensando con tristeza, y fue algo que también percibí en la mirada de mi viejo compañero: ¿por qué este mundo es tan simple y no existen las alfombras mágicas?
Una vez más mis confiados cálculos fallaron, y aunque con ello no conseguí sino confirmar mi tontera, con ganas de engordar mi indecente y mezquino consuelo,metí en el mismo saco de frustrados matemáticos del tiempo a un alto porcentaje de ese interminable componente vehicular. Ahora, en cuanto a pasar las de Caín, dudo que pueda darme el mismo gusto.
Todo comenzó con una simple pregunta: ¿Por qué nos paramos abuelo? Curiosa interrogante que hacía rato también martillaba nuestros cerebros, pero que sólo surgió de su cabecita después de transcurrir el tiempo suficiente como para aburrirse con el juguete de turno; ese al cual rigurosamente siempre se aferra a última hora pese a lo inconveniente y poco práctico del mismo. A partir de entonces, una infinidad insaciable de solicitudes lo sustituyeron.
Consumida la ración de agua que como provisión acostumbro llevar y la cual por cierto, nunca logró aplacar una sed al estilo de un extraviado en el Sahara, su pequeño organismo cayó en una impresionante crisis famélica: “Me pica aquí, me pica allá, me duele la barriga, tengo ganas de hacer pipí, quiero vomitar, tengo calor —no tenemos aire acondicionado—, quítame la camisa, quítame las medias, quítame los zapatos”, y pare usted de contar. Aunado además a un llanto donde la realidad competía con lo teatral. Tomando en cuenta la longitud del tiempo, es fácil suponer las veces que cada uno de estos actos se repitió.
Sobre los motivos de nuestra forzosa parada, uno de esos reporteros ambulantes que nunca fallan, y que cuando avanza la cola están a un kilometro de su vehículo, nos informó que se trataba de un accidente.
La hora nona estaba en su apogeo y todo seguía igual. No obstante, siempre hay maneras de atemperar los ánimos y empecé a cantar: De la sierra morena cielito lindo vienen bajando, unos ojazos negros cielito lindo en contrabando…Yo tenía un turpial primoroso, cuyas plumas el sol envidió, y tenía un cantar tan precioso, que hasta el trono de Dios se elevó… Estoy contenta yo no sé que es lo que siento, estoy cantando como el rio y como el viento… “Cállate abuela, no me gusta como cantas”. Bueno está bien, que cante el abuelo, él canta mejor que yo: “Cuando la luna se pone grandotota como una pelotota y alumbra el callejón… Caimán, caimán, caimán vete a tu cueva. Caimán, caimán, caimán antes que llueva. Ese bendito caimán, me tiene mortificao, no sabe comer comida, sino papelón rayao... “Abuelo tu tampoco sabes cantar, los dos cantan feo”. Bueno, bueno, probemos con canciones infantiles, insistí: Doñana no está aquí está en el vergel… Arroz con leche me quiero casar con una viudita de la capital… Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan, que si, que no, que caiga un chaparrón, con agua y con jabón... Agotado mi pobre e insipiente cancionero infantil, sin que hubiera logrado calmar un ápice tan desconsolado cuerpecito, entonces surgió de nuevo la pregunta de las tres mil lochas ¿Cuándo vamos a llegar?
No sé si fue esa inmensa necesidad de paz, o ese sentirnos niños que nunca nos abandona y siempre nos hace fantasear por mucha factura que nos pase el tiempo, pero la ocurrente idea del abuelo salvo la tormentosa situación. Al principio con el ánimo exprimido por el cansancio no le di ningún crédito, pero su entusiasmo poco a poco fue acaparando la atención de las dos: “Bueno, bueno, Sofi, cierra los ojos que ahorita mismo voy a llamar a mi amigo el sultán para que nos rescate con su mágica alfombra voladora” “No se dicen mentiras abuelo, eso es malo, las alfombras voladoras no existen” “Cierto Sofi, las alfombras voladoras no existen, sólo existe una en éste mundo, y esa es precisamente la de mi amigo el sultán; por cierto, nadie lo sabe porque es un gran secreto entre él y yo. “No te creo” “si no cierras los ojos un rato, no vendrá”. Así, entre hacerle trampa al abuelo entrecerrando los ojos, el método persuasivo funcionó y Sofía se quedó dormida; y hasta yo pude echar mi camaroncito.
Cuando desperté, rodábamos libremente por la autopista. Por mucho que atisbé no pude encontrar alguna señal que me indicará la razón por la cual se paralizó el transito. En fin, en cuanto a excusas, seguramente peor la pasarían otros. Imagine cuantas citas frustradas, cuantos negocios caídos, cuantas compras postergadas. Lo mío no pasaba de llegar tarde a una piñata.
Ahora, quien sí se vio en aprietos fue el abuelo, cuando Sofía después de bajarse del carro, lo primero que le preguntó fue por su amigo el sultán y por la alfombra mágica. Le noté un ligero deseo de seguir explotando su fantasía, sin embargo, quizá con ganas de encontrarse en paz con su conciencia y no seguir dando el mal ejemplo, al tiempo que le rascaba su cabecita le respondió:
—-La alfombra mágica la tienes tú aquí adentro, carricita.
A ella no le quedó otro remedio que arrugar el entrecejo confundida. Por mi parte me quedé pensando con tristeza, y fue algo que también percibí en la mirada de mi viejo compañero: ¿por qué este mundo es tan simple y no existen las alfombras mágicas?
miércoles, 19 de agosto de 2009
VIAJE E` REAL
“¡Viaje e’ rea!; y pensar que toda esta plata es para mi solito”.
Franklin, incrédulo aún, palpaba en la oscuridad del maletín su valioso contenido, pero un dolor punzante proveniente de la pierna le distrajo el placentero pensamiento. Hacía rato, la forzosa posición contribuía a extenderle la hinchazón; sin embargo, como guapear con el dolor era el único remedio que tenia al alcance tragó grueso y siguió hurgando. Después de abarcar varios fajos con la cuarta de su mano y comprobar mediante sencillas operaciones de aritmética la cuantiosa suma de dinero con la cual contaba, empezó a sacar apetitosas cuentas.
“Con esto puede que me alcance para comprarme una casa. ¿En cuánto estará vendiendo el viejo José su casa? Nunca se me ha ocurrido pensar cuanto cuesta una casa. Lo contenta que se va a poner Tere…, bueno, aunque lo más seguro es que primero agarre tremenda rabieta. Ella no es idiota, apenas se entere de los pormenores de lo ocurrido, sacara sus propias conclusiones”.
Un ruido sospechoso proveniente de los alrededores lo distrajo. Era el agudo chillido de un roedor que se negaba a compartir con el intruso sus habituales dominios. A Franklin el entumecimiento empezaba a exasperarlo, pero lo pensó mejor y decidió esperar.
“Con esto otro compro los muebles. Una nevera con todo y fabricador de hielo, fino pues; adiós a esas gaveritas fastidiosas que llenar”
Esta vez el latir lacerante de la pierna le arrancó un leve quejido. Juicioso de cada uno de sus actos, pudo ahogarlo en el corsé musculoso de su garganta. Múltiples culebritas de sudor empezaban a bajarle desde sus sienes, para luego depositarse en el pegajoso cuello de su camisa.
“Que calor tan arrecho este. ¿Y si me quitara esta piazo e’ chaqueta? No, no, ni de broma, mejor me aguanto”.
Pospuesta la comodidad, con la mano libre se limpió parte del sudor y nuevamente otra cuarta se llenó del sustancial botín.
“Con esto otro… no que va, moto no, mejor un carro aunque sea de segunda mano. Que bolas las tuyas Luís; es verdad, nadie te lo podía negar, montado en esa bicha eras bestial, pero para nada porque igualito que cualquier nuevo cuando se nos atravesó el autobús no supiste que hacer. Te le metiste completo de frente. Hasta ahí llegó tu pericia. Tan arrecho que eras y tan quietito que te quedaste. ¡Y esos dos brinquitos que te vinieron de adentro! ¿O como que fueron tres? Como si tus propias entrañas te despacharan de este mundo. Y yo sin poder hacer nada. Pero hermano… ¿qué podía hacer yo si ya estabas muerto? No hacía falta ser muy doctor para darse cuenta de eso. Perdona vale, pero seguro tú también hubieras hecho lo mismo, maltrecho y todo arrancar con el bendito maletín. ¡Que bien se portó el maletincito este! Ni siquiera se abrió. Ducho la paso peor. ¡Huy Ducho! ¡Que feo quedaste! Yo te vi. Yo te vi tirado en la acera de la entidad”.
Un escalofrió cortante, como marcado por el filo de una uña le recorrió el centro de la espalda. Imaginó que pudo haber sido él y no Ducho, quien yaciera inerme boca abajo nadando en un charco de sangre.
“¡Oye Ducho!, para correr como que no eras tan ducho; te faltó velocidad viejo. ¡Que cosas!, justo lo que mató a Luís… y por poquito a mi también. El plan perfecto, decías; con ese cuento de que el único que pensaba eras tú, no nos dejabas ni opinar. Siempre dando ordenes y mandándonos a callar: Este negocio lo manejo yo, usted aquí no tiene ni voz ni voto, confórmese con el entrenamiento gratuito y su partecita, después, aplíquese para que lo respeten. ¡Y fíjate pues! aquí me tienes, dueño y señor de todo el producto de tu sabiduría. Y ese empecinamiento tuyo en querer ponerme a toda costa un apodo. Que si FM, que si Lengua Eléctrica, que si El Loro. Ahí si es verdad que me calenté y te dije: Me llamo Franklin, como me puso mi mamá. Menos mal que Ducho como que si era inteligente, porque finalmente entendió y me dejó tranquilo. Luís si no tenía rollo con eso de los apodos. ¡Y que Cara e’ Nuez! Todo por esos huequitos que le dejaron en su cara los barros y las espinillas. ¿O sería por la cicatriz? Ahora, en cuanto a maldad estaban parejitos. Unos bichitos pues. Al menos yo, todavía no me he echado al coleto a nadie. ¡Ay Elena!, si tú supieras… si tú supieras en el berenjenal de vainas en el que anda metido tu hijo modelo. A ti que se te llena la boca diciendo por ahí: mi hijo no fuma porquerías, mi hijo es un hombre honrado, mi hijo es un hombre trabajador —eso si—, mi hijo siempre está pendiente de mi —eso también—, mi hijo es incapaz de matar una mosca —moscas si he matado bastante— mi hijo es un alma de Dios; en fin, que soy un santo. Pero bueno, es que eso también es relativo; porque si a ver vamos, al lado de Ducho y de Luís yo soy un santo. ¿Será por eso que me cayeron estos reales como llovidos del cielo? Dicen que lo que es del cura va pa` la iglesia y en la iglesia lo que hay son santos. Tere si me lo advirtió cuando fui a visitarla por primera vez al barrio: Oye Franklin, con mis hermanos el saludo y de lejitos; tú eres otra cosa, tú eres un tipo sano, no quiero que te echen a perder. Después, con esa cara de cañón que a veces te caracteriza, me seguiste diciendo: Es más, vale, te prohíbo terminantemente que te aparezcas de nuevo por aquí; apenas nos pongamos en unos reales nos pintamos de este barrio. ¡Pero no! terco como una mula no te hice caso y volví. Quería saber por qué me dejaste como un bolsa plantado en la entrada del metro. Tus hermanos, necesitados como estaban de un reemplazo debido a la reciente baja, apenas me vieron entrar en la casa me cayeron como moscas. Para colmo, tú nada que llegabas, mejor dicho, no llegaste ¿Dónde carajo te quedaste esa noche Tere? Lo peor es que hasta la fecha todavía no lo sé. Nunca te lo he podido preguntar; con un poquito de imaginación hubieras podido sospechar sobre mi reciente sociedad. ¡Ah!, otra cosa también me dijeron tus hermanos ese día: Que te quede claro que la Tere está incluida en tu partecita. ¡Pero entonces, Tere!, ¿qué te pasa?, no te enojes, aquí están los reales que necesitábamos. Así todo queda en familia y colorín colorado, este cuento se ha acabado; porque te lo juro por mi madre que de aquí en adelante se acabaron los sustos —En este momento Franklin recuerda como se le enfrió el guarapo y lo cerca que estuvo de rajarse y echar a correr, cuando salieron con el propósito de cumplir con la atrevida misión. También cómo se le aflojaron las piernas hasta los nudillos de los dedos, al escuchar los primeros disparos—. No que va, no quiero terminar como Ducho; tampoco como Luís”.
La diestra de Franklin se disponía a amasar el último fajo de billetes cuando un apremiante deseo de estirar la pierna lo desconcentró. Esta vez, el labio inferior recibió la descarga cortante de su dentadura.
“Con esto otro hasta puede que me alcance para montar mi propio negocio”.
La sangre acumulada en el hematoma, no cesaba de enviarle los mortificadores mensajes de su evolución. De pronto, como si la orden para estirar la pierna no estuviera bajo su control, ésta se ejecutó automáticamente. De inmediato, el fatal movimiento ocasionó que en cadena se viniera abajo la ruma de cajas que amparaba su humanidad. Cerca, una voz fuerte y acalorada tomó parte en la escena:
—¡Miren! ¡Miren! Allá, detrás del contenedor; entre el montón de cajas. Yo sabía que ese pajarito no andaba muy lejos.
Una serie de disparos puso fin a la rápida acción policial.
Después de efectuar un reconocimiento de los hechos, el inspector hizo un superficial recuento de lo hallado en el maletín mientras decía:
—¡Viaje e’ real! Con toda esta plata, este tipo hubiera podido comprarse, no digo una casa, muebles, carro, sino hasta montar su propio negocio.
Franklin, incrédulo aún, palpaba en la oscuridad del maletín su valioso contenido, pero un dolor punzante proveniente de la pierna le distrajo el placentero pensamiento. Hacía rato, la forzosa posición contribuía a extenderle la hinchazón; sin embargo, como guapear con el dolor era el único remedio que tenia al alcance tragó grueso y siguió hurgando. Después de abarcar varios fajos con la cuarta de su mano y comprobar mediante sencillas operaciones de aritmética la cuantiosa suma de dinero con la cual contaba, empezó a sacar apetitosas cuentas.
“Con esto puede que me alcance para comprarme una casa. ¿En cuánto estará vendiendo el viejo José su casa? Nunca se me ha ocurrido pensar cuanto cuesta una casa. Lo contenta que se va a poner Tere…, bueno, aunque lo más seguro es que primero agarre tremenda rabieta. Ella no es idiota, apenas se entere de los pormenores de lo ocurrido, sacara sus propias conclusiones”.
Un ruido sospechoso proveniente de los alrededores lo distrajo. Era el agudo chillido de un roedor que se negaba a compartir con el intruso sus habituales dominios. A Franklin el entumecimiento empezaba a exasperarlo, pero lo pensó mejor y decidió esperar.
“Con esto otro compro los muebles. Una nevera con todo y fabricador de hielo, fino pues; adiós a esas gaveritas fastidiosas que llenar”
Esta vez el latir lacerante de la pierna le arrancó un leve quejido. Juicioso de cada uno de sus actos, pudo ahogarlo en el corsé musculoso de su garganta. Múltiples culebritas de sudor empezaban a bajarle desde sus sienes, para luego depositarse en el pegajoso cuello de su camisa.
“Que calor tan arrecho este. ¿Y si me quitara esta piazo e’ chaqueta? No, no, ni de broma, mejor me aguanto”.
Pospuesta la comodidad, con la mano libre se limpió parte del sudor y nuevamente otra cuarta se llenó del sustancial botín.
“Con esto otro… no que va, moto no, mejor un carro aunque sea de segunda mano. Que bolas las tuyas Luís; es verdad, nadie te lo podía negar, montado en esa bicha eras bestial, pero para nada porque igualito que cualquier nuevo cuando se nos atravesó el autobús no supiste que hacer. Te le metiste completo de frente. Hasta ahí llegó tu pericia. Tan arrecho que eras y tan quietito que te quedaste. ¡Y esos dos brinquitos que te vinieron de adentro! ¿O como que fueron tres? Como si tus propias entrañas te despacharan de este mundo. Y yo sin poder hacer nada. Pero hermano… ¿qué podía hacer yo si ya estabas muerto? No hacía falta ser muy doctor para darse cuenta de eso. Perdona vale, pero seguro tú también hubieras hecho lo mismo, maltrecho y todo arrancar con el bendito maletín. ¡Que bien se portó el maletincito este! Ni siquiera se abrió. Ducho la paso peor. ¡Huy Ducho! ¡Que feo quedaste! Yo te vi. Yo te vi tirado en la acera de la entidad”.
Un escalofrió cortante, como marcado por el filo de una uña le recorrió el centro de la espalda. Imaginó que pudo haber sido él y no Ducho, quien yaciera inerme boca abajo nadando en un charco de sangre.
“¡Oye Ducho!, para correr como que no eras tan ducho; te faltó velocidad viejo. ¡Que cosas!, justo lo que mató a Luís… y por poquito a mi también. El plan perfecto, decías; con ese cuento de que el único que pensaba eras tú, no nos dejabas ni opinar. Siempre dando ordenes y mandándonos a callar: Este negocio lo manejo yo, usted aquí no tiene ni voz ni voto, confórmese con el entrenamiento gratuito y su partecita, después, aplíquese para que lo respeten. ¡Y fíjate pues! aquí me tienes, dueño y señor de todo el producto de tu sabiduría. Y ese empecinamiento tuyo en querer ponerme a toda costa un apodo. Que si FM, que si Lengua Eléctrica, que si El Loro. Ahí si es verdad que me calenté y te dije: Me llamo Franklin, como me puso mi mamá. Menos mal que Ducho como que si era inteligente, porque finalmente entendió y me dejó tranquilo. Luís si no tenía rollo con eso de los apodos. ¡Y que Cara e’ Nuez! Todo por esos huequitos que le dejaron en su cara los barros y las espinillas. ¿O sería por la cicatriz? Ahora, en cuanto a maldad estaban parejitos. Unos bichitos pues. Al menos yo, todavía no me he echado al coleto a nadie. ¡Ay Elena!, si tú supieras… si tú supieras en el berenjenal de vainas en el que anda metido tu hijo modelo. A ti que se te llena la boca diciendo por ahí: mi hijo no fuma porquerías, mi hijo es un hombre honrado, mi hijo es un hombre trabajador —eso si—, mi hijo siempre está pendiente de mi —eso también—, mi hijo es incapaz de matar una mosca —moscas si he matado bastante— mi hijo es un alma de Dios; en fin, que soy un santo. Pero bueno, es que eso también es relativo; porque si a ver vamos, al lado de Ducho y de Luís yo soy un santo. ¿Será por eso que me cayeron estos reales como llovidos del cielo? Dicen que lo que es del cura va pa` la iglesia y en la iglesia lo que hay son santos. Tere si me lo advirtió cuando fui a visitarla por primera vez al barrio: Oye Franklin, con mis hermanos el saludo y de lejitos; tú eres otra cosa, tú eres un tipo sano, no quiero que te echen a perder. Después, con esa cara de cañón que a veces te caracteriza, me seguiste diciendo: Es más, vale, te prohíbo terminantemente que te aparezcas de nuevo por aquí; apenas nos pongamos en unos reales nos pintamos de este barrio. ¡Pero no! terco como una mula no te hice caso y volví. Quería saber por qué me dejaste como un bolsa plantado en la entrada del metro. Tus hermanos, necesitados como estaban de un reemplazo debido a la reciente baja, apenas me vieron entrar en la casa me cayeron como moscas. Para colmo, tú nada que llegabas, mejor dicho, no llegaste ¿Dónde carajo te quedaste esa noche Tere? Lo peor es que hasta la fecha todavía no lo sé. Nunca te lo he podido preguntar; con un poquito de imaginación hubieras podido sospechar sobre mi reciente sociedad. ¡Ah!, otra cosa también me dijeron tus hermanos ese día: Que te quede claro que la Tere está incluida en tu partecita. ¡Pero entonces, Tere!, ¿qué te pasa?, no te enojes, aquí están los reales que necesitábamos. Así todo queda en familia y colorín colorado, este cuento se ha acabado; porque te lo juro por mi madre que de aquí en adelante se acabaron los sustos —En este momento Franklin recuerda como se le enfrió el guarapo y lo cerca que estuvo de rajarse y echar a correr, cuando salieron con el propósito de cumplir con la atrevida misión. También cómo se le aflojaron las piernas hasta los nudillos de los dedos, al escuchar los primeros disparos—. No que va, no quiero terminar como Ducho; tampoco como Luís”.
La diestra de Franklin se disponía a amasar el último fajo de billetes cuando un apremiante deseo de estirar la pierna lo desconcentró. Esta vez, el labio inferior recibió la descarga cortante de su dentadura.
“Con esto otro hasta puede que me alcance para montar mi propio negocio”.
La sangre acumulada en el hematoma, no cesaba de enviarle los mortificadores mensajes de su evolución. De pronto, como si la orden para estirar la pierna no estuviera bajo su control, ésta se ejecutó automáticamente. De inmediato, el fatal movimiento ocasionó que en cadena se viniera abajo la ruma de cajas que amparaba su humanidad. Cerca, una voz fuerte y acalorada tomó parte en la escena:
—¡Miren! ¡Miren! Allá, detrás del contenedor; entre el montón de cajas. Yo sabía que ese pajarito no andaba muy lejos.
Una serie de disparos puso fin a la rápida acción policial.
Después de efectuar un reconocimiento de los hechos, el inspector hizo un superficial recuento de lo hallado en el maletín mientras decía:
—¡Viaje e’ real! Con toda esta plata, este tipo hubiera podido comprarse, no digo una casa, muebles, carro, sino hasta montar su propio negocio.
PATERNIDAD
Diego desmontaba el colchón de la cama con la idea de desecharlo, cuando un hueso salió rodando hasta dar contra el piso. Sin darle importancia y para facilitar su labor, lo empujó lejos con la punta del zapato. Pero algo perturbado y picado por la curiosidad, no pudo continuar. Recostó el colchón en una pared y se puso en el hueso. Inmediatamente se sentó en el jergón para examinarlo con más detenimiento y Después de darle varias vueltas, se dijo en voz alta:
—¡Parece un hueso humano!
En la exhaustiva revisión, se lo colocó a un costado y dedujo que el mismo encajaba muy bien en esa posición. Incitado por el asombro que le produjo el casual hallazgo, continuó en su soliloquio.
—¡Y si no me equivoco, es una costilla! ¿Pero una costilla de qué? ¿O de quién?
Las ansias por saber más lo llevó de nuevo hasta el colchón. Para su asombro pudo constatar a un lado, una abertura que parecía hecha deliberadamente. Metió la mano hasta el fondo y extrajo un trapo desteñido y sucio. Enseguida le fue familiar. Envolvió el hueso en el trapo y ya no tuvo más dudas. En varias ocasiones había encontrado a su madre, aferrada en arrumacos desquiciantes a ese mugroso envoltorio. Para esa fecha empezaban a ser evidentes los signos de un trastorno mental.
Sin poder desprenderse de ese halo misterioso que lo envolvía, Diego fijó nuevamente la mirada en el hueso. Aunque en apariencia era una mirada ciega, a tal extremo fue su compenetración que parecía trascender hasta los confines elementales de sus componentes. Luego, como si el contacto con éste no fuera tan simple y superficial, entre ambos se estableció una afinidad tan sublime e inefable, que lo hizo estremecer. De pronto, inmerso en esa fuerza ajena a su conciencia, una revelación lo hizo gritar a los cuatro vientos:
—¡Chiflada asesina! ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Cómo fuiste capaz?
Diego nunca se había preocupado por la existencia de su padre. Hasta donde le alcanzaba la memoria, apenas lo asociaba con aquella lejana y confusa noche cuando una sucesión de gritos, golpes y portazos eclipsaron la paz de su sueño infantil. Al día siguiente, no supo más de él.
Para correr las cortinas de un pasado que surgió intrigante y doloroso a la luz de un vetusto hueso, pensó en su tía; a quien de paso le atribuyó cierta complicidad en los hechos que en ese momento lo atormentaban.
No tuvo que esperar mucho para enfrentarla, escasas cuadras lo distanciaban de su vivienda.
Llegó con el envoltorio apretado bajo el brazo. Ahogado por la sofocación de descubrir a vuelta de hoja que su madre había matado a su padre, le dijo de entrada.
—Necesito que me aclares unas cuantas cosas, tía.
—La bendición primerito, mijo.
—Que bendición ni que ocho cuartos —Le replicó Diego.
—La malcriadez me la deja afuera, no sea tan falta de respeto.
—Mi mamá es una asesina y tú lo sabes
—¿Qué bicho te picó muchacho? ¿De dónde sacaste semejante disparate?
—¿De dónde? de esto —le inquirió Diego, mientras casi le estrujaba la prueba en la cara, tan cerca se la puso.
—¿Qué es eso? ¿De dónde sacaste esa cochinada? ¡Ay Dios! Con tal no te esté pasando lo mismito que a tu mamá.
Igual que un pertinaz agente de policía, Diego quiso arrancarle a toda costa, la supuesta verdad.
—Vamos tía, no te hagas la inocente, echa para afuera todo lo que sabes.
—Bueno mijito se acabó, mira que ya me calentaste. Su papá no está muerto nada. Ese muergano está vivito y coleando; pero si usted quiere convencerse con sus propios ojos, este mismo fin de semana agarramos un autobús y lo llevo hasta donde vive él. No sé para qué, pero bueno, allá usted. Usted ya está bastante grandecito y sabrá lo que hace. Hace tiempo convive con Gertrudis, una conocida mía. La verdad mijo, nunca se lo quise decir, no valía la pena, si desde que los abandonó justo cuando le entraron las loqueras a su mamá, nunca quiso saber de usted. Como si no existiera pues. Es más, ese maluco, nunca quiso a nadie. A su mamá menos; y no porque sea mi hermana, pero mujer más abnegada, más entregada a su hogar, más respetuosa de su marido… porque que yo sepa...jamás ni nunca le faltó el respeto —Y mientras lo miraba fija y acuciosamente—: ¿Usted me entiende mijo lo que le quiero decir, no? Bueno, ni que decir de aquel muchacho que se trajo a trabajar con él, según, y que su hermano de crianza. Al pobre lo trataba peor que a un burro. ¿Te acuerdas de Andrés? ¡Pero que estoy diciendo! Cómo te vas a acordar, si apenas eras un niñito cuando lo mandó de vuelta para su pueblo, porque por aquí más nunca nadie lo volvió a ver. Por cierto, para mí, que Gertrudis debe ser estéril, porque con ella no ha tenido hijos. Pues si Dieguito, créame lo que le digo, su mamá podrá ser loca, pero asesina no.
Su tía le habló con tanta certidumbre y convicción, que Diego no pudo dejar de creer todo cuanto le refirió.
La reivindicada inocencia de su madre, y por ende la existencia de su padre, le dieron a Diego una tranquilidad a medias, porque el enigma del hueso seguía latente entre ceja y ceja. Andar a escondidas idolatrando un hueso cualquiera botado por ahí, era una excentricidad que no iba con la locura de su mamá, la cual era más bien de tipo depresiva. Para él, un secreto más recóndito y comprensible debía encerrar ese extraño comportamiento.
A ese punto las cosas, para Diego las esperanzas de conocer la verdad se redujeron a una sola persona: su mamá. Pero consciente de la enfermedad que la aquejaba, no se hizo muchas ilusiones. Sin embargo, algo le decía que quizás, alguna llamita clarificadora pudiera surgir de entre esas tinieblas. Cual zombi, llegó al sanatorio donde ella se hallaba recluida hacia algún tiempo. Extrajo el hueso del paño y mientras se lo mostraba muy pegado a los ojos, le preguntó imperativamente:
—¿Mamá, explícame esto?
Avivada por una emoción desmesurada, ella le saltó encima y se lo arrebató. Luego, mientras lo apretaba entre sus brazos, colmándolo de mimos como si se tratara de un bebé, susurró:
—¡Andrés! ¡Mi Andrés! ¡Tanto que nos quisimos! ¡Tanto que nos amamos! ¿Por qué? ¿Por qué él te hizo eso? ¿Por qué él te hizo eso tan malo?
Acto seguito se dirigió a Diego y como si lo viera por primera vez en su vida, su rostro se iluminó nuevamente de recuerdos. Le acarició tierna y repetidas veces la mejilla y le dijo:
—¡Te pareces tanto a él, a mi Andrés.
De regreso a su casa, Diego llevaba una idea firme en su mente. Más que una sospecha, tenía la certeza de saber de dónde provenía el hueso. Se dirigió hacia la parte trasera y mientras miraba un punto fijo en el extenso solar colindante, pensó que sólo la tumba de ser muy querido podía ser objeto de tanta veneración por parte de su madre. Tomó una pala y excavó sin cesar hasta tropezar con la osamenta. Después de devolver el hueso, que seguramente su madre poseída por la fuerza de un arranque apasionado y demencial había extraído de allí, cubrió nuevamente los restos. Inclinado largo rato sobre la intrincada maleza, se dio a la tarea de recoger flores silvestres. De esas que brotan enredadas entre el monte sin el cuidado de nadie; substrayendo del suelo lo mejor de sí, para cubrirse de rústica belleza. En el apretado manojo se juntaron las más espigadas y vistosas; cuya efímera frescura, aún no había tenido ocasión de marchitar el correr del viento. Luego, con mucha delicadeza y con la solemnidad de quién ejecuta un fervoroso ritual religioso, las colocó sobre la tumba. Sin más demora, salió con el propósito de cumplir con un deber que el tiempo y el desconocimiento le habían arrebatado. Un deber consanguíneo inaplazable.
—¡Parece un hueso humano!
En la exhaustiva revisión, se lo colocó a un costado y dedujo que el mismo encajaba muy bien en esa posición. Incitado por el asombro que le produjo el casual hallazgo, continuó en su soliloquio.
—¡Y si no me equivoco, es una costilla! ¿Pero una costilla de qué? ¿O de quién?
Las ansias por saber más lo llevó de nuevo hasta el colchón. Para su asombro pudo constatar a un lado, una abertura que parecía hecha deliberadamente. Metió la mano hasta el fondo y extrajo un trapo desteñido y sucio. Enseguida le fue familiar. Envolvió el hueso en el trapo y ya no tuvo más dudas. En varias ocasiones había encontrado a su madre, aferrada en arrumacos desquiciantes a ese mugroso envoltorio. Para esa fecha empezaban a ser evidentes los signos de un trastorno mental.
Sin poder desprenderse de ese halo misterioso que lo envolvía, Diego fijó nuevamente la mirada en el hueso. Aunque en apariencia era una mirada ciega, a tal extremo fue su compenetración que parecía trascender hasta los confines elementales de sus componentes. Luego, como si el contacto con éste no fuera tan simple y superficial, entre ambos se estableció una afinidad tan sublime e inefable, que lo hizo estremecer. De pronto, inmerso en esa fuerza ajena a su conciencia, una revelación lo hizo gritar a los cuatro vientos:
—¡Chiflada asesina! ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Cómo fuiste capaz?
Diego nunca se había preocupado por la existencia de su padre. Hasta donde le alcanzaba la memoria, apenas lo asociaba con aquella lejana y confusa noche cuando una sucesión de gritos, golpes y portazos eclipsaron la paz de su sueño infantil. Al día siguiente, no supo más de él.
Para correr las cortinas de un pasado que surgió intrigante y doloroso a la luz de un vetusto hueso, pensó en su tía; a quien de paso le atribuyó cierta complicidad en los hechos que en ese momento lo atormentaban.
No tuvo que esperar mucho para enfrentarla, escasas cuadras lo distanciaban de su vivienda.
Llegó con el envoltorio apretado bajo el brazo. Ahogado por la sofocación de descubrir a vuelta de hoja que su madre había matado a su padre, le dijo de entrada.
—Necesito que me aclares unas cuantas cosas, tía.
—La bendición primerito, mijo.
—Que bendición ni que ocho cuartos —Le replicó Diego.
—La malcriadez me la deja afuera, no sea tan falta de respeto.
—Mi mamá es una asesina y tú lo sabes
—¿Qué bicho te picó muchacho? ¿De dónde sacaste semejante disparate?
—¿De dónde? de esto —le inquirió Diego, mientras casi le estrujaba la prueba en la cara, tan cerca se la puso.
—¿Qué es eso? ¿De dónde sacaste esa cochinada? ¡Ay Dios! Con tal no te esté pasando lo mismito que a tu mamá.
Igual que un pertinaz agente de policía, Diego quiso arrancarle a toda costa, la supuesta verdad.
—Vamos tía, no te hagas la inocente, echa para afuera todo lo que sabes.
—Bueno mijito se acabó, mira que ya me calentaste. Su papá no está muerto nada. Ese muergano está vivito y coleando; pero si usted quiere convencerse con sus propios ojos, este mismo fin de semana agarramos un autobús y lo llevo hasta donde vive él. No sé para qué, pero bueno, allá usted. Usted ya está bastante grandecito y sabrá lo que hace. Hace tiempo convive con Gertrudis, una conocida mía. La verdad mijo, nunca se lo quise decir, no valía la pena, si desde que los abandonó justo cuando le entraron las loqueras a su mamá, nunca quiso saber de usted. Como si no existiera pues. Es más, ese maluco, nunca quiso a nadie. A su mamá menos; y no porque sea mi hermana, pero mujer más abnegada, más entregada a su hogar, más respetuosa de su marido… porque que yo sepa...jamás ni nunca le faltó el respeto —Y mientras lo miraba fija y acuciosamente—: ¿Usted me entiende mijo lo que le quiero decir, no? Bueno, ni que decir de aquel muchacho que se trajo a trabajar con él, según, y que su hermano de crianza. Al pobre lo trataba peor que a un burro. ¿Te acuerdas de Andrés? ¡Pero que estoy diciendo! Cómo te vas a acordar, si apenas eras un niñito cuando lo mandó de vuelta para su pueblo, porque por aquí más nunca nadie lo volvió a ver. Por cierto, para mí, que Gertrudis debe ser estéril, porque con ella no ha tenido hijos. Pues si Dieguito, créame lo que le digo, su mamá podrá ser loca, pero asesina no.
Su tía le habló con tanta certidumbre y convicción, que Diego no pudo dejar de creer todo cuanto le refirió.
La reivindicada inocencia de su madre, y por ende la existencia de su padre, le dieron a Diego una tranquilidad a medias, porque el enigma del hueso seguía latente entre ceja y ceja. Andar a escondidas idolatrando un hueso cualquiera botado por ahí, era una excentricidad que no iba con la locura de su mamá, la cual era más bien de tipo depresiva. Para él, un secreto más recóndito y comprensible debía encerrar ese extraño comportamiento.
A ese punto las cosas, para Diego las esperanzas de conocer la verdad se redujeron a una sola persona: su mamá. Pero consciente de la enfermedad que la aquejaba, no se hizo muchas ilusiones. Sin embargo, algo le decía que quizás, alguna llamita clarificadora pudiera surgir de entre esas tinieblas. Cual zombi, llegó al sanatorio donde ella se hallaba recluida hacia algún tiempo. Extrajo el hueso del paño y mientras se lo mostraba muy pegado a los ojos, le preguntó imperativamente:
—¿Mamá, explícame esto?
Avivada por una emoción desmesurada, ella le saltó encima y se lo arrebató. Luego, mientras lo apretaba entre sus brazos, colmándolo de mimos como si se tratara de un bebé, susurró:
—¡Andrés! ¡Mi Andrés! ¡Tanto que nos quisimos! ¡Tanto que nos amamos! ¿Por qué? ¿Por qué él te hizo eso? ¿Por qué él te hizo eso tan malo?
Acto seguito se dirigió a Diego y como si lo viera por primera vez en su vida, su rostro se iluminó nuevamente de recuerdos. Le acarició tierna y repetidas veces la mejilla y le dijo:
—¡Te pareces tanto a él, a mi Andrés.
De regreso a su casa, Diego llevaba una idea firme en su mente. Más que una sospecha, tenía la certeza de saber de dónde provenía el hueso. Se dirigió hacia la parte trasera y mientras miraba un punto fijo en el extenso solar colindante, pensó que sólo la tumba de ser muy querido podía ser objeto de tanta veneración por parte de su madre. Tomó una pala y excavó sin cesar hasta tropezar con la osamenta. Después de devolver el hueso, que seguramente su madre poseída por la fuerza de un arranque apasionado y demencial había extraído de allí, cubrió nuevamente los restos. Inclinado largo rato sobre la intrincada maleza, se dio a la tarea de recoger flores silvestres. De esas que brotan enredadas entre el monte sin el cuidado de nadie; substrayendo del suelo lo mejor de sí, para cubrirse de rústica belleza. En el apretado manojo se juntaron las más espigadas y vistosas; cuya efímera frescura, aún no había tenido ocasión de marchitar el correr del viento. Luego, con mucha delicadeza y con la solemnidad de quién ejecuta un fervoroso ritual religioso, las colocó sobre la tumba. Sin más demora, salió con el propósito de cumplir con un deber que el tiempo y el desconocimiento le habían arrebatado. Un deber consanguíneo inaplazable.
sábado, 25 de abril de 2009
UN AMOR FUERA DE SERIE

La conoció una hermosa mañana en el Parque del Este; cuando con su traje verde de doble falda, se confundía entre la tupida vegetación. Fue un amor a primera vista. Se dejó seducir por ese engañoso perfil de santa y sus aires de reina profética. Nada más verla, supo que perdería la cabeza por ella. Apenas un abrazo, y sería presa fácil de sus extravagantes antojos. Impactado quiso retroceder, pero un porfiado miedo ancestral lo paralizó. Oponerse, era ir contra la corriente de un destino, que amenazaba desde el mismo día de su nacimiento. Por instinto le siguió el juego amoroso. Aguardaría paciente el riguroso asalto nupcial, aunque sabía, en cuestión de segundos, lo aniquilaría.
Ahora, sólo se escucha el chasquido crocante proveniente de la voraz posesión. A grandes mordiscos, ella sacia una hambruna ovárica que desorbita sus ojos. Sumiso, y mientras sucumbe en la fragosidad de ese engullido abrazo, él le sigue entregando su amor. Consumada la cruenta unión, con la cual se aseguraba una próspera fertilidad, ella bate sus alas y alza el vuelo en busca de la rama donde depositaría el fruto que perpetuará la especie. Una vez más, la mantis religiosa cumple con un ciclo natural.
MADRES A RATOS
Carla, después de vestir a su bebé, muy mimosa lo recostó en el respaldar de la cama. Enseguida, extrajo de un pequeño bolso un celular y marcó un número, al parecer muy bien memorizado. Se comunicaba con el pediatra de su bebe, con quien después de explicarle la urgencia del caso, concertó una cita. El médico, muy comedido, le hizo saber que la estaría esperando. Andrea, la prima de Carla, quien se encontraba muy cerca pendiente de cada detalle, se ofreció muy voluntariosa a acompañarla; pero eso sí, siempre y cuando no le contara nada al médico sobre su participación en la enfermedad que aquejaba al bebé. Carla, pareció no darle importancia al asunto y aceptó sin protestar la condición exigida. Entonces, Andrea también vistió a su bebé y de la misma manera, con cariñosas demostraciones maternales lo acomodó al lado del otro. En medio de una entretenida tertulia, se pintaron y se emperifollaron de la cabeza a los pies, como si más bien se dirigieran a una fiesta.
Como si la distancia favoreciera la aparente prisa, y el consultorio estuviese a la vuelta de la esquina, en un abrir y cerrar de ojos las dos se pusieron en éste. El médico, de brazos cruzados y muy serio, cual adivino de secretos, preguntó a quemarropa.
—Dígame señora, ¿qué le pasa a ese niño que se ve tan mal? ¿Alguien le hizo algo?
Carla, sorprendida ante la pregunta acuciante del galeno, se quedó desorientada y no supo que contestar. Pero inmediatamente se voltea y le arruga la cara a su prima. Ésta, sintiéndose a punto de ser delatada, toma la delantera y la apunta con el índice en son de advertencia; le insinuaba que más le valía quedarse callada que meterse a chismosa. Pero Carla, sin ánimos de cargar con culpas ajenas, se olvidó de tratos y a boca de jarro le soltó la verdad al doctor.
—Fue ella doctor. Ella fue la que le rompió el brazo a mi bebé. Ella es muy mala.
Andrea, ya en el banquillo de los acusados, violentamente se levanta en pie de guerra. Carla no se hizo esperar y le respondió el desafío. Ante la mirada atónita del doctor y sin que mediaran las palabras, las dos se ensartaron por los cabellos. A todas estas, los bebes, olvidados en la refriega rodaron de sus regazos y al golpearse contra el piso activaron el llanto. Inútiles fueron los llamados desesperados del doctor para aplacarlas e imponer el orden. De pronto, Andrea pudo zafarse y furiosa levantó el bebé de Carla y tras acercarse a la ventana, amenazante le dijo:
—Ya verás, ya verás, ya veras como voy a tirar a tu bebé por la ventana.
Aterrada, Carla le rogó a gritos que por favor no lo hiciera. Pero Andrea se mantuvo inconmovible a las suplicas y cumplió lo ofrecido.
De un salto, al estilo gata brava, Carla también se puso en el bebé de Andrea y como si lanzara una pelota de voleibol por el aire, en instantes, lo hizo desaparecer por la misma ventana.
Iban a guindarse de nuevo, cuando una puerta se abrió de golpe. Los tres, sorprendidos, miraron ligeramente hacia arriba, mientras una voz gruesa y airada, les dijo:
—Bueno, bueno niños, basta de peleas, se acabó el juego, se me vá cada uno para su cuarto.
Al dia siguiente, la madre de una de las niñas, recuperó los muñecos del jardincito que colinda con una de las habitaciones de la casa.
Como si la distancia favoreciera la aparente prisa, y el consultorio estuviese a la vuelta de la esquina, en un abrir y cerrar de ojos las dos se pusieron en éste. El médico, de brazos cruzados y muy serio, cual adivino de secretos, preguntó a quemarropa.
—Dígame señora, ¿qué le pasa a ese niño que se ve tan mal? ¿Alguien le hizo algo?
Carla, sorprendida ante la pregunta acuciante del galeno, se quedó desorientada y no supo que contestar. Pero inmediatamente se voltea y le arruga la cara a su prima. Ésta, sintiéndose a punto de ser delatada, toma la delantera y la apunta con el índice en son de advertencia; le insinuaba que más le valía quedarse callada que meterse a chismosa. Pero Carla, sin ánimos de cargar con culpas ajenas, se olvidó de tratos y a boca de jarro le soltó la verdad al doctor.
—Fue ella doctor. Ella fue la que le rompió el brazo a mi bebé. Ella es muy mala.
Andrea, ya en el banquillo de los acusados, violentamente se levanta en pie de guerra. Carla no se hizo esperar y le respondió el desafío. Ante la mirada atónita del doctor y sin que mediaran las palabras, las dos se ensartaron por los cabellos. A todas estas, los bebes, olvidados en la refriega rodaron de sus regazos y al golpearse contra el piso activaron el llanto. Inútiles fueron los llamados desesperados del doctor para aplacarlas e imponer el orden. De pronto, Andrea pudo zafarse y furiosa levantó el bebé de Carla y tras acercarse a la ventana, amenazante le dijo:
—Ya verás, ya verás, ya veras como voy a tirar a tu bebé por la ventana.
Aterrada, Carla le rogó a gritos que por favor no lo hiciera. Pero Andrea se mantuvo inconmovible a las suplicas y cumplió lo ofrecido.
De un salto, al estilo gata brava, Carla también se puso en el bebé de Andrea y como si lanzara una pelota de voleibol por el aire, en instantes, lo hizo desaparecer por la misma ventana.
Iban a guindarse de nuevo, cuando una puerta se abrió de golpe. Los tres, sorprendidos, miraron ligeramente hacia arriba, mientras una voz gruesa y airada, les dijo:
—Bueno, bueno niños, basta de peleas, se acabó el juego, se me vá cada uno para su cuarto.
Al dia siguiente, la madre de una de las niñas, recuperó los muñecos del jardincito que colinda con una de las habitaciones de la casa.
lunes, 20 de abril de 2009
BISEXUALIDAD
De haberse encontrado, como pudo ocurrir, en el estacionamiento, en la entrada del edificio, o en el ascensor, quizá, nuevas mentiras hubieran encontrado arreglo en la vida de estos engañosos personajes; sin embargo, como si una mano cobrara vida, ordenada y oportunamente los fue colocando en una situación donde sólo la verdad, jugó un papel importante.
La primera que llegó al apartamento, fue Doris. Esperaría a Sebastián de acuerdo a lo planeado con él. Le había dicho que por Celso no tendrían que preocuparse, porque ella misma lo había dejado en el aeropuerto. Celso por mucho que insistió, no pudo evitar el entusiasmo de Doris por querer darle el aventón. En el aeropuerto, antes de despedirse, o más bien de despacharla, le hizo prometer que se volvería sin demora para Caracas. Apenas contaba con una hora para recoger a los niños del colegio. Pero lo que no sabía Celso era que Doris ya tenía resuelta esa diligencia con su hermana.
Para sorpresa de Doris, quien llegó no fue Sebastián, sino Celso. Estaba en la habitación cuando lo sintió llegar. Pero el asombro fue doble cuando oyó que su marido venía muy acompañado con Amalia, la esposa de Sebastián. Rápidamente recogió la cartera del tocador, así como otras piezas de su indumentaria que con toda la intención se había quitado para estar más ligera, y se deslizó por debajo de la cama. Su presencia en el apartamento era un riesgo mayor, y difícil de explicar, sobre todo, tomando en cuenta que en cualquier momento haría su aparición Sebastián.
Tal cual lo imaginó, apenas se iniciaba el preludio amoroso entre Celso y su amante, cuando escucharon que alguien entraba. Paralizados, prestaron toda su atención. Amalia se quedó boquiabierta, al reconocer la voz de su marido, quien en ese momento hablaba muy alto por el celular. Por insinuación de Celso, y a fuerza de empellones, dada su ancha contextura, Amalia fue a dar al lado de Doris. La cartera y la blusa dejadas en el desespero, cayeron después lanzadas por las manos de Celso. Debajo de la cama, enteradas de su rivalidad, estas dos mujeres después de torcerse algunos pellizcos y forcejear por el acomodo en tan reducido espacio, pararon la oreja:
—Qué haces tú aquí —le preguntó Sebastián a Celso, sin poder esconder su vil extrañeza, pues para él, hace rato debía estar montado en un avión.
—Que yo sepa, este apartamento es mío, y puedo venir las veces que se me antoje —le contestó Celso de mal humor, luego en un tono de voz más bajo—: En todo caso, quien tendría que dar explicaciones eres tú, que yo recuerde, cuando te di las llaves, quedamos de acuerdo en que me avisarías, ¿O no?
—Si, si, claro, discúlpame vale, pero fue algo imprevisto.
De pronto, como si la molestia de Celso se incrementara por otros motivos, que nada tenían que ver con su frustrado encuentro amoroso con Amalia, le dijo a Sebastián:
—Bueno entonces, por fin… dime ¿Qué te trae por aquí? ¿Estás esperando a alguien?
A sabiendas del lío en el que se hallaba metido, Sebastián se formuló una opción que podía servirle de escape. A su vez, también para prevenir a Doris, a quien supuso, estaría comprando algunos víveres.
—Sí, si… pero no te preocupes, igual horita mismo bajo y le digo que nos vamos.
Sin embargo como hacía rato, tampoco le quitaba la vista de encima al torso desnudo de Celso, cuya velocidad en desvestirse superó a la de Amalia, acortando las distancias y poniéndose cariñoso, le dijo:
—No te pongas celoso, no estoy esperando a ningún hombre.
—Quieto, que no estoy de humor —Le contestó Celso retrocediendo un poco.
—¿Por qué te pones tan nervioso?, relájate, ni que fuera la primera vez.
—En un momento me visto y salimos de aquí —Se le ocurrió decir a Celso para desviar el presumido asalto amoroso. Una táctica dilatoria que ponía a salvo las dos maneras de entenderse con esta pareja de amigos. A la vez, también rogó al cielo porque Amalia no fuera muy aplicada en cuanto a la higiene de sus oídos.
Pero Sebastián no pudo contenerse y se abalanzó sobre Celso, dando rienda suelta a un manoseo más especializado. Después, entre tumbos y empujones, que dejó al descubierto la otra cara de la sexualidad de ambos, fueron a dar a la cama.
Pese a que estas dos mujeres sabían que de santas no tenían ni un pelo, porque ni postizo les cuadraba, la rabia les hizo rechinar los dientes. Pero atraídas por una especie de averiguación morbosa, prefirieron mantenerse ocultas.
Un rato después, con otras miras, Celso invitó a Sebastián a almorzar, pero antes de salir, aprovechó un descuido de éste y le dio unos golpecitos a la cama. Mientras le tiraba las llaves a Amalia, le dijo muy bajito:
—Lo siento, me las dejas en la conserjería —Luego, dirigiéndose a Sebastián:
—Salimos con tus llaves Sebastián, pues no encuentro las mías.
Cuando estas dos mujeres abandonaron llorosas y desconsoladas el escondite, quizá promovida por esa espinita vengativa que se les clavó en el corazón, entre ellas se despertó una compensatoria e inusual relación.
15/03/2009
La primera que llegó al apartamento, fue Doris. Esperaría a Sebastián de acuerdo a lo planeado con él. Le había dicho que por Celso no tendrían que preocuparse, porque ella misma lo había dejado en el aeropuerto. Celso por mucho que insistió, no pudo evitar el entusiasmo de Doris por querer darle el aventón. En el aeropuerto, antes de despedirse, o más bien de despacharla, le hizo prometer que se volvería sin demora para Caracas. Apenas contaba con una hora para recoger a los niños del colegio. Pero lo que no sabía Celso era que Doris ya tenía resuelta esa diligencia con su hermana.
Para sorpresa de Doris, quien llegó no fue Sebastián, sino Celso. Estaba en la habitación cuando lo sintió llegar. Pero el asombro fue doble cuando oyó que su marido venía muy acompañado con Amalia, la esposa de Sebastián. Rápidamente recogió la cartera del tocador, así como otras piezas de su indumentaria que con toda la intención se había quitado para estar más ligera, y se deslizó por debajo de la cama. Su presencia en el apartamento era un riesgo mayor, y difícil de explicar, sobre todo, tomando en cuenta que en cualquier momento haría su aparición Sebastián.
Tal cual lo imaginó, apenas se iniciaba el preludio amoroso entre Celso y su amante, cuando escucharon que alguien entraba. Paralizados, prestaron toda su atención. Amalia se quedó boquiabierta, al reconocer la voz de su marido, quien en ese momento hablaba muy alto por el celular. Por insinuación de Celso, y a fuerza de empellones, dada su ancha contextura, Amalia fue a dar al lado de Doris. La cartera y la blusa dejadas en el desespero, cayeron después lanzadas por las manos de Celso. Debajo de la cama, enteradas de su rivalidad, estas dos mujeres después de torcerse algunos pellizcos y forcejear por el acomodo en tan reducido espacio, pararon la oreja:
—Qué haces tú aquí —le preguntó Sebastián a Celso, sin poder esconder su vil extrañeza, pues para él, hace rato debía estar montado en un avión.
—Que yo sepa, este apartamento es mío, y puedo venir las veces que se me antoje —le contestó Celso de mal humor, luego en un tono de voz más bajo—: En todo caso, quien tendría que dar explicaciones eres tú, que yo recuerde, cuando te di las llaves, quedamos de acuerdo en que me avisarías, ¿O no?
—Si, si, claro, discúlpame vale, pero fue algo imprevisto.
De pronto, como si la molestia de Celso se incrementara por otros motivos, que nada tenían que ver con su frustrado encuentro amoroso con Amalia, le dijo a Sebastián:
—Bueno entonces, por fin… dime ¿Qué te trae por aquí? ¿Estás esperando a alguien?
A sabiendas del lío en el que se hallaba metido, Sebastián se formuló una opción que podía servirle de escape. A su vez, también para prevenir a Doris, a quien supuso, estaría comprando algunos víveres.
—Sí, si… pero no te preocupes, igual horita mismo bajo y le digo que nos vamos.
Sin embargo como hacía rato, tampoco le quitaba la vista de encima al torso desnudo de Celso, cuya velocidad en desvestirse superó a la de Amalia, acortando las distancias y poniéndose cariñoso, le dijo:
—No te pongas celoso, no estoy esperando a ningún hombre.
—Quieto, que no estoy de humor —Le contestó Celso retrocediendo un poco.
—¿Por qué te pones tan nervioso?, relájate, ni que fuera la primera vez.
—En un momento me visto y salimos de aquí —Se le ocurrió decir a Celso para desviar el presumido asalto amoroso. Una táctica dilatoria que ponía a salvo las dos maneras de entenderse con esta pareja de amigos. A la vez, también rogó al cielo porque Amalia no fuera muy aplicada en cuanto a la higiene de sus oídos.
Pero Sebastián no pudo contenerse y se abalanzó sobre Celso, dando rienda suelta a un manoseo más especializado. Después, entre tumbos y empujones, que dejó al descubierto la otra cara de la sexualidad de ambos, fueron a dar a la cama.
Pese a que estas dos mujeres sabían que de santas no tenían ni un pelo, porque ni postizo les cuadraba, la rabia les hizo rechinar los dientes. Pero atraídas por una especie de averiguación morbosa, prefirieron mantenerse ocultas.
Un rato después, con otras miras, Celso invitó a Sebastián a almorzar, pero antes de salir, aprovechó un descuido de éste y le dio unos golpecitos a la cama. Mientras le tiraba las llaves a Amalia, le dijo muy bajito:
—Lo siento, me las dejas en la conserjería —Luego, dirigiéndose a Sebastián:
—Salimos con tus llaves Sebastián, pues no encuentro las mías.
Cuando estas dos mujeres abandonaron llorosas y desconsoladas el escondite, quizá promovida por esa espinita vengativa que se les clavó en el corazón, entre ellas se despertó una compensatoria e inusual relación.
15/03/2009
viernes, 10 de abril de 2009
EL PASTEL
Apenas lo desmoldaba. Era un corazón grandote. La altura del levado le aseguraba una excelente esponjosidad. También, por la uniformidad del color no ponía en duda el buen punto de cocción. Jeannette palpó ansiosa los bordes de su surcada redondez.
El siguiente paso sería decorarlo. Todo estaba perfectamente distribuido en la mesa: tiernas fresas, delicada crema, chocolate de excelente calidad, y los respectivos utensilios. Un relleno de almendras exaltaría su exquisitez. Sin embargo, el principal ingrediente, no estaba allí, estaba en su mente, sopesaba sobre todos los demás. Contenía el principio y el fin de todo cuanto le acontecía. El pastel tan sólo sería un medio de expresión. Lo había creado con ese fin. Como si fuera la réplica de su pletórico latir, contendría el grito fogoso de sus sentimientos. Iba a poner en manos de esos dulces componentes, una encomienda de altura, una misión que podría darle un giro a su atormentado mundo actual. Nuevamente acarició la textura, como quien agradece de antemano un favor.
El día anterior Jeannette era pura derrota y abandono, cuando de pronto, el recuerdo de una fecha aniversaria, levantó de forma repentina la insostenible caída de sus hombros. “¡Por Dios, como pude olvidarlo!, si fue hace justamente un año cuando nos conocimos”
Esa mañana llena de energía, puso manos a la obra para sacarle provecho a tan gratificante recuerdo. Era muy buena en el arte de la repostería. Varios cursos habían perfeccionado esa afición culinaria. Los mayores elogios de sus creaciones provenían de él, cuando con extravagantes sonidos gustativos y una retahíla de besos, daba fe a la calidad de los mismos. Aunque después, ella se daba golpes de pecho por favorecer su glotonería.
Avanzada la tarde le daba los últimos retoques. Ribeteando el pastel como un vaporoso encaje blanco, escribió la frase alusiva a la fecha aniversaria. En el centro,en perfecta letra cursiva, escribió las dos palabras más significativas. Su todo. No pudo evitar ponerse cursi, y dos pequeñas estrellas, cual comillas, las enmarcaron como en un cielo. En su mundo, titilaban con la fuerza de la altura sideral. A un lado, estrechamente por lo improvisado de la idea, agregó el melindroso apodo que identificaba al destinatario.
Luego, en correcta etiqueta, dispuso el servicio para los dos comensales. Sería una cena ligera. Dos espigadas velas aguardaban en sus candelabros el encendido de la flama. Montado sobre una alta y reluciente base de plata, el achocolatado pastel, semejaba la apetitosa manzana del Edén, que tentaría la adormecida pasión de su equivalente Adán.
En la calidez de ese pequeño jardín paradisíaco, Jeannette ya percibía el éxito de sus propósitos. Promesas, acuerdos, perdones, caricias y besos, danzaban ondeando los banderines de la reconciliación.
Frente al tocador, en cada esmerado detalle empleado para embellecerse, Jeannette sentía la cariñosa aprobación del amante. “Vendrá, me lo prometió, esta vez, no podrá resistirse a mis encantos. Esa perturbación que lo aleja de mi, será a partir de hoy, parte de un pasado” A tal grado se le hinchaba el ego con el mágico arte de seducir, que la misma Afrodita hubiera podido envidiarla; relegándose además a la categoría de simple aprendiz. Y en cuanto a artificios, Penélope hubiera encontrado mejor contendiente en ella que en la misma Circe. Por último, se untó perfume en el cuello, en los brazos y en la estrecha unión de sus senos, expuestos a la amplitud de un atractivo escote.
Cuando Jeannette se tomó la ultima copa de vino, hacía rato que los vistosos colores de su exuberante maquillaje con matices de vampiresa, rodaban como un pegote por sus mejillas. De aquel caudaloso entusiasmo, cuya fuerza hubiera podido atravesar bosques, empinadas montañas y abrirse como ancha catarata, sólo quedaba un exiguo chorrito, saliendo de la pila de un remontado rancho.
En medio de la tosquedad de su embriaguez, Jeannette resolvió cortar un trozo de pastel usando el tradicional corte triangular, lo cual hizo justo en el surco del corazón. En el plato, por analogía, el pedazo parecía un corazón tan encogido como el de ella. Sin más consideraciones,como quién teclea con furia un piano, le metió los dedos al pastel; pero prendida aún por aquellas palabras, se contuvo. Rendida por la soledad y la desesperanza se dejó caer entre sus brazos, y entre penosos suspiros, se quedó dormida.
Algo corrida, agonizando en un nido de boronas, aún podía leerse la idilica frase, precedida además por el nombre de uno de esos tantos, que día a día la traicionan: Cuchi *Te amo*
El siguiente paso sería decorarlo. Todo estaba perfectamente distribuido en la mesa: tiernas fresas, delicada crema, chocolate de excelente calidad, y los respectivos utensilios. Un relleno de almendras exaltaría su exquisitez. Sin embargo, el principal ingrediente, no estaba allí, estaba en su mente, sopesaba sobre todos los demás. Contenía el principio y el fin de todo cuanto le acontecía. El pastel tan sólo sería un medio de expresión. Lo había creado con ese fin. Como si fuera la réplica de su pletórico latir, contendría el grito fogoso de sus sentimientos. Iba a poner en manos de esos dulces componentes, una encomienda de altura, una misión que podría darle un giro a su atormentado mundo actual. Nuevamente acarició la textura, como quien agradece de antemano un favor.
El día anterior Jeannette era pura derrota y abandono, cuando de pronto, el recuerdo de una fecha aniversaria, levantó de forma repentina la insostenible caída de sus hombros. “¡Por Dios, como pude olvidarlo!, si fue hace justamente un año cuando nos conocimos”
Esa mañana llena de energía, puso manos a la obra para sacarle provecho a tan gratificante recuerdo. Era muy buena en el arte de la repostería. Varios cursos habían perfeccionado esa afición culinaria. Los mayores elogios de sus creaciones provenían de él, cuando con extravagantes sonidos gustativos y una retahíla de besos, daba fe a la calidad de los mismos. Aunque después, ella se daba golpes de pecho por favorecer su glotonería.
Avanzada la tarde le daba los últimos retoques. Ribeteando el pastel como un vaporoso encaje blanco, escribió la frase alusiva a la fecha aniversaria. En el centro,en perfecta letra cursiva, escribió las dos palabras más significativas. Su todo. No pudo evitar ponerse cursi, y dos pequeñas estrellas, cual comillas, las enmarcaron como en un cielo. En su mundo, titilaban con la fuerza de la altura sideral. A un lado, estrechamente por lo improvisado de la idea, agregó el melindroso apodo que identificaba al destinatario.
Luego, en correcta etiqueta, dispuso el servicio para los dos comensales. Sería una cena ligera. Dos espigadas velas aguardaban en sus candelabros el encendido de la flama. Montado sobre una alta y reluciente base de plata, el achocolatado pastel, semejaba la apetitosa manzana del Edén, que tentaría la adormecida pasión de su equivalente Adán.
En la calidez de ese pequeño jardín paradisíaco, Jeannette ya percibía el éxito de sus propósitos. Promesas, acuerdos, perdones, caricias y besos, danzaban ondeando los banderines de la reconciliación.
Frente al tocador, en cada esmerado detalle empleado para embellecerse, Jeannette sentía la cariñosa aprobación del amante. “Vendrá, me lo prometió, esta vez, no podrá resistirse a mis encantos. Esa perturbación que lo aleja de mi, será a partir de hoy, parte de un pasado” A tal grado se le hinchaba el ego con el mágico arte de seducir, que la misma Afrodita hubiera podido envidiarla; relegándose además a la categoría de simple aprendiz. Y en cuanto a artificios, Penélope hubiera encontrado mejor contendiente en ella que en la misma Circe. Por último, se untó perfume en el cuello, en los brazos y en la estrecha unión de sus senos, expuestos a la amplitud de un atractivo escote.
Cuando Jeannette se tomó la ultima copa de vino, hacía rato que los vistosos colores de su exuberante maquillaje con matices de vampiresa, rodaban como un pegote por sus mejillas. De aquel caudaloso entusiasmo, cuya fuerza hubiera podido atravesar bosques, empinadas montañas y abrirse como ancha catarata, sólo quedaba un exiguo chorrito, saliendo de la pila de un remontado rancho.
En medio de la tosquedad de su embriaguez, Jeannette resolvió cortar un trozo de pastel usando el tradicional corte triangular, lo cual hizo justo en el surco del corazón. En el plato, por analogía, el pedazo parecía un corazón tan encogido como el de ella. Sin más consideraciones,como quién teclea con furia un piano, le metió los dedos al pastel; pero prendida aún por aquellas palabras, se contuvo. Rendida por la soledad y la desesperanza se dejó caer entre sus brazos, y entre penosos suspiros, se quedó dormida.
Algo corrida, agonizando en un nido de boronas, aún podía leerse la idilica frase, precedida además por el nombre de uno de esos tantos, que día a día la traicionan: Cuchi *Te amo*
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